Llevamos ya 6 días en las calles. Desde las primeras protestas por la masacre de Culiacán la gente no ha parado de sumarse a las movilizaciones que exigen un alto a la guerra. La respuesta del presidente Anaya no nos sorprende pero no deja de entristecernos e indignarnos: “enfrentamos un enemigo poderoso, actuaremos con mano dura y haremos valer el estado de derecho ante los criminales y los intentos de desestabilización de los radicales. Quienes se oponen a combatir a los delincuentes son traidores a la Patria y como tal serán juzgados”, ha dicho anoche en cadena nacional vestido de militar y resguardado por miles de elementos del Estado Mayor Presidencial en Campo Marte.

No le bastaron los más de 400 muertos que produjo una noche entera de enfrentamientos entre el Ejército y el Cartel de Sinaloa, la mayoría de ellos jóvenes y civiles que sin deberla ni temerla fueron acribillados y presentados a la opinión pública como parte del crimen organizado, algunos de ellos, dijeron otra vez, estaban “armados hasta los dientes”. La represión de las protestas ha dejado más 15 muertos, 28 compañeras violadas por la policía, más de 500 militantes de distintas organizaciones de oposición desaparecidos y cerca de 1,500 detenidos de manera arbitraria a lo largo y ancho del país. “Es el costo de mantener el orden y la democracia” ha repetido Anaya con la cínica sonrisa y tranquilidad que caracteriza a un psicópata en una entrevista con el diario El País.

Por iniciativa de Felipe Calderón todos los ex presidentes vivos han firmado una carta de apoyo a las medidas autoritarias y las cúpulas empresariales han salido a respaldar la violencia del Estado mexicano. Desde el domingo se decretó el toque de queda que inicia a las 7 de la noche, exactamente a la misma hora que inicia el programa estelar de Televisa. En sus noticieros no han dicho ni una palabra de lo que está pasando aquí, mucho menos de lo que pasa en Ecuador, en Chile o en Haití. Por las redes sociales sabemos que nuestra rebelión contra el neoliberalismo y la guerra es planetaria y que la encabezamos los jóvenes, las mujeres y los indígenas.

La televisión solo calla y cuando habla tergiversa y repite el libreto de Anaya, Piñera y Moreno. Es indignante y humillante la manera en la que hablan de nosotros: los revoltosos, los desocupados, los ninis que lo único que hacen es protestar; ¿y cómo no vamos a levantar la voz si nos están matando, si ya no hay oportunidades, si se redujo el presupuesto a las universidades y a la salud, si nuestros abuelos se mueren de hambre, si el dinero que se pudo haber destinado a programas sociales hoy está todo comprometido en el aeropuerto de Texcoco? ¿Y cómo no vamos a protestar si tenemos amigas y amigos asesinados y otros en la cárcel por oponerse a esta obra faraónica mientras Claudio X. González –enviado especial del Presidente Ricardo Anaya para el comercio y las inversiones– se pasea en foros internacionales en Davos, París, Tokyo y Bruselas hablando de la entrada –ahora sí– de México al primer mundo?

El cacerolazo convocado anoche se ha escuchado fuerte en las principales ciudades del país. Helicópteros han sobrevolado algunos barrios populares en Iztapalapa arrojando cantidades industriales de gas lacrimógeno para intentar apagar la protesta. Hasta esta mañana las redes sociales hablaban de 4 infantes muertos por asfixia. México duele y duele mucho. Yo ya dejé de llorar, ya no puedo hacerlo, mis ojos están secos y tengo que ser fuerte.

Escribo estas líneas antes de salir de casa sin saber a ciencia cierta si voy a volver. Nos queda ya muy poca comida pero confiamos en que la solidaridad de la gente y la organización nos sacarán adelante. Los pueblos de distintas partes de Xochimilco, Tlalpan, Tláhuac y la Magdalena Contreras han organizado comedores populares en la UNAM, el Poli y en la UAM para la resistencia, aunque ayer los militares tomaron el Caso de Santo Tomás y puede que hoy entren a Ciudad Universitaria. Las y los estudiantes de medicina de todo el país están en las zonas de enfrentamientos asistiendo a quienes son heridos por el régimen. Los vecinos y comerciantes del Centro Histórico, hoy convertido en campo de batalla, han organizado escondites en las bodegas y estacionamientos en donde varios compañeros y compañeras han tenido que pasar la noche.

Ayer, mientras resistíamos en la Columna 43 de las barricadas del Eje Central no dejaba de preguntarme: ¿Qué decisión habría tomado López Obrador si no lo hubieran encarcelado y fuera hoy nuestro presidente? ¿Hubiera sido todo distinto, habría él elegido la paz y no la guerra, la vida y no la muerte? ¿Habría cumplido sus promesas de campaña de dar empleo a los jóvenes, de dar pensión a los adultos mayores, de no combatir el fuego con el fuego? ¿Nos habría metido él en esta espiral de violencia y represión?

Me quedé dormido del cansancio unos instantes y soñé que todo era diferente, soñé que lo escuchaba en su conferencia matutina decir que él nunca iba a optar por la guerra. Soñé que los jóvenes estábamos trabajando y estudiando y no en las calles combatiendo las medidas antipopulares de este gobierno. Inmediatamente me despertó el sonido de una ráfaga de disparos. No hay tiempo de soñar, me reproché. Me limpié de la mejilla la última lágrima que recuerdo y volví a la batalla. Ya no podemos soñar, me dije otra vez. Lo único que nos queda hoy es dar la pelea y hacer frente a la barbarie.