La vida virtual o “la vida en cuadritos” (como la bautizó Jesusa Rodríguez) es ese trajín cibernético al que nos condujo la pandemia y al que asistimos “para que el aislamiento físico no se convirtiera en aislamiento social”.

Mientras la reacción con dispendio de recursos de dudoso origen saturó de bots y odio las redes sociales, la gente de a pie se fue acoplando a las aplicaciones de ordenadores y teléfonos en boga para forjar patria desde el terreno digital.

Parafraseando a Claudio Katz, el “corona-crisis” puso de relieve la extraordinaria gravitación del mundo digital. Ese tejido mantuvo conectados a millones de individuos en medio de la parálisis laboral. Por primera vez en la historia más de 1000 millones de personas estuvieron confinadas y al mismo tiempo comunicadas. Ese universo de redes afianzó la incidencia de una revolución digital. Las computadoras y teléfonos inteligentes son utilizados no sólo para reorganizar el trabajo, sino para organizar los movimientos sociales de la actualidad.

Ha sido este despertar digital el que hilvanó el camino hacia un 15 de septiembre glorioso, henchido de buenas noticias y esperanza.

Todo comenzó silenciosamente. Los activistas se organizaron y se armaron de cubrebocas, frasquitos de gel casero, espráis de agua de la llave con alcohol, toallitas con cloro y caretas protectoras made in Tepito, y salieron de sus casas tras meses de encierro.

Como si fueran sombras en la oscuridad comenzaron a recorrer las calles. Pronto se hicieron secreto a voces, rumor, y entonces aparecieron de manera franca, abierta y rebelde para recolectar las firmas de apoyo a la consulta popular que decidirá si se juzga a los ex presidentes.

La plaza es nuestra otra vez

Mujeres y hombres libres recuperaron las plazas públicas con tablones, sillas, lonas, hojas y plumas. La intención: que el pueblo pueda decidir, vía una consulta pública, si Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, los cinco jinetes del neoliberalismo, deben ser juzgados.

“Pásele, aquí es, si aquí, firme para llevar al bote a la rata, no se vaya del centro sin el castigo a la ratota, si mire agarré a la rata…” insistía un vendedor ambulante del centro histórico de la Ciudad de México que puso su mesita itinerante de firmas en la esquina de Correo Mayor y Corregidora.

Los militantes de acero inoxidable, ésos que son ajenos a los cargos pero no a los encargos, lo volvieron a hacer: dieron todo de ellos en dos semanas de intensa recolección de firmas.

Ríos de simpatizantes, militantes y activistas desfilaron con cajas, paquetes, bolsas o sobres hacia la casa ubicada en Tepeji 14, en la colonia Roma, durante la madrugada del 15 de septiembre.

Algunos habían viajado más de 36 horas en auto. Azucena, por ejemplo, se trasladó desde Ciudad Juárez para entregar las rúbricas de manera personal-.

Pepe llegó de aventón desde Tlaxcala, con 27 firmas de su familia. Pavel venía desde el istmo de Tehuantepec, con las firmas que juntó.

Había que foliar aproximadamente 270 mil hojas, cada una con 10 firmas y su respectiva clave de elector y OCR (ya medio mundo sabe que el OCR u Optical Character Recognition puede ser de 12 o 13 dígitos según el modelo de credencial para votar).

No cabe duda, un ejercicio de participación democrática vertiginoso y contundente, digno de la historia.

Cada firma fue un fusil insurgente y pacifista del Siglo XXI.

Cada firma que viajó miles de kilómetros para llegar a la sede que Omar García (sobreviviente de Ayotzinapa) y Ariadna Bahena (desplazada de Guerrero) instalaron, significó un esfuerzo enorme.

Cada firma concentró en ella misma lágrimas, rabia y expectativas.

Cada firma, aunque no lo trajera impreso, emitía un solo mensaje: combatir, con la propia Constitución, la impunidad y la pesadilla que agravió a decenas de miles de mexicanos en el periodo neoliberal.

La consulta va porque va

Una alegre recompensa a los desvelados que foliaron y foliaron fojas y fojas hasta los primeros rayos del sol llegó a las 7:14 de la mañana del 15 de septiembre, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador, con su indomable serenidad, dijo en la mañanera:

“voy a dar a conocer nuestra decisión de entregar un escrito a la Cámara de Senadores para la realización de la consulta al pueblo de México sobre el posible enjuiciamiento, previa investigación y en el marco de la legalidad, de acuerdo al debido proceso, de los expresidentes de México de 1988 a la fecha, es decir, hasta el presidente Peña Nieto; es el expresidente Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto”.

Fue un anuncio que cimbró los centros de la Patria y la Matria: un 15 de septiembre que abre el camino para independizar a México de la corrupción y el mal gobierno.

En unos días la gente logró reunir más de tres millones de firmas. Es, simplemente, heroísmo.

Las firmas para la consulta y el anuncio de AMLO también encarnaron una recompensa al pueblo que, estoico, aguantó durante medio año de pandemia el delirante discurso del golpismo en sus desprestigiados medios de comunicación.

Al odio se le respondió con firmas, es decir, con amor a la patria.

Lotería de triunfadores

Las huestes de la derecha pasaron de hacer memes y burlas a mirar calladitas las bolitas de la tómbola.

La mañana del 15 de septiembre la gente desesperada fue a los expendios de boletos de la Lotería Nacional. Querían su cachito de la rifa del Avión Presidencial.

Las historias de lo que se podría hacer si se ganaba con el boleto a comprar eran millones: “yo pondré un refugio para perritos”, “yo invitaré al mar a quienes nunca han ido de mi colonia”, “yo daré la mitad a las enfermeras del covid”, “yo donaré mil sillas de ruedas y luego me iré de pedo”.

Pero todos sabían que, más que ganar, lo que se buscaba era dar: se llama solidaridad, y México se vistió de ella.

Las imágenes eran de alegría: varios jóvenes se tomaron selfies con sus boletos. Una señora sacó pesos, centavos y billetes arrugados de su bolsa para, meticulosamente, juntar los 500 que costaba el boleto: “me llevó un cachito de historia por la Patria”, dijo sonriendo.

De cien números ganadores de los 6 millones de cachitos que se emitieron, cuatro hospitales fueron los primeros en confirmar haber sido acreedores de un premio de 20 millones de pesos.

En Nayarit: “¡Premio Mayor! Sale ganador el boleto número 5352100 otorgado al Hospital General de Zona No.1 en Tepic del @IMSSNAYARIT ¡20 millones para mejorar el hospital! Este cachito será destinado a la ampliación de urgencias y de tococirugía, así como a la remodelación de la lavandería”.

En Michoacán: “#IMSSMichoacán ¡Premio Mayor! Sale ganador el boleto 5,286,423 otorgado al HGR 1 en Charo. ¡20 millones para mejorar el hospital! El premio será destinado a la instalación de una sala de hemodinamia necesaria para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades cardiovasculares”.

Y así sucesivamente; la coperacha del pueblo dio otro portazo a los levantacejas que prendieron sus últimas veladoras para que fracasara la rifa, y que se volvieron a frustrar.

Fuerte es el silencio

El grito en la casa. Nunca nos imaginamos llorando frente a un televisor.

En punto de las 11 de la noche la cámara abrió la toma al Zócalo, que de tan solitario se veía más impresionante. Entonces se hizo un silencio, un silencio para recordar a los que no están por los estragos de la pandemia, y un silencio para mirarnos abrazados con la esperanza en el porvenir. Ese porvenir al que AMLO lanzó el viva más vigoroso.

Un grito único para un Presidente único. Nunca la hectárea más simbólica de la patria había estado tan paradójicamente sola de gente y tan atestada de ilusiones.

El silencio danzaba con la nueva llama de la esperanza, fue un acto republicano hasta la médula.

¿Cómo no recordar cuando disputamos el Zócalo a la derecha fraudulenta en 2006, o cuando le recuperamos la mitad de la plaza al espurio Calderón y sus enormes bocinas tuvieron que callarse?

Este 15 de septiembre de 2020 nos recordó que cada segundo de lucha de aquellos años por supuesto que valió la maldita pena.

Este silencio calló, caló y cayó los berridos histéricos de plumas pagadas, politiqueros y locutores ávidos de odio, irracionalidad y violencia.

Nuestro movimiento ha hecho historia con tantos zócalos llenos que hasta en uno vacío se escuchan los ecos del ayer que construye un mañana.

Celebramos los 210 años de la Independencia, y lo hicimos rompiendo los paradigmas de las fiestas patrias. El pueblo organizado está firme y alerta, y más perseverante que nunca. Ya no más montajes ni parafernalias huecas desde el poder.

No se equivoquen una vez más señores de la derecha, el Zócalo nunca estuvo tan desbordado de esperanza nacional como la noche del 15 de septiembre de 2020.