La Guerra Civil Española es un acontecimiento histórico de alta complejidad dada la diversidad de factores que intervinieron en ella. Una visión muy generalizada diría que se trató de un ensayo de la Segunda Guerra Mundial, pero otras versiones señalan que es la culminación trágica de la lucha de las “dos Españas”, la reaccionaria y la progresista.

En el terreno internacional la situación también se complica por estar situada cronológicamente en el periodo entreguerras, momento en el que el principal organismo internacional, la Sociedad de las Naciones, comenzaba a mostrar su ineficacia.

La Segunda República Española, pese a haber sido el gobierno legítimamente constituido, demostró serias dificultades para sostenerse, entre otras causas, por la multiplicidad y en ocasiones disparidad de fuerzas que la integraban, por rapidez con la que se sucedieron los gobiernos de signo político opuesto y por los constantes ataques desde la reacción de los grupos monárquicos y tradicionalistas, así como del desdén internacional.

El gobierno que el pueblo español eligió en las elecciones de febrero de 1936 era, sin lugar a dudas, el portador de la legalidad, derrocado mediante la conspiración, insubordinación, apoyo de los estados totalitarios fascista y nazi, la indiferencia, desdén y pasividad del resto de los países, más la bendición episcopal y papal. Ello no exime al gobierno republicano de sus propios errores, omisiones y abusos.

En este contexto, México, en la construcción de sus instituciones revolucionarias, demostró ser en todo momento, el aliado ideológico, moral, político y cultural que la República hubiera esperado de naciones más cercanas geográficamente; ello quedó de manifiesto frente a Francia, con un gobierno similar, o a Inglaterra, con quien siempre se buscó la negociación; sin embargo, estos países tuvieron una actitud totalmente adversa en los momentos de mayor necesidad: Francia dio la espalda y cerró sus fronteras a España, e Inglaterra allanó prácticamente todos los caminos diplomáticos para que triunfara la rebelión de Francisco Franco.

Francisco Franco. Foto: Especial

La tragedia española fue también un escenario para la consolidación de las instituciones del Servicio Exterior Mexicano, gracias a la elevada probidad de sus diplomáticos y en la defensa tanto de un régimen amigo como de sus propios principios diplomáticos, como la no intervención y la libre autodeterminación de los pueblos.

Es un lugar común la afirmación de que mientras Italia y Alemania apoyaron a los sublevados, la Unión Soviética fue la proveedora de la República, omitiendo, o en el mejor de los casos, minimizando la ayuda mexicana bajo el argumento de su insuficiencia material, según los propios informes del gobierno mexicano. Lo cierto es que, además del armamento oficialmente reconocido, los diplomáticos mexicanos, por órdenes del presidente Lázaro Cárdenas, abrieron todos los canales posibles para la compra oficial o clandestina de armas y vehículos para el gobierno legítimo de la República Española, como sucedió, por ejemplo, con los pertrechos de la Guerra del Chaco (conflicto armado entre Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1934); otorgaron asilo en sus representaciones sin distingo de partidos -incluso el mismo futuro almirante Luis Carrero Blanco, número dos del régimen hasta su asesinato en 1973, buscó refugio en la Embajada mexicana-; denunciaron las arbitrariedades e intromisiones, por ejemplo, de Portugal, que permitió el paso por su territorio del armamento y tropas alemanas e italianas en apoyo de los sublevados; hecho advertido por el embajador mexicano Daniel Cosío Villegas, y bloquearon en Latinoamérica la extensión de las condición del Comité de No Intervención, dirigido por Inglaterra y tan perjudicial para el gobierno republicano; gracias a las gestiones de personajes como Luis I. Rodríguez o Gilberto Bosques, rescataron a cerca de treinta mil de refugiados españoles que se encontraban hacinados en condiciones infrahumanas en los campos de concentración del sur de Francia, transportándolos a México e incorporándolos a su vida nacional, los cuales en muchos y encomiables casos entregaron invaluables aportaciones materiales, científicas, artísticas e intelectuales al progreso mexicano. No deben olvidase los cerca de quinientos “Niños de Morelia”, llegados a México para salvarlos de la guerra a iniciativa de la primera dama Doña Amalia Solórzano.

Por estas acciones, a México se le cuestionó tanto desde el exterior como por parte de sus propios sectores reaccionarios, como lo fue la intelectualidad ligada al entonces naciente Partido Acción Nacional y, tristemente, al pintor Gerardo Murillo, “Dr. Atl”, por su solidaridad con la República Española y su negativa a reconocer al régimen de Franco, a lo que Eduardo Hay, Secretario de Relaciones Exteriores del gobierno cardenista respondió:

Indebidamente han censurado a México, porque […] ayudó a la República española con armas y con espíritu de fraternidad oficial. Y digo indebidamente y añadiré que injustamente, porque si México tiene como lema no intervenir […], en la política interna de otros países, no significa eso que no tenga derecho a ayudar a un gobierno legalmente constituido y legalmente reconocido por el gobierno mexicano. Por eso México procedió así, con plena conciencia, no sólo por coincidir con los ideales de la República española, sino también porque consideró una obligación ayudar con todas sus fuerzas a un gobierno al cual había brindado fraternal y sincera amistad.¹

Es justo pues, recordar y reconocer, a ochenta y cinco años del inicio de aquellos acontecimientos, el impecable proceder del general Lázaro Cárdenas en su política exterior, en la solidaridad con la causa republicana española, así como la invaluable aportación del exilio español para la creación y fortalecimiento de las instituciones de la magnitud de El Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica, el enriquecimiento del claustro docente de la Universidad Nacional Autónoma de México, los entonces recién creados Instituto Politécnico Nacional y la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la pujante industria cinematográfica, las artes plásticas y otros tantos numerosos aspectos de la vida profesional que ayudaron a consolidar el México moderno.

¹Pere Foix, Lázaro Cárdenas, Ed. Trillas, México, 1980, pp. 250-251.