El tío Juan Nicolás era un hombre muy parco, reservado y hasta misterioso. Recuerdo que, de pequeño, yo lo veía como el adulto de traje gris, rostro pétreo, distante y hosco. Cuando mi abuela (ya viuda) mis otros tíos o mi padre se referían a él, mostraban un cierto desconocimiento, temor y desconfianza sobre sus actividades o a qué se dedicaba, lo único que quedaba claro es que trabajaba para “el gobierno”. Posteriormente en 1991, por las decisiones de mi vida y un poco de azar, tuve la oportunidad de conocerlo un poco más de cercas, de platicar con él y de descubrir aspectos de su vida que hasta hoy, no dejan de sorprenderme.

El tío Juan Nicolás era un hombre del sistema: era el típico soldado sin uniforme que creía a pie juntillas que todo lo que del sistema emanara era por el bien de México, aunque tampoco era ningún ingenuo y bien sabía que, los que se dedicaban a hacer lo que él hacía, eran desechables e indeseables dependiendo de las circunstancias y del grupo político en el poder. Recuerdo haber visto varias fotos en su recámara en las que aparecía acompañado de Pedro Ojeda Paullada, saludando de mano a José López Portillo o platicando con Miguel de la Madrid. Era capaz de justificar cualquier acto que viniera del gobierno por más turbio y oscuro que fuera. Pero lo que más recuerdo de esas pláticas era el rencor con el que hablaba de su padre.

Foto: Paco Ignacio Taibo II/ La Jornada.

Mi abuelo fue agrarista, participó en los movimientos de los años treinta por el reparto de tierras y la desaparición de los latifundios. Antes de eso, participó brevemente en la Revolución como parte del zapatismo en Morelos y Guerrero cuando era todavía demasiado joven. Era evidente la vocación “roja” de mi abuelo, pero esta tuvo un costo demasiado alto. Mi abuelo ayudó a fundar un ejido en Morelos allá por 1937-38, esto le acarreó un sinnúmero de problemas, traiciones y enemigos que lo obligaron a que, en 1942-43 tuviera que abandonar el ejido y el ingenio azucarero y sacar a su familia escoltada por el ejército para su protección ante los golpes y las amenazas de muerte.

Episodios como éste fueron los que marcaron al tío Juan Nicolás, quien nunca perdonó a mi abuelo por su militancia agrarista, dureza excesiva y, según él, la poca solidaridad con su propia familia al “mantenerlos en la pobreza” mientras él se mantenía fiel a sus ideales de justicia social. Por eso, cuando el tío Juan Nicolás era un joven allá en Acapulco, tuvo la ocasión de conocer a Miguel Alemán Valdez ya como ex presidente. Fue este personaje quien lo puso en contacto con personeros de la política y quienes así mismo, lo introdujeron al aparato de seguridad del estado. Uno de estos fue Miguel Nazar Haro (su mentor) quien más tarde lo reclutó para entrenar y formar parte de un grupo creado a instancias de Luis Echeverría Álvarez y de Alfonso Corona del Rosal: “los halcones”.

El ex presidente de México, Luis Echeverría Álvarez. Foto: Getty Images.

Una de las “lecciones” aprendidas a través del tío Juan Nicolás fue que todos los movimientos sociales durante el régimen priísta fueron espiados, infiltrados y, muchas veces, reventados. Él me contaba cómo algunos de esos líderes y dirigentes fueron cooptados, intimidados, corrompidos o sustituidos por elementos propios. Para ello se apoyaban en su reserva lumpen: porros, pandilleros, líderes sindicales, estudiantiles o campesinos, intelectuales afines al sistema y reporteros. De todo se valían con tal de reventar, desinflar y desmantelar a los incipientes intentos de organización social, era todo dentro del sistema, nada fuera de él.

Al tío Juan Nicolás también le tocó probar estar del lado equivocado: después del jueves de Corpus de 1971, “los halcones” se convirtió en un grupo incómodo para el ya presidente Echeverría, tenía que negar su existencia aunque hubiera mucha evidencia de lo contrario. Así que fue disuelto y algunos de sus elementos pasaron a formar parte de la Dirección Federal de Seguridad, Policía Judicial Federal, Departamento del Distrito Federal o Secretaría de Gobernación. Otros no encontraron lugar para emplear sus habilidades adquiridas en los aparatos estatales de represión, así que incursionaron en el crimen organizado y se dedicaron al secuestro, asaltar bancos y pagadurías. Es por esto último que Echeverría decidió eliminar a los antiguos halcones y a cualquier vestigio que lo vinculara con ese “inexistente” e inconstitucional grupo paramilitar.

Foto: INEHRM

Cazados como alimañas, uno a uno fueron cayendo: ya no eran útiles para el sistema y su existencia era muy incómoda. El tío Juan Nicolás fue uno de los pocos que logró refugiarse en la Secretaría de Gobernación y solicitó la protección del gobernador de Nuevo León y ex-regente del Distrito Federal: Alfonso Martínez Domínguez, a quien le debió el salvarle la vida al ocultarlo en la cajuela de su auto y sacarlo del edificio de Bucareli. También fue Domínguez quien le llamó a Echeverría para advertirle de forma velada que no permitiría que avanzara el exterminio de los sobrevivientes de “los halcones” y que, de insistir, se atuviera a las consecuencias, de allí la entrevista que Domínguez sostuvo con Heberto Castillo en 1977.

Foto: CUEC-UNAM

El tío Juan Nicolás pudo respirar de nuevo y salir de la lista de proscritos, hizo trabajos especiales en la negociación y resolución de conflictos políticos y sociales empleando toda la información recabada en campo a través de los años y a tener a su disposición los archivos de los servicios de inteligencia. Conoció muy bien a oscuros y nefastos personajes como Fernando Gutiérrez Barrios, Miguel Nazar Haro, el “Negro” Durazo o Javier Coello Trejo. También conoció, porque los vigiló, a memorables personalidades como Miguel Ángel Granados Chapa, Heberto Castillo o Julio Scherer García.

El tío Juan Nicolás fue envejeciendo, su narrativa se iba quedando obsoleta y el tiempo demostraría que, no sólo era errónea, sino que era una monstruosa mentira. La cantaleta aprendida con Nazar Haro de que “los estudiantes que protestaban eran manipulados por agentes extranjeros, entrenados en Cuba, Corea del Norte o en la Unión Soviética” y que “iban a provocar la intervención armada de los Estados Unidos” ya no se sostenía y sólo unos cuantos desubicados de la derecha la seguían repitiendo como un mantra. No fue una bala disparada por algún guerrillero urbano de la “Liga 23 de Septiembre” ni por algún esbirro, antiguo camarada del ’71, fue el linfoma de Hodgkin desarrollado por miles de cigarrillos consumidos a lo largo de horas, días y décadas de trabajar en las cloacas de un sistema, lo que finalmente se lo llevó a la tumba hace más de quince años.

Foto: Paco Ignacio Taibo II/ La Jornada.

Cuando se desmenuza a personajes así, se da uno cuenta de que son seres multidimensionales, como todo ser humano. No puedo decir que lo admiro, él era recto, intachable, incorruptible, pero sus acciones fueron moral, ética y legalmente reprobables, les causaron un gran daño y dolor a muchas personas y retrasaron el avance de la cultura democrática y social de nuestro país, pero desde su perspectiva y sus reglas de ética personal, todo se valía para “salvar” al país de la “amenaza” comunista y anarquista.

No trato de rescatarlo ni de reivindicarlo, estuvo al servicio de personajes muy oscuros y tenebrosos y él nunca mostró ningún remordimiento ni arrepentimiento por sus acciones, no sé si al final de su vida lo haya hecho, pero no tengo motivos para creerlo. Fue un profesional en su trabajo, así es que siempre asumió lo hecho de manera libre y responsable. Hizo lo que se tenía qué hacer, según lo que él decía. Él quiso mucho a su hijo y él lo tenía en un altar como ejemplo de templanza, esfuerzo, disciplina, honestidad y profesionalismo.

Foto: INHERM

Pero esta profesión sí le cobró facturas en su vida personal: rompimientos, divorcio y alejamiento familiar, prefería cargar con sus demonios él solo. Fue tanto su rencor hacia lo que representó su padre —mi abuelo— que lo interiorizó y lo justificó de una forma brutal y a la vez sistemática. No dudo que el perfil psicológico del tío Juan Nicolás sea similar y recurrente entre quienes, aún hoy, ejercen y trabajan la tenebra política para armar conspiraciones, manipular a la opinión pública y provocar la represión. Al final de cuentas, el tío Juan Nicolás fue más un producto del sistema que hijo de su padre, aunque eso tampoco lo eximió de sus pecados…

Bernardo de los Santos Coy
10 de junio del 2021