A Miguel Ángel Medina, a quien le sesgó la vida el odio ajeno

Praga, 10 de agosto de 2019.- La Plaza de Wenceslao, corazón político de Praga –hermosa ciudad que a su vez funge de corazón centroeuropeo–, late con fuerza en esta mañana de sábado, donde miles de personas se congregan al medio día, en pos de la celebración del Desfile del Orgullo LBGT 2019.

Un afluente acuoso tapiza el suelo, y lágrimas de lluvia lloran del cielo, pero aun así, la grisura de las nubes es contrastada por los ríos multicolores y alegres de los asistentes, que en poco tiempo han llenado la explanada de ese puntal de la historia checa.

Es el marco del Festival del Orgullo en este país bohemio, y el clima lúgubre no nubla el entusiasmo praguense, preeminente en cualquier época del año dados el esplendor de la Ciudad y el influjo turístico, que en estos días aún repunta su alta concurrencia veraniega. Una docena de carros alegóricos ronda el circuito de la Plaza, encabezados por marcas comerciales que, mitad incluyentes y mitad oportunistas, hacen gala de su perfil activista mientras asimismo se promueven y hacen, literalmente, su agosto.

Marcha del orgullo gay en Praga. Foto: Héctor Alejandro Quintanar

Adentrarse entre la multitud es difícil, pues este encuentro de libertad y alegría –y por ende un acto político– alberga decenas de miles de personas, que han tornado la plancha placera en una grata terapia colectiva, puesto que abundan manifestaciones de solidaridad y camaradería: abrazos gratuitos, gritos de apoyo, tragos obsequiados y sonrisas a granel. Todo, entre desconocidos recién encontrados, que al parecer llevaban toda la vida queriéndose sin saberlo.

Trato de abrirme paso entre la gente usando toda mi pericia pedestre (que dada el agua encharcada y mi torpeza corporal, es muy poca) y me asiento en un pequeño claro de la Plaza, a unos metros de la estatua dedicada al santo patrono de Chequia: San Wenceslao. Apenas caminé unos treinta metros, pero en ellos vi escenas conmovedoras: familias enteras que asisten apoyando a determinado integrante; bebés que “marchan” en carreolas adornadas con un arcoíris, un hombre octogenario de ojos pequeños y barba de profeta bíblico que le quita una banderita de colores a un chico… y con ella adorna la solapa de su chamarra mientras sonríe y se deja fotografiar por todos.

Más que un ambiente reivindicativo, en esta marcha parece imperar un ánimo festivo, propio de una comunidad que más allá de denunciar sus desventajas, celebra sus derechos ganados. Oleada propia del liberalismo europeo, donde en este tipo de actos incluso hasta ciertas Iglesias tiñen de arcoiris sus puertas para manifestar su apoyo a las minorías sexuales.

Marcha del orgullo gay en Praga. Foto: Héctor Alejandro Quintanar

Mi precario espacio me obliga a moverme. Buen mirador pero mal escaparate, el punto donde me encuentro es una zona apretujada en la que mi vista contempla absolutamente todo, mientras mi cuerpo también (y lo resiente: cada vez me es más difícil evadir los charcos y las pisadas involuntarias). Me muevo hacia la zona sur, donde varias personas hacen fila para retratarse con un hombre bajito, canoso y sonriente.

“Alguna celebridad checa solidaria” pienso yo. Pero no, la escena es mucho mejor que eso. Se trata de un padre de familia mayor, que acompaña a su hijo adolescente que recién salió del closet y porta una cartulina con la leyenda en inglés “Abrazos gratis de un papá orgulloso de su hijo”. Con ese mágico gesto ha adoptado como vástagos que lo quieren a todas las personas de la hilera creciente que le busca los brazos y una foto (o algo parecido le digo cuando me doy cuenta de que abandoné mi labor cronista y me enfundo con él en un amistoso palmeo de espaldas). Cuánto se ahorraría el mundo en divanes sicoanalíticos si todos los progenitores fueran como este hombre checo, que –desde la tierra de Freud por cierto– da lecciones de paternidad ejemplar.

Marcha del orgullo gay en Praga. Foto: Héctor Alejandro Quintanar

La concentración, convirtiéndose en una fiesta móvil, se dispone a iniciar la partida hacia el parque Letná, donde aguarda el Festival del Orgullo LGBT 2019. Dado el ambiente armonioso, resalta como contrapunto la presencia policial en la Plaza, al pie justamente de la estatua de San Wenceslao. Con la intriga de un melindroso que busca un cabello en la sopa, esta crónica asomó sus notas a la cauda de uniformados.

Los agentes, sin embargo, no están atendiendo alguna contingencia. Se limitan a resguardar a un grupúsculo pequeño, no mayor de quince personas (todos hombres, ninguna mujer), que sostiene pancartas en checo. Se trata de una runfla de neonazis que se opone al Día del Orgullo. No los delata la estética miliciana de su atuendo: todos llevan harapos lastimosos, vandalizados con consignas racistas. No los delata su fisionomía del enfermizo ideal “ario” (alto y rubio), pues todos son espantajos contrahechos que parecen encorvarse a propósito para caminar con ayuda de sus nudillos.

Lo que los evidencia como neonazis (además de sus símbolos lesivos) es su mirada: el ceño obstinadamente arqueado, las pupilas dilatadas como un huevo tibio y el delta de venas de sus sienes a punto de estallar. Tanto reconcomio e ignorancia odiadora arrebujados en sus almas los mantienen en ese permanente estado de ansiedad.

Neonazis en la Marcha del orgullo gay en Praga. Foto: Héctor Alejandro Quintanar

Por su intolerancia enfermiza, por su homofobia exacerbada, por sus proclamas a favor del “matrimonio Hombre-Mujer”, dan la impresión de ser émulos del ridículo “Frente Nacional por la Familia” mexicano. Pero por su número reducido, ínfimo, y por su perfil agresivo más bien parecían un grupo de calderonistas juntando firmas para la fallida conformación de “México Libre”.

Persiste esta idea cuando Kristýna, de quien soy acompañante, me traduce las mal escritas y enervantes consignas que blanden: “Chequia no es Sodoma”; “Están cometiendo un genosidio (sic) en Europa” (?); “Hombre y mujer igual a vida. Hombre y hombre igual a muerte” y otros escupitajos verbales que navegaban entre el delirio conspiranoico y el patetismo agresor.

Por asociación de ideas, evoco las marchas recientes de los reaccionarios mexicanos, en cuyo seno toleran proclamas como “los que votan por X tienen el cerebro más chico”; “los hondureños son delincuentes” y “los chairos y los migrantes tienen hambre”. Para luego de emitir estos dicterios hacer llamados a “no polarizar” y acusar ser víctimas del “odio” si se les desmiente o replica.

Pero estos terroristas verbales son predecibles siempre. El más alebrestado de los neonazis, un gnomo de vientre prominente y copete hitleriano, comenzó a gritar majaderías a la comunidad LGBT. En respuesta, los más cercanos a la estatua reaccionan con un acto magistral: sacan llaves de sus bolsillos y las hacen titilar como cascabeles frente a los fascistas, sin decir palabra (pues este gesto simbólico y pacífico fue el mismo que el pueblo checo, en esa misma Plaza, hizo para oponerse a la burocracia autoritaria derrocada en la Revolución de terciopelo y con ello exigirle su salida, en 1989).

Neonazis en la Marcha del orgullo gay en Praga. Foto: Héctor Alejandro Quintanar

Dicho de otro modo: la gavilla de fascistas llegó a ese acto sin ser invitada; lo hizo para provocar, a sabiendas de que ese día es propio de la expresión del Orgullo LGBT; no conformes con su sola presencia –que ya es una irrupción irrespetuosa–, comenzaron a agredir verbalmente a todos, quienes reaccionaron con un gesto no violento… a lo cual los neonazis respondieron con más insultos y señas obscenas. La cereza del pastel llegó ahí mismo, cuando uno de estos guiñapos homófobos espetó que la Comunidad LGBT era … ¡intolerante por no doblar la cerviz ante sus invectivas!

En todo el mundo, igual que en México, el conservadurismo más cavernario siempre va a ser victimario con discurso de víctima.

“Por fortuna cada año son menos” me informa Kristýna, a propósito de esa caterva de indeseables, que no para de gritar sandeces. A modo de defensa simbólica, un grupo de personas toma carteles en blanco y los extiende frente a los odiadores, para restarles visibilidad, mientras María y Olha –dos mujeres jóvenes y valientes– se retratan frente a ellos compartiendo un beso dulce. De aquel lado, de las bocas emergen ofensas, mientras que de éste, besos. ¿Cuál es el origen del odio?

Neonazis en la Marcha del orgullo gay en Praga. Foto: Héctor Alejandro Quintanar

¿Qué reflexionar, después de todo? La respuesta es obvia: el motor del fascismo no es otra cosa que un profundo autodesprecio, que deposita en los presuntos “grupos inferiores” el odio que en el fondo los fascistas sienten por sí mismos.

Anecdótico en el desfile praguense, el odio supremacista e intolerante no es una bagatela en Europa: los partidos que enarbolan discursos sectarios y xenófobos son un peligro ascendente. Nunca será muy temprano para que México tome precauciones y se tome la seria tarea de desenmascarar a los precursores del odio homofóbico, clasista y racista.

El desfile comenzó en breve. La alegría no decayó ni un momento frente a los émulos del fascismo. Ese grupúsculo se quedó inmóvil, momificado y gris rumiando sus rencores gratuitos, mientras los asistentes a la Marcha emprendieron camino sonrientes y festivos, en una metáfora de lo que es la vida política: en la sociedad, la tolerancia y la inclusión son la clave de los avances, mientras que la discriminación y el elitismo son una loza paralizante.

Dejada atrás esa contingencia contaminante; el clima en Praga siguió como al inicio: una masa nublada envolviendo el cielo, mientras abajo, en las calles, se veía nítido su complementario arcoíris, que esta vez no provenía de la luz solar, sino del brillo humano asistente a la marcha de la Libertad.