Luis González de Alba murió, como intelectual de utilidad pública, lamentablemente hace muchos años. Para algunos quizá no tantos, para otros como yo, bastantes más. Puesto que nací negado, ya no digamos para las matemáticas sino para las aritméticas, no pude beneficiarme de sus libros de divulgación en materias como física cuántica o astronomía. De sus reflexiones acerca de cómo se habla el español, me considero partidario irrestricto.

Fue Luis quien desencadenó esta especie de guerra civil gramática, aún vigente, acerca del vaso de agua. Desde los años finales del unomásuno (1982-83), o los primeros de La Jornada (84-85), sostuvo que era una “perfecta estupidez” pedir un vaso “con” agua. A quienes dicen que los vasos “o son de vidrio o son de plástico” porque no existen los “hechos de agua”, los llamó “falsos cultos”. Con esos retruécanos “pretenden ocultar su ignorancia y hacerse pasar por sabios, cuando que son analfabetas funcionales”.

Son tan petulantes como Miguel de la Madrid —también decía— que pronuncia la ve de vaca, mas no de forma espontánea, natural, incorporada genéticamente a su léxico, sino cambiando la posición de los labios y de la lengua para decir vicio, en vez de bisio, con be de burro, como decimos el resto de los hispanohablantes.

Luis González de Alba

Con ambos ejemplos, González de Alba colocó en un mismo nivel de imbecilidad a De la Madrid y a millones de personas que a duras penas terminaron la primaria. Yo lo acompañé hasta ese punto. Hoy, agradecidamente se lo reconozco. Como quiero también dejar asentado que, cuando empecé a escribir contra Salinas, Luis me declaró la guerra, no a título personal, sino como miembro de una corriente opositora al neoliberalismo.

Me he batido en duelos verbales con cientos o miles de partidarios del vaso con agua. Me sentí horrorizado cuando, en una librería, al hojear una cosa de Guillermo del Toro, leí que su personaje “bajó a servirse un vaso con leche”. ¡Con leche! ¿Qué fue lo que se sirvió “con leche”? En aras de la simulación, hoy la gente dice o escribe cosas para fingir que es culta, sin saber en verdad qué dice.

Jesusa Rodríguez tiene que acordarse. Mi siempre bienamada directora escénica en El Hábito durante más de 15 años, y yo, y algunos más, estábamos una noche de octubre en Guadalajara, echando unos tacos callejeros en plena feria internacional del libro, cuando topamos con una cuadrilla de lambiscones de Mario Vargas Llosa. Al identificarse como acompañantes del marqués español de origen peruano, nos deshicimos en elogios para su obra, para sus libros, para sus mágicos talentos narradores, admirables por donde quiera que se les vea (excepto en La fiesta del chivo, una novela mal parida porque sus personajes no hablan como dominicanos sino como limeños).

Luis González de Alba

Al pasar del intercambio de piropos a los libros de Vargas Llosa, torcí el rumbo de la discusión y me descalifiqué al político de extrema derecha que es también el autor de Conversación en la Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La ciudad y los perros y mucho más. “Lo malo de Mario —dije como si lo conociera en persona— es que defiende un régimen que cada vez produce más pobres y menos lectores. Que un escritor justifique la miseria de quienes nunca leerán, me parece un crimen.”

Hubo gritos y sombrerazos, y Jesusa Rodríguez con su don de mando restableció el orden, pero la anécdota me viene dando vueltas desde que me enteré del suicidio de González de Alba, pues lo que aún le reprocho a Vargas Llosa es igualmente válido para Luis. Él también terminó odiando a los pobres, burlándose de las ideas políticas, de las luchas incesantes, de las tragedias infinitas de los pobres. Se burló, por ejemplo, de la tragedia de Ayotzinapa.

Como dije antes y reitero aquí: se fugó al desencanto por la vía del cinismo. Y se instaló en el hedonismo aristocrático de la “alta cultura”, se volvió tan refinado, tan helénico, tan exégeta de sus puñetas gastronómicas y literarias. Fue —lo veo más claro— en ese momento cuando murió como intelectual y se empezó a convertir en el fantasma que se pegó un tiro en la panza, debajo de las sábanas, el 2 de octubre, para mayor santo y seña.

Luis González de Alba

Soldado de las legiones de zombis que defienden ideas que están vivas y al mismo tiempo muertas (léase, “las ideas neoliberales en la práctica, considerando sus resultados, han demostrado que están muertas, pero se mantienen vivas porque el poder las impone como políticas públicas“, Alicia Puyana dixit), González de Alba cerró filas y marchó codo a codo, entre lo más deleznable del aparato de propaganda de la dictadura, y por esas veredas de la infamia lo perdimos.

Reapareció, en un momento de cólera delirante, para exigir que Elena Poniatowska modificara su libro clásico, La noche de Tlatelolco, y suprimiera las declaraciones que le hizo y las cosas que le contó cuando estaba preso en Lecumberri. La acusó de haberlo traducido al “poniatowsko”, un lenguaje que según él hace que todos sus entrevistados hablen como ella. Nada más falso. Quien incurrió notoriamente en ese descuido fue don Julio Scherer: hay que releer sus diálogos carcelarios con la Reina del Sur: el uno y la otra se expresan en los mismos términos, como actores de una obra de teatro.

Luis González de Alba

Estoy leyendo Botas de lluvia suecas, la novela que Henning Mankell escribió, entre 2014 y 2015, mientras padecía los tormentos de las medicinas contra el cáncer, pero no llegó a ver publicada. Es la continuación o la segunda parte de Zapatos italianos, la historia del médico que por error le amputa el brazo bueno a una muchacha y se refugia más de treinta años en una isla diminuta. Cuando la niebla del norte del mundo envuelve los árboles y desdibuja las formas, crea una luz gorda, opaca, turbia como la miel quemada.

Cuando pienso en esos parajes sepulcrales y en esa luz, imagino que escucho el tiro que Luis González de Alba se pegó “en el abdomen” (según la policía), y me parece ver que su espectro camina entre las sombras de otros fantasmas, con la pistola apuntando al cielo, pero ya no sé si es mejor creer que este suicidio, antes que un autohomenaje, fue algo todavía más narcisista: un recordatorio, una súplica, el nombre de la flor que da título a esta columna.