Hasta ayer, Donald Trump seguía siendo el presidente de Estados Unidos. Y no sólo eso: era un candidato presidencial que había obtenido más de 69 millones de votos. Se puede estar en contra de él y disentir en todo con lo que dice, pero no se puede negar la realidad.

Las televisoras, cuando estaba hablando Trump, decidieron cortar su discurso. Es decir, dejar de trasmitir su mensaje.

Eso, a todas luces, es un acto de censura.

Pronto, varios “líderes de opinión” de la oposición en México (que están decididamente apoyando a Joe Biden) aplaudieron la medida de censura.

Por ejemplo, el hijo de Enrique Krauze, León, puso en su Twitter que impedir la trasmisión de la conferencia de prensa de Trump fue “una decisión valiente y correcta ante ese torrente de teorías de la conspiración y mentiras desde la Casa Blanca”.

 

Después vinieron las justificaciones de ese acto de censura: la inició Jorge Ramos y pasaron por buena parte de los “intelectuales” conservadores en México.

Su “argumento” fue simple: “No, no es censura, es que lo que dice Trump no nos parece confiable y por eso está muy bien que no se escuche y se le corte”.

La cuestión es que, esos mismos que hoy aplauden con emoción la censura en Estados Unidos, son los que dicen que en México la libertad de expresión está en riesgo, y que los “ataques” provienen de Andrés Manuel López Obrador.

En este tema, esos que se afirman como férreos defensores de la libertad de expresión en México, han mostrado su veta autoritaria y llena de censura.

Uno puede estar en contra de Trump, odiarlo, detestar su racismo y su discurso de supremacía racial. Pero, en un país donde se supone hay libertad, la prensa no lo puede callar. Y menos porque es el presidente de un país, y un candidato que ha sido votado por más de 69 millones de personas.

La defensa de la censura en Estados Unidos muestra el cinismo de esas personas que aquí, en México, donde hay radical libertad de expresión y de prensa, se quejan de que “se sienten atacados” por lo que dicen.

Sí, eso, son unos cínicos.

Cuando hablen de “libre expresión” y se llenen el discurso de “libertad”, habrá que recordarles que ellos aplauden la censura. Que a ellos les emociona. Que les encanta.