En una Plaza de la Constitución atípicamente desierta pero colmada de nuestros símbolos patrios, el Presidente Andrés Manuel López Obrador, visiblemente conmovido, rememoró otro aniversario más de la Independencia de México.

En medio de una crisis sanitaria inédita y mundial que ha trastocado todo aspecto de nuestras vidas, ver el Zócalo vacío distó mucho de ser triste y, por el contrario, ver aquella Llama de la Esperanza que se mantuvo vigorosa para recordar las lamentables muertes que ha causado el COVID-19, nos recordó la imperiosa necesidad de mantenernos fuertes, unidos y disciplinados ante la inesperada adversidad que se posó sobre nosotros y que nos llevó a replantear toda nuestra cotidianidad.

Resulta muy peculiar para quienes conocemos de cerca y desde las bases el movimiento que llevó a la presidencia a López Obrador después de largos años de obstinado activismo, verlo ante un espacio vacío sin los vítores ni la incondicional entrega ciudadana; en el mismo lugar donde nos convocó en numerosas ocasiones y el cual desbordamos los de a pie todas las veces pues ahí íbamos a depositar nuestras esperanzas de cambio. Sin embargo, a pesar de la obligada ausencia de la gente para evitar los contagios por coronavirus, pareciera que nunca estuvo tan acompañado un hombre que, en efecto, estaba solo, al igual que el pueblo desde sus casas nunca estuvo tan cercano al incansable luchador social que hoy vela por nuestra felicidad y por el bienestar integral del país.

No hay palabras precisas para explicar la conexión y el entendimiento, aún a la distancia, entre la gente y AMLO; quizás se deba a que nadie como él había respetado y dignificado tanto a la clase trabajadora por la cual se mueve el país. Nadie, nunca, se había hermanado con tal sinceridad y convicción a los de antaño olvidados, humillados y estafados por los gobiernos rapaces del PRI y del PAN que no tuvieron reparo en despojarnos de todo. Nadie, excepto Obrador, había caminado al lado de los oprimidos.

En esa aparente desolación del Zócalo capitalino en la noche en que recordamos a las madres y los padres de esta gran nación que está renaciendo bajo la Cuarta Transformación, nadie estuvo realmente solo. Estuvimos juntos y palpitaba en nosotros el anhelo imparable de lograr que la justicia alcance a todos los mexicanos. Hoy, bajo el cobijo de un líder honesto y transparente, nuestros sueños de paz y de igualdad se materializan en cada acción y programa social en favor de los más vulnerables.

Con todo el corazón, ¡viva México!