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Cultura

La Independencia de México en la pantalla en las conmemoraciones de 2010

Primera parte: La pantalla chica

Las conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y del prácticamente deslucido Centenario de la Revolución hace once años, fueron motivo de fuertes polémicas, por ejemplo, por el contraste del desfile ridículo y caricaturesco de ese año con los festejos que un siglo atrás organizara con toda anticipación y propiedad el régimen porfiriano y por la ideología vertida en las producciones audiovisuales y las publicaciones del momento. Prevalecieron también los escándalos de corrupción y tardanza en la construcción de la “Estela de Luz”, una obra de nulo interés social, utilidad práctica y valor estético, que sólo generó el repudio de la población, que acabó rebautizándola como “la estafa de pus”, “la suavicrema” o más propiamente, el “monumento a la corrupción”.

Aquellas fiestas patrias tuvieron que ser celebradas por un gobierno conservador y manchado de ilegitimidad y responsable de los saldos fatales de su guerra estúpida “contra el narcotráfico”; un gobierno cuyas bases fundacionales no son ni han sido cercanas ni al pensamiento insurgente y menos aún al revolucionario, por lo que pasaron a la memoria como un derroche y exhibicionismo de frivolidades.

La ocasión ofreció también para algunos escritores del momento, autoproclamados como historiadores, la oportunidad de publicar una serie de libros, afortunadamente hoy olvidados, para dar una perspectiva totalmente parcial de los personajes de la historia mexicana, de los cuales, el ejemplo más sonado fueron los “Arrebatos Carnales” de Francisco Martín Moreno. De la misma forma, también a través de Televisa fueron realizadas y transmitidas fuera de tiempo un par de series televisivas sobre la Independencia y la Revolución, respectivamente, tituladas Gritos de Muerte y Libertad (2010) y posteriormente El Encanto del Águila (2011).

Es justo reconocer que ambas producciones rompieron esquemas que habían caracterizado las telenovelas históricas anteriores, aquellas producidas por Ernesto Alonso, al haber sido realizadas con técnicas cinematográficas y en episodios cortos no ligados a través de un argumento melodramático y ficticio; sin embargo, con todo y estos avances técnicos y narrativos, cada una dejó ciertas cuestiones insatisfactorias, como ambientaciones artificiales, cuestionables caracterizaciones y léxico anacrónicos.

En el caso que compete a la representación de la Independencia, Gritos de Muerte y Libertad, fue la que causó más escozor entre los historiadores; por ejemplo, el académico de la UNAM, Ricardo Gamboa, señaló en La Jornada varias de las inconsistencias:

En algunas escenas hay violencia excesiva; por ejemplo, en los acontecimientos de la toma de la Alhóndiga de Granaditas no hay ninguna explicación, y lo presentan como un hecho muy violento. Y sí, hay que decirlo, es verdad que asesinaron a muchos de los que estaban ahí, pero se interpreta como si la toma hubiera sido producto de la ignorancia de las masas. La violencia en la historia tiene causas y explicaciones, pero lo que presenta Televisa es a una bola de desarrapados matando a españoles en la Alhóndiga; lo exhiben de una manera exagerada, sin explicar lo que realmente sucedió.

Además del incurrir en el error del presentismo, esto es, mostrar a los personajes históricos con atribuciones de un comportamiento actual, el historiador acusa también el desvirtúo de los acontecimientos y el maniqueísmo de los protagonistas.

A esto debe añadirse la preferencia por locaciones espectaculares en vez de las originales, como Dolores, Cuautla o Chilpancingo; de igual manera, en no pocas ocasiones se representa a los personajes con atuendos que nada tienen que ver ni con el cargo que ostentan ni con la época en que viven y, en casos realmente lamentables, ni si quiera guardan parecido alguno con quien dicen representar, tal y como sucede con los virreyes José de Iturrigaray y Francisco Xavier Venegas.

El primero fue caracterizado a la usanza del estilo rococó francés y su esposa como la reina española Mariana de Austria, pintada por Diego Velázquez, quien vivió siglo y medio antes. El segundo aparece ataviado sólo en ropa de cama y siempre con una copa de vino en la mano.

También los precursores del movimiento autonomista de 1808, Francisco Primo Verdad y Juan Francisco Azcárate deslucen no sólo en caracterización sino por su irrelevancia argumental, pese a que el primero fue actuado por Mario Iván Martínez, artista intachable; sim embargo, el líder criollo, aparece con barba, forma con toda seguridad tomada del capítulo correspondiente a su asesinato, relatado en “El Libro Rojo”, obra de Vicente Riva Palacio y Manuel Payno, publicada en 1870, cuando era común su uso. Esta imagen parte de las ilustraciones de la obra, que son dibujos realizados por Primitivo Miranda y trasladados a litografía por Santiago Hernández y Hesiquio Iriarte, pero lo resaltable es que ninguna otra representación plástica del personaje lo muestra así.

Llegado el momento de representar la lucha independentista, la serie exhibe un Miguel Hidalgo desquiciado y artificial, con una evidente calva de látex y un traje extraído de un retrato idealizado, la pintura de Antonio Fabrés, de 1905, titulada, “Miguel Hidalgo con estandarte”, mientras que Morelos es sólo identificable por su característica pañoleta en la cabeza, pues el actor que lo representa siempre aparece injustificablemente barbado y no refleja en momento alguno la grandeza del personaje.

No obstante que entre los créditos de asesoría histórica se encuentran los nombres de reconocidos y muy respetables como historiadores como Javier Garciadiego y Enrique Florescano, el sesgo ideológico por el que se decantó Televisa se ve en hecho de haber también echó mano de sus intelectuales de cajón, Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín, cuya trascendencia académica se encuentra en las antípodas de los primeros.

Además de las representaciones ridículas, la que llega a lo ofensivo es la de Vicente Guerrero, presentado como un cavernícola. Precisamente contra esta visión recae la crítica e indignación del artista e historiador guerrerense Ricardo Infante Padilla, coordinador del Taller de Arte de la Universidad Autónoma de Guerrero: “Es una vil mentira el personaje que creó Krauze, quien es un escritor de la derecha y siempre ha sido un bufón”.

Cabe mencionar que en su “Historia de Méjico” (sic), el historiador conservador del siglo XIX, Lucas Alamán, acérrimo detractor del héroe de Tixtla (e involucrado hasta las cejas en su muerte), siempre tuvo para él descripciones respetuosas y elegantes. Contrariamente, Agustín de Iturbide fue representado por Daniel Giménez Cacho con un bigote que no aparece en ninguna iconografía del personaje y que más bien recuerda algunos retratos del Libertador de América del Sur, Simón Bolívar.

Acaso la mejor representación sea la de Lumi Cavazos en el papel de la Corregidora de Querétaro, Doña Josefa Ortiz de Domínguez y Cecilia Suárez como Leona Vicario. En verdad hay que decir que los capítulos correspondientes a estas dos heroínas son los mejores de la serie con todo y el mobiliario anacrónico de mediados del siglo XIX y el parecido de la última más bien con el retrato imaginario para los eventos del bicentenario, que el real, en el que se ve de perfil a la “Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria” con su complexión robusta. En este sentido, la imagen presentada por la 4T para el “Año de Leona Vicario”, el inefable 2020, también es distinta a la original.

En el aspecto discursivo, fue evidente la intención de los realizadores de provocar polémica mediante la presentación de eventos en una forma heterodoxa. Precisamente, la escena más cuestionada fue la del ataque a la Alhóndiga de Granaditas, pues se muestra ese momento histórico sin mayor contexto que la aparente visión de quien sería el bastión intelectual del conservadurismo, el mencionado Lucas Alamán en su adolescencia, representado por un Osvaldo Benavides algo mayor para la edad del personaje.

Al no ofrecer contraste alguno, la serie toma esta versión como la única verdad, ya que el gran ausente es El Pípila; Alamán rechazó su existencia, mientras otro de los principales historiadores de la Independencia, Carlos María de Bustamante, defendió su protagonismo. Extraña que, si la aparente intención era generar polémica, no se haya dado lugar a la reflexión sobre las posturas antagónicas.

El rechazo que generó esta serie hizo que su sucesora, El encanto del águila, con la temática de la Revolución Mexicana, tuviese un mejor, aunque no excelente, apego por la caracterización de los personajes y de los hechos históricos.

Juan Carlos Esparza
Escrito por

Maestro en Historia de México por el Instituto Cultural Helénico. Licenciado en Ciencias de la Cultura por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Actualmente Cursa el Doctorado en Conocimiento y Cultura de América Latina por el Instituto Pensamiento y Cultura en América Latina A.C. Obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados por el Doctorado en Antropología de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca, España. Es docente en la Universidad del Claustro de Sor Juana la Universidad Pontificia de México, en Centro Eleia en el Centro Cultural La Isla de Minerva. Es cofundador de Opus Artis, institución dedicada a la valuación de obras de arte a la gestión cultural y a la impartición de cursos y diplomados de educación en línea. En el ámbito museístico fue el desarrollador en curaduría y museografía del Museo de la Cristiada (Aguascalientes), así como director del mismo. Realizó trabajos de Investigación y servicios educativos en los museos Frida Kahlo y Museo Interactivo de Economía. Como gestor cultural ha desarrollado a través de Opus Artis diversos encuentros académicos y presentaciones de libros en la Universidad Pontificia de México, Casa del Poeta Ramón López Velarde e impartido diversas ponencias en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, Universidad Pontificia de México, Casa de las Américas (La Habana, Cuba), Universidad de Salamanca (España).

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