Por: Lisandro Alférez (@revistapolemon)

 “A mí no me gusta el silencio. El silencio sirve a la injusticia.”

Jeannete Ascencio, hermana de Vilma Paulette,

desaparecida en Ciudad Victoria.

11 de julio 2015. Tampico, Tamaulipas.–Dicen que la normalidad ha vuelto a Tampico después de años de violencia, pero todas noches se oyen ráfagas de metralletas y disparos de pistolas en las calles. Algunos cuentan que de plano aprendieron a dormir con la música a todo volumen para que los niños no oigan qué ocurre a unos pasos de su casa.

Lo que llaman “la normalidad” es un eufemismo que significa pánico y silencio. Vino el Ejército, vino la Marina, se instaló la Gendarmería, aumentó la presencia de las Policías Federal, estatal y municipal, pero la violencia sigue. Ellos siguen aquí. No se han ido ni se irán.

Camino por la avenida Hidalgo, que cruza de punta a punta el municipio de Tampico. A donde volteo a ver encuentro comercios vacíos, casas con cristales rotos, grandes almacenes cerrados. Los comercios y talleres que se mantienen abiertos tienen guardias de seguridad sumamente inseguros: se les ve temerosos, nerviosos, moviéndose de un lado a otro, con el dedo en el gatillo. Se estima que entre 40 y 50 por ciento de los negocios han cerrado.

La gente no quiere hablar. Los diarios locales no informan de nada que tenga que ver con lo que realmente está pasando. Sus planas están llenas de eventos sociales, que dan cuentan de cómo las “Damas de la Asociación de Ingenieros Petroleros le organizan una convivencia a sus esposos”, o de cómo las voluntarias de la Cruz Roja se divierten jugando una tarde a la lotería, o de quiénes forman la nueva mesa directiva del Club de Leones.

Los diarios han dado la espalda a la realidad. El periodismo aquí ya no existe.  Pero la realidad es evidente: el centro de Tampico está militarizado y las colonias y la periferia tomadas por los cárteles y las bandas que se disputan esta zona catalogada como plaza estratégica.

Una imagen cotidiana a cualquier hora del día: hileras de camionetas del Ejército, la Marina o la PF, con soldados armados hasta los dientes y listos para disparar. No obstante, hablar de secuestros y desapariciones es muy peligroso; la gente, por temor, prefiere cambiar de tema. Todo mundo desconfía de todo mundo, ya sea en la escuela, en el trabajo o en la cola de las tortillas… Entre cuadernos, cuando surge el tema, no falta quien te haga señas para que sepas que de “esto se habla en otra parte”.

Aun si alguien pregunta cosas en un lugar supuestamente seguro, la gente habla en voz baja acerca de la “Caja de Galletas” para referirse al Cártel del Golfo, o de cómo siguen los enfrentamientos con los de “La Última Letra“. Ya se imaginarán quiénes…. Si vas en carro platicando y sale el tema a relucir, lo común es que te pidan que subas el vidrio, porque “es mejor el aire acondicionado”.

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Un amigo de muchos años que vive en Ciudad Madero me dice que la “normalidad” fue acostumbrarse a las balaceras y enseñarles a los niños en las primarias y secundarias a tumbarse pecho tierra al momento de los enfrentamientos. “Normalidad” también es estar en un restaurante y obedecer al capitán de meseros cuando avise a gritos que hay que esconderse bajo la mesa o de plano tirarse al suelo mientras pasa la balacera, para después continuar comiendo como si no pasara nada.

En Tampico, Ciudad Madero, Altamira, a la violencia no se le ven visos de solución; por el contrario la situación empeora. A diario hay nuevos asesinatos, nuevas desapariciones y las extorsiones siguen a la alza. El cobro por el derecho de piso lo sufre desde el más modesto negocio hasta el que tiene una empresa consolidada. Esto se ha vuelto una de las peores las pesadillas. En algunos establecimientos llegan hasta tres grupos distintos para exigir la paga, al grado de que los propietarios mejor los cierran o los malbaratan para irse a otra región del país. Y los que tienen mejor suerte se van a Estados Unidos, salen huyendo de este infierno.

Una pareja de ancianos que descansa en la Plaza de Armas de Tampico, cuenta en voz baja: “Aquí ya no se puede vivir, pero nosotros no tenemos dinero para irnos. Hemos puesto nuestra pobre casa en venta, pero por lo mismo, por lo que pasa aquí, nadie nos la quiere comprar. Y además, ¿a dónde nos vamos si ya no nos quedan fuerzas para recomenzar en otro lugar de nuevo?”

–Mire –me dice el hombre bajando más la voz y mirando al piso–, aquí la misma policía es la que va por el cobro a los negocios y se lo lleva a los malosos. ¿Qué esperanza tenemos de la justicia?”

Su mujer, que ha estado en silencio, le hace señas, le da el bastón y me dice de despedida: “Esta ciudad se echó a perder desde hace diez años. Nosotros somos de aquí, aquí fuimos felices pero en este lugar sólo queda la tristeza”.

Cómo negarlo. Aquí los malos no se han ido por más que el gobierno local y los medios digan que ha llegado la tranquilidad al estado de Tamaulipas. Por más militarizada que esté la región, los cárteles no se irán, porque desde esta orilla del mar se hacen los grandes embarques de “la mercancía” que va a muchos países.

Un periodista local me comenta que, en realidad, lo que hubo fue un acuerdo para que al centro histórico lo dejaran en paz; pero fuera de eso nada ha cambiado, como lo demuestran las siguientes historias de terror

Javier

A eso de las cuatro de la tarde el calor es sofocante por la humedad del puerto. Caminamos despacio por los alrededores de la Laguna del Carpintero; aquí no hay gente y podemos platicar. Le pregunto sobre casos de desaparición forzada, si sabe de casos concretos y él me interrumpe: “¡Nombre, aquí hay un chingo! De gente cercana conozco varios, más de tres…Pero ¿quieres saber sólo de desaparecidos, o también de que hayan aparecido?”

–Bueno, si hay alguien que haya logrado escapar…

–No –dice con cierta dificultad–, conozco el caso de alguien que después de días apareció, pero muerto y tirado en un costal… Era mi hermano.

–¿Cómo crees? No inventes…

–Mi hermano fue secuestrado el 18 de febrero de 2013. Creemos que fue por una confusión y producto de la eterna lucha por la plaza entre el Cártel del Golfo y los Zetas. Su único error fue nacer en Veracruz y haber vivido casi toda su vida allá. Mi hermano tenía 23 años, trabajaba el campo y le sabía a la albañilería y la mecánica. Cuando se casó, vio que allá no la iba a armar con tantos gastos de la familia y ya con un hijo de dos años. Se vino para Tampico, rentó un cuartito en uno de los barrios de las orillas de la ciudad y empezó a trabajar en un taller mecánico. Él tenía una voz fuerte y se le notaba claramente su acento veracruzano.

“En los barrios está cabrón el control de las bandas vinculadas a la Caja de Galletas, por eso la gente se encierra temprano. Después de las 8 o 9 de la noche la gente de los barrios ya no sale de su cantón y él lo sabía; pero ese día se fue a tomar una cerveza a un lugar cerca de por allí. Pidió la cerveza, se sentó, y según la información recabada, una de las mujeres que lo atendió llamó por teléfono para decir que había una gente de fuera… Aquí, la mayoría de los zetas que vienen son de Veracruz.

“Cuando lo estábamos buscando, recabamos toda la información de la zona y lo que supimos fue que llegó una camioneta por él y se lo llevó, suponemos que para interrogarlo. Si aquí desaparece una persona tienes dos opciones: te quedas callado con tu dolor y con tu miedo, o vas, denuncias y das parte. Nosotros optamos por lo segundo, asumiendo el riesgo de que muchas veces la policía esté involucrada.

“Entonces pues levantamos la denuncia y llevamos fotos de mi hermano al día siguiente, 19 de febrero, y seguimos buscándolo. Mi mamá se vino del pueblo y anduvimos por todos lados. Pasaron los días y ninguna llamada, ningún dato. No paramos de buscarlo, hasta que el 28 de febrero nos llaman para decirnos que fuéramos a identificar un cuerpo que había aparecido en un costal, tirado a la orilla de una carretera.

“Lo recogieron y lo echaron a la fosa común, pero luego lo volvieron a sacar para tomarle fotos y compararlo con la información que tenían. Llegamos, revisamos fotos y vimos el cuerpo. Tenía parte de la frente sumida y parte de las extremidades rotas. Como que le habían dado con un bat.

“Nos lo llevamos al pueblo y lo sepultamos. Dos días después mi mamá cumplía años. ¿Te imaginas el dolor? Ahora su nieto tiene cuatro años y va a crecer sin su padre”.

Pilar

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Pilar Flores es una joven que acaba de cumplir 26 años. Es madre soltera de un niño que se llama Manuel, de cinco años. Ella desapareció junto con su novio en Tampico.

El 20 de enero de 2015 Pilar se levantó temprano, llevó a su hijo al kinder y volvió para terminar de arreglar su casa. A las diez de la mañana habló con su hermana para pedirle el favor de que fuera por su hijo, porque ella tenía algunos pendientes y calculaba que no alcanzaría a llegar a tiempo. Más tarde pasaría por él, pero nunca llegó. Esa fue la última llamada que hizo.

Su mamá fue a poner la denuncia a la agencia del Ministerio Público de la Procuraduría General de Justicia, pero, como en muchos casos, no han hecho nada. Lo poco que se ha investigado lo ha hecho la madre de Pilar. Fue a una localidad llamada Los Naranjos, municipio de Tres Valles, Veracruz, a poner la denuncia pues de allí era el novio de Pilar. Se quedó varios días allá, indagando alguna pista, sin resultado. Cuando volvió a Tampico recibió una llamada a su celular en la que le advertían que no volviera a Los Naranjos, ni siguiera averiguando. Fue todo lo que le dijeron y le colgaron.

Se dice que por esas mismas fechas desaparecieron dos chicas más de distintos rumbos de la ciudad, y con las mismas características: jóvenes y guapas. Se rumora en Tampico que uno de los negocios de la delincuencia organizada es la trata de blancas. Se dice que las tienen en casas de seguridad y que de allí las trasladan a los bares de otros municipios para explotarlas.

La mamá de Pilar ha entrado a muchos bares de Tampico, Ciudad Madero y Altamira, buscando algún indicio, algún rastro. Y nada. Ella vive en condiciones muy humildes, trabaja en lo que puede y cuando junta dinero para los camiones se va a todas partes, donde le dicen que quizá haya alguna esperanza. Y le dicen que por la frontera norte, hacia Reynosa y Matamoros, hay muchos bares en donde hay jóvenes en condiciones de esclavitud sexual. Y se va para allá a buscarla. Se va sola. Siempre viaja sola, porque su familia le dio la espalda; le dicen que ya no la busque, que es peligroso. Cuando pasó lo de Pilar, un día llegó el papá del niño, se lo llevó y les dijo que no quería saber nada de nada.

Pero la mamá de Pilar dice que no dejará de buscarla; dice que su hija está viva y que la tienen por ahí. Dice que hay veces que recibe llamadas pero no es nadie, que “tal vez le dan esa oportunidad a mi hija para que escuche mi voz”, y es entonces cuando le habla y le dice: “¿Mija, eres tú? Yo estoy bien, tu hijo también está bien. Te estamos esperando a que regreses…” Eso le dice. Nadie corta del otro lado y a veces hasta 30 minutos dura el teléfono en línea y luego cuelgan.

Omar, Fernando y Jefte

Según la información recogida por sus amigos y familiares, el 30 de julio del 2013 Javier Jefte Morales, Luis Fernando Landeros y Omar Vázquez fueron “levantados” –o sea, víctimas de desaparición forzada— por un comando en el cruce de las calles Berriozábal y 16, en Ciudad Victoria.

Eran artistas callejeros, se pintaban el cuerpo, manejaban muy bien las acrobacias con fuego, los títeres… Se paraban en las esquinas y en las plazas para hablar con la gente de la necesidad de trabajar y construir acciones de paz por medio del arte.

Según dicen, ya tenían como año y medio trabajando, hasta que recibieron una llamada para decirles que ya estaba bueno, “que se dejaran de circos y se aplacaran”. Pero ellos siguieron, estaban entusiasmados con los resultados.

Las familias de los muchachos levantaron las denuncias y empezaron la búsqueda. Gente de teatro de Tampico, de varios municipios y otros lugares del país, difundió la desaparición, pero hasta el momento no hay noticias de ellos. El año pasado, un colectivo de personas y familiares realizó un evento cultural en la Plaza de Armas para recordarlos y exigir su presentación con vida. En unos días se cumplirán dos años de que se les vio por última vez, pero la lista ha continuado creciendo. El 3 de agosto se llevaron a Vilma Paulette Ascencio García, actriz de 32 años, en Ciudad Victoria; después de ella le tocó a Aurio Cuaracuario, mejor conocido como el payaso Ave Fénix, que se presentaba en las plazas de Tampico. Esos dos casos se han difundido en las redes sociales, pero casi todas las desapariciones se sufren en silencio por miedo, y cada día son más, muchas más.

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