Morena ganó, y mucho. Buena parte de las gubernaturas en disputa se obtuvieron: de tener una se pasó a mínimo 10. El PRIANRD tuvo un rotundo fracaso. Hace apenas seis años, si alguien hubiera dicho que Morena gobernaría la mitad del territorio, todos hubieran echado a reír. Hoy es una realidad.

Eso sí, se perdieron espacios donde hubo en tiempos recientes mucha ilusión, pero algo falló. Hubo un momento en que parecía factible conquistar casi todo.

Después está el caso de la Ciudad de México. ¿De verdad tantas alcaldías perdidas? ¿De verdad tantos descalabros para Morena? La capital del país es un bastión de la izquierda, y ayer algo pasó. Y no se explica sólo con un posible voto de castigo por lo sucedido en el Metro de la Ciudad de México. Hubo algo más. Y hace falta hacer un análisis lo más profundo posible.

Pero sí, se perdieron alcaldías y diputaciones. Y eso no está bien. La derecha más rancia (el PAN-PRI-PRD) encabezada por los intereses más oscuros ocupará espacios en la CDMX. Eso es preocupante, y precisa una respuesta contundente y organizada de Morena y de la izquierda.

Ahora, qué sigue.

Morena precisa prepararse para pactar con otras fuerzas en el Congreso si busca la mayoría calificada (como ha sucedido hasta ahora). Esto entorpece, sí, varias cosas. Pero se tiene mayoría, y aunque la alianza con el Partido Verde no es de confianza, la mayoría absoluta es importantísima.

Lo que tendría que venir es un análisis de los resultados muy detallado, y un proceso de crítica al interior del partido. Pero no un proceso de destrucción. No se pueden gastar dos años en luchas internas donde se despedacen unos a otros y donde se olvide que Andrés Manuel López Obrador y la transformación del país necesitan enorme respaldo.

La 4T precisa continuidad, y para ello, hay que solucionar las evidentes diferencias en Morena. Y rápido.

¿Qué sigue?

La consolidación, y ahí habría que tener altura de miras.