Por: Juan Patricio Riveroll (@jpriveroll)

El panorama es claro. Por un lado está el puntero en las encuestas, a quien todo México conoce y sobre quien todos tienen una opinión. Con los reflectores apuntados hacia él por tanto tiempo, su popularidad se mantiene y parece tener el camino despejado hacia la victoria electoral, en gran parte porque su manera de hacer política es distinta a la de quienes nos han gobernado durante tanto tiempo, y que tienen al país hecho una ruina.

Una de las cosas que sabemos, y que hasta el día de hoy es un hecho irrefutable, es que López Obrador no ha robado ni ha hecho negocios a costa del erario. Se dice mucho sobre él: que si es el viejo PRI, que nos regresará al pasado, que si es populista o hasta comunista, opiniones basadas en conceptos armados por la prensa oficialista a lo largo de más de diez años, pero que no dejan de ser opiniones.

La realidad, y a mi juicio la razón por la que permanecerá arriba en las encuestas, es que después de haber sido investigado por todas las instancias gubernamentales y hasta por los nuevos programas de espionaje comprados por el gobierno actual, no le han encontrado un solo vestigio de dinero mal habido. Al ser el principal opositor del régimen durante los últimos sexenios, podemos estar seguros de que no se ha escatimado un solo peso ni un solo recurso en investigarlo. La principal razón por la que AMLO se cuece aparte es su honestidad, sobre todo en cuanto al dinero se refiere. Es un hombre recto. En 2006 eso no era una certeza como lo es ahora.

Por otro lado están sus dos principales contendientes: el polo opuesto. Un Ricardo Anaya que ha amasado una inmensa fortuna de manera inexplicable, y que los recientes escándalos relacionados con una fundación sin fines de lucro y acusaciones de lavado de dinero empiezan a poner en evidencia. Suena a que podrían ser la punta del iceberg, pero aunque solo fuera eso es suficiente para comprobar lo que se sospechaba: su ambición no es solo de poder, sino de dinero, y está dispuesto a doblar o a romper las leyes para ganar más. Si con el poco poder que ha tenido se ha vuelto millonario, no cuesta mucho imaginar lo que haría al llegar al máximo escalafón político.

La manera en la que llegó a ser candidato también da motivos de espanto. Prefirió desmantelar su partido y aliarlo a uno de sus dos enemigos históricos para colarse a un puesto que quizá no le correspondía, traicionando en el camino a todos los que le tendieron una mano en ese vertiginoso ascenso. Se impuso, aliado de una Alejandra Barrales que se parece mucho a él: no le importa doblar leyes por dinero y colarse a los puestos que quiere para ella. Ambos tendrán que vivir con el peso de haber desmantelado dos de los tres partidos más importantes de México, beneficiando en el camino a quien ambos más odian: Andrés Manuel López Obrador. La militancia de Morena gana cada día más adeptos gracias al éxodo que ellos impulsaron.

La designación de José Antonio Meade como el candidato del PRI deja entrever el cinismo y la seguridad que tenía el gobierno de que, sea como sea, ganaría las elecciones, y es importante subrayar el sea como sea, eco del “haiga sido como haiga sido” de Felipe del Sagrado Corazón de Jesús Calderón Hinojosa. Y una vez más se impone el dedazo. No una encuesta o una votación, sino lo que diga el señor presidente, a la antigüita. Ni se preocuparon por hacer siquiera la pantomima de democracia dentro de su partido y de su coalición.

El señor presidente lo eligió como candidato porque es un hombre de su entera confianza, que ha tenido puestos importantes en el gabinete y que por ende está al tanto de todas las tranzas y jugarretas que han hecho los priistas, y para tal caso también los panistas en el sexenio de Calderón, a lo largo de varios años densos en escándalos de corrupción. El reciente caso de desvío de recursos de Sedesol y las ramificaciones de la Estafa Maestra lo bañan directamente en mugre.

Enrique Peña Nieto anuncia a su secretario de hacienda Foto: Moisés Pablo | Cuarto Oscuro

Es difícil no asociarlo con el presidente que ha tenido la más baja popularidad en la historia reciente, y los priistas de hueso colorado no lo ven como uno de los suyos. Es un pésimo candidato. Por eso la decisión de imponerlo me parece una aberrante muestra de cinismo, un mensaje directo a los votantes que decía: “no me importa por quién voten: vamos a ganar, sea como sea“. El plan se les complica más cada día.

El caso del proceso interno de Morena, en el caso de la elección presidencial, es muy diferente. Conocemos de sobra la manera en que nació ese organismo, la continuación de un movimiento popular que tenía y tiene como líder a López Obrador, que rebasó las fronteras del PRD y se independizó para luego volverse partido, sabiendo que si al llegar el momento las condiciones eran propicias, su fundador volvería a correr por la presidencia, y nadie puede negar que las condiciones están más que dadas. Haber hecho una encuesta o una votación hubiera arrojado el mismo resultado, y no creo que haya quien lo dude. En el PRI Meade no hubiera ganado ni de lejos.

Lo que se ha cantado es certero: si para mayo Meade no levanta, y Anaya es la opción que le podría ganar al puntero, la cargada priista se irá con él, en una calca de lo que sucedió en 2006, ahora sumando a los independientes. Pero las cosas han cambiado. La guerra sucia no ha funcionado porque ya la historia de AMLO es parte de la cultura popular, los engaños se tornan evidentes y los opositores quedan exhibidos como lo que son: políticos oportunistas sin otro programa que ganar a toda costa, uniéndose para atacarlo con calumnias y artimañas. Además, los medios tradicionales van perdiendo audiencia, en gran medida por el creciente acceso a los medios alternativos vía internet.

Televisa y TV Azteca, los diarios de mayor circulación y los radio-noticieros ya no son las únicas fuentes de información, y la mayor parte del electorado está cansado de fraudes y mentiras repetidas mil veces. Poco a poco se va dando una consciencia política de masas, en la que cada cuenta de Twitter y de Facebook puede hacer una diferencia microscópica que sumada a otras crece como bola de nieve y se convierte en un muro de contención ante la desinformación de las grandes cadenas y los periodistas encumbrados y pagados por el gobierno, porque aunque algunos no cobren directamente en la Secretaría de Gobernación (muchos sí lo hacen), viven de la millonaria propaganda gubernamental, y harán todo por no perder ese hueso. Dentro de este esquema las noticias falsas y la manipulación de la información de millones de usuarios es un gran peligro, haciendo de la red una arma de doble filo que se debe de saber utilizar, sin embargo creo que la democratización de la información da un saldo más positivo que negativo, como lo atestigua esta campaña.

De Televisa: Emilio Azcárraga Jean y de Tv Azteca: Ricardo Salinas Pliego Foto Notimex

Nadie piensa que López Obrador será el mesías que salvará a México de todo lo que lo aqueja. Eso es sólo otro ataque por parte de los medios oligárquicos para desprestigiar al movimiento. Pero sí es un político diferente. La guerra contra el narco que empezó Calderón, aunque haya sido con buenas intenciones, como no se cansa de afirmar, es obvio que no funcionó: lo que logró fue encender la mecha que ha cobrado cientos de miles de muertos y de desaparecidos. Si tan solo tuviera la decencia de decir que se equivocó, pero no, cree que la guerra debe de seguir, como ha seguido durante este sexenio. López Obrador tomaría otro camino, uno plagado de programas sociales para atacar el problema de raíz, con gasto directo en las comunidades y no tanto en el ejército, sin alimentar con más fuego una lucha que no se puede ganar.

Otra de las vertientes de su gobierno será atacar la corrupción, y solamente alguien como él, con un historial limpio, puede hacerlo. Anaya y Meade lo que buscan es una continuación del modelo imperante, que implica seguir aprovechándose del puesto para sacar ventajas, tanto para ellos como para sus allegados y para quienes los pusieron ahí, como lo han venido haciendo a lo largo de su carrera política. Es una historia que hemos vivido mil veces y de la que ya estamos hartos. Le toca el turno a quien fue un muy buen Jefe de Gobierno de una de las ciudades más grandes del mundo.

He vivido en el DF toda mi vida, y soy testigo del cambio que dio la ciudad durante su sexenio, sobre todo en materia de seguridad, en gran parte gracias al apoyo a los adultos mayores y a las miles de becas para jóvenes. Ebrard siguió los mismos pasos y por alguna razón a Mancera lo rebasó esa tarea. Sabemos que López Obrador fue un gran administrador público, y eso es lo que necesitamos.

El gobierno plural que paulatinamente ha ido anunciando es un signo inequívoco de su voluntad de unir al país y de gobernar para todos. Hay quienes critican tal o cual nombre, pero ahí están desde ahora, como muestra de la transparencia que tendrá su gobierno. En cuanto a las alianzas que a muchos han molestado, después de todos estos años se ha dado cuenta de que no sólo es necesario obtener más votos, sino hacerse del poder, y su manera de hacerlo es arrasar en la elección en vez de hacer trampa, y para ello los aliados son indispensables, pero bajo sus reglas y las reglas del partido. Su ventaja tiene que ser avasalladora para que suelten el poder.

Estamos en una encrucijada histórica que es imprescindible aprovechar. No podemos dejar que otro fraude electoral decida el rumbo de un país que se desangra. Lo único que se pide que el proceso se lleve de una manera limpia y que al final se le conceda el triunfo a quien más votos tenga, que quien gane sea por una cuestión democrática y no por las razones oligárquicas que siempre han imperado. Empecemos a curar este país emitiendo y respetando el voto.

La mayoría de los mexicanos pide un cambio en el gobierno. Ya no es momento del PRIAN. Anaya apoyó casi todas las reformas impulsadas por el PRI, Meade fue una pieza clave en el gobierno de Calderón y participó en el de Fox, en el de Zedillo y tangencialmente hasta en el de Salinas: ambos prianistas de pura cepa. Y tantas reformas no han traído mejoras, pero sí han sido jugosos negocios para todos ellos. Bajo los gobiernos recientes la desigualdad ha crecido, y esa es la receta perfecta para una catástrofe que ya estamos viviendo, pero que tiene el potencial de profundizarse a niveles escalofriantes. Es necesario un gobierno con sentido de responsabilidad social, y las propuestas de López Obrador van por ese camino.