Hay que entrar en el corazón de Tepito para poder encontrar lo mejor de la ópera mundial. Escuchar y ver la versión del Don Giovanni de Mozart, puesta en escena por la Royal Opera House de Londres, es un lujo para muy pocos en la Ciudad de México. Sin embargo… A pocas cuadras del Eje 1 Norte, cerca del metro Lagunilla, en la calle de Jesús Carranza, es posible construirse una pequeña colección de ópera y disfrutar de las mejores interpretaciones de los más grandes compositores e interpretes líricos.

En un puesto de películas piratas entre los cientos de Tepito, hay uno muy diferente. No por su aspecto; de hecho se parece exactamente a todos los demás, si no fuera por su oferta, y sus extraños clientes. Llegando al puesto de Pancho el mix de músicas a todo volumen, característico de Tepito, casi no permite platicar con un tono normal. Hay que gritar o esperar los raros momentos de calma. Pancho no es su verdadero nombre, pero me pide que le ponga así en esta nota porque, como todos aquí, vive en un mundo al margen de la legalidad, con la venta de piratería, y no quiere tener problemas.

–Ponme Pancho, ¿no?

–¿Por qué?

–Porque es de Francisco.

–¿Y quién es Francisco? ¿El Papa?

–No. Francisco como François Truffaut.

Truffaut es su director favorito. Pancho vende DVDs y BlueRay. Sentado en un banquito está poniendo los discos en las cajitas azules, después de haber colocado la portada en cada una de las cajitas. Trabaja a velocidad elevada, con mucha precisión, dejando su producto perfectamente empacado. Y mientras empaca me cuenta como empezó a vender ópera en Tepito.

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“Yo llegué a Tepito entre la secundaria y la preparatoria. Uno de mis hermanos ya trabajaba aquí, grabando. En ese entonces se grababa VHS y BETA. En las vacaciones me vine a vender aquí. Trabajábamos en la bodega para un tipo que vendía VHS. Mi papá tenía diez hijos y era el único que trabajaba en casa. Era chofer de esos camiones que había antes de la Ruta 100, les decían “chimecos”. Transportaban la gente de Ecatepec al Distrito. Era difícil para él mantener a diez escuincles. Entonces, aprovechando el tiempo que tenía libre en la escuela, yo venía a Tepito. Pero trabajaba en la bodega, no en el puesto. Los turnos eran de 8 de la mañana a 8 de la noche. Y el otro turno era de 8 de la noche a 8 de la mañana.”

Pancho no siempre ha trabajado en Tepito. Fue obrero en muchas fábricas, empleado en empresas de cable. Se fue dos años de “mojado” a Estados Unidos, a Chicago, pero se regresó.

Siempre te regresas a Tepito—me explica sacando montañas de DVDs de ópera para ponerles sus portadas—. Y te regresas porque te va mejor económicamente, porque en las fábrica te das cuenta que es bien matado el trabajo y es muy poco lo que te pagan. No puedes ni sobrevivir con eso. Con lo que te pagan en las fábricas yo no sé cómo la gente sigue trabajando. Pero sobre todo sabes que lo único que estás haciendo es darle más dinero al güey que tiene más dinero. Y tú, con que te regalen una televisioncita eres bien feliz. Y sigues ahí. Y piensas: “mi patrón es bien chingón porque me regaló mi pantalla”. Con eso te van a apendejar más, vas a estar más dormido, pero no vas a protestar, porque el patrón es bien chido. ¿Cómo se la vas a hacer de jamón si es bien chido? Aquí en Tepito yo creo que a algunos les va mejor que otros, pero la gran mayoría vamos al día. Lo que hacemos es comprarnos entre nosotros, no ir a las grandes tiendas sino ir con el vecino que vende el jabón, el arroz, para que la economía empiece a jalar.

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Se acercan clientes a la reja repleta de títulos de ópera, donde la cara de Luciano Pavarotti interpretando a Rigoletto está a un lado de Placido Domingo disfrazado de Alfredo en La Traviata. No hay una gran variedad, pero la oferta es mucho más de lo que uno esperaría. Pancho sigue empacando y razonando.

—En lugar de enriquecer a un cacique, aquí he tenido muchas satisfacciones no económicas. Ahora si ves cine de arte es también gracias a mi—Pancho fue uno de los pioneros en abrir en Tepito un puesto de lo que se conoce como cine de arte: películas de autores internacionales, que no son productos de la industria del entretenimiento de Hollywood. Autores europeos, asiáticos, latinoamericanos, africanos, independientes, documentalistas. Por supuesto uno de los primeros directores que se podía encontrar en su pequeño puesto hace diez años era al autor de Los 400 golpes, François Truffaut—. Truffaut siempre tiene que estar, aunque no se vendiera yo siempre lo tendría aquí.

Le pregunto por qué la difusión de estas obras, más allá del aspecto económico, es algo tan importante. Pancho se quita la pluma Bic que siempre tiene detrás de su oreja derecha para hacer cuentas.

Siempre he pensado que la gente necesita ver y escuchar otro tipo de cosas. Cosas buenas que nos hemos olvidado de oír. Siempre vemos y escuchamos basura, como esta que estamos escuchando ahora—Desde el puesto de a lado zumban las últimas mezclas de antro de Dj a todo volumen—. Mi idea es que la gente se acerque, vea lo que tengo, que conozca. Yo a mucha gente le digo: mira, primero velo y después me dices si está bien o si está mal. Esto es lo importante para mi, acercarle el buen cine, la buena música a la gente. Y cada disco de los míos, en una tienda oficia, te vale arriba de 300 pesos y aquí te sale en diez.

Pregunto a Pancho qué le aporta a una persona el hecho de ver y escuchar una ópera de Verdi o de Mozart. Él sonríe, como si la respuesta fuera la más obvia del mundo.

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—No sé. A mi me da tranquilidad, me hace estar bien con el mundo, es mi pasión. Esos grandes compositores me inspiran muchas emociones que no es fácil describir. Pero de esto se trata, de generar emociones. Y siento la necesidad de transmitírselas a los demás, que sientan lo bonito que es.

¿Y se puede vivir de esto?, le digo. Su rostro sonriente de repente adquiere una rápida expresión de amargura.

—No, no se vive de esto. Uno lo hace por el gusto, para que la gente lo conozca. Mi historia es muy común, pero desde chico me ha gustado ver y escuchar otro tipo de cosas. El cine de arte me empezó a interesar desde la prepa.

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Almodóvar y el franquista diletante

Egresado de la prepa popular Lázaro Cárdenas del Río, en Ciudad Nezahualcóyotl, Pancho es de Ecatepec. En aquella escuela se acercó a la política a través de la labor social.

—Ahí estudiábamos muchas cosas, conocimos a Marx, a Lenin, al comunismo. Y nuestros profesores nos empujaban a que ayudáramos a la comunidad, como servicio social. Así arreglábamos las banquetas, las calles. Hacíamos política en este sentido y también nos íbamos a las marchas. Recolectábamos despensas y el 10 de mayo las regalábamos a las mamás. El día del niño igual. Tenía yo 18 o 19 años. Me gustaba mucho ayudar a la gente, aprendí mucho. Y ahí empecé a conocer el cine porque los mismos maestros me recomendaban películas, me decían: “ve esto”. Y me empezó a gustar.”

Poco a poco se fue construyendo una pequeña colección personal de casets VHS de películas de “cine de arte”, hasta que alrededor del año 2000 tuvo la oportunidad de abrir un puesto suyo en Tepito. Empezó como todos con el cine comercial, pero tenía la idea, algún día, de vender lo que realmente le gustaba.

Con el paso del tiempo aumentaban los clientes y mejoraban las ganancias, así que intentó traer un poco del cine que él tenía en su colección, para ver si funcionaba. Empezó con una reja completa, unas cincuenta películas: Buñuel, Godard, Truffaut, Fellini, Eisenstein, Bergman. Autores muy conocidos. Poco a poco, Pancho va cambiando el cine comercial que tenía, por el cine independiente, el “cine de arte”. El suyo se transformó tal vez en el primer puesto totalmente dedicado al cine de arte en Tepito.

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—También lo que me ayudó fue que empecé a conocer gente a la que le gusta el cine, que sabe de cine y que tiene sus propias películas. Entonces llegan y te dicen: “oye,  tengo tal película, te la cambio por esta”. Entonces empiezas a cambiar, y a cambiar, y a cambiar, y cuando te das cuenta tienes no una reja, sino una pared completa. Y sigues conociendo gente. Era bien curioso porque llegaban ahí al puesto los clientes y la mayoría se conocían entre sí. A mi me daba mucha satisfacción ver este tipo de cosas.

Pancho recuerda que uno de sus proveedores más importantes fue un español que llegó a México durante el franquismo.

—Tenía una colección impresionante. Como seguido iba a  España,  me traía películas del FNAC*, películas que nadie tenía. Yo la colección de Truffaut, de Godard, de Buñuel ya la tenía, pero gracias a él mi colección se volvió enorme. Un día llegó un operativo y nos quitaron todo. No teníamos respaldo. Él sí, pero tuvimos que volver a empezar. Este señor dice que estudió la secundaria con Pedro Almodóvar ahí en España. Eso dice él. Le gusta el cine, la ópera, todo.

Hoy los  discos de Pancho se venden al mayoreo y al menudeo, con precios que pueden variar de 6 a 10 pesos.

—No puedes vender caro, si no la gente no te compra. La ópera la estoy dejando a 10 pesos pero a mucha gente, a la gente que nomás le alcanza para medio sobrevivir, se las doy más barato. Siempre se ha tachado la piratería de ser mala, porque le quitamos el dinero a los autores, pero nosotros tampoco vivimos como ricos. No nos da para vivir cómodamente, vivimos al día, pero tratamos de ofrecerle otro tipo de cosas a la gente. Así como el cine de arte me gustó a mí, a lo mejor hay gente a la que también le puede gustar, pero no tiene las facilidades que yo tuve.

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¿Qué tipo de gente?

—No sé, a esa gente que siempre está rodeada por lo mismo, pensé que tal vez yo podría darle consejos, recomendarle: mira, ve esta película, está muy buena. Cosas que no estén tan complicadas, porque no le vas a dar de inmediato una película de Ingmar Bergman a alguien acostumbrado a Rápido y furioso. Es mejor poco a poco, porque es algo complicado que se vayan interesando, que no vean solamente la basura que nos están metiendo de Hollywood, esas películas que no nos exigen pensar porque todo nos lo dan masticado para que nos lo traguemos. Es tratar de acercarle a la gente otro tipo de estímulos con los que puedan pensar, analizar, formarse una opinión propia, y luego cada quien decide lo que quiere. No soy un experto tampoco, pero yo tuve unos maestros que me enseñaron a ver ese tipo de cine, y pues es lo que hice.

Mientras estoy preguntando a Pancho si considera su trabajo una forma diferente de acción política, se acerca al puesto un hombre con grandes lentes y empieza a sacar una o más copias por cada título de ópera en el expositor. Se ve satisfecho de haber encontrado este puesto. Le pregunto si es un menudista, que compra para vender o si son para él.

El hombre sonríe al contestar. Dice que es de Guadalajara y cuando viene a México siempre pasa por Tepito a comprar discos y películas. “Pero no soy vendedor, no. Hoy encontré este puesto y es una maravilla” me dice. “Yo compro ópera para mi y para mis amigos. Muchos somos profesores universitarios. Nos juntamos, vemos ópera, platicamos. Es una forma de compartir nuestra pasión, vaya. Antes venía y había otro puesto por aquí, pero no tenía tantos títulos, tanta variedad, y las portadas tan bien hechas como estas. Es muy importante que se venda ópera aquí en Tepito, porque la mayor parte de la gente no la conoce y es maravillosa.” El hombre se va, llevándose 143 DVD en una bolsita de plástico negra, como se acostumbra por acá.

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—Ojalá que todos los clientes fueran como éste –comenta Pancho, reponiendo en el expositor nuevas copias de ópera para remplazar las que ya no están. Lleva con esta nueva mercancía unos seis meses. Toda la ópera que vende aquí la tiene en disco en su casa, algunas las consigue poco a poco, copiándolas de discos originales de amigos y conocidos, otras las baja de internet—. A los que les gusta la ópera ven mi puesto como un oasis en el desierto, se paran y dicen “no manches, espera”. Como este señor. De repente me reclaman que no se ven bien los discos, yo trato de darles lo que yo tengo, y a veces es bajado de internet y no se ve muy bien. Hago lo que puedo, pero hay gente que quiere que se vea como el original y simplemente no se puede. Hay obras que no se encuentran porque las hicieron para la televisión, no existen en formato DVD.

Sin embargo lo más complicado para Pancho son las portadas.

—Me cuesta mucho trabajo sacarlas de internet, estar buscando quiénes son los interpretes, o buscar imágenes que no hay en internet, por ejemplo, encontrar en una revista una fotografía y sobre esa montarle un diseño que ya tienes hecho, y así más o menos armarla, ponerle algo de lo que trata, y que se vea atractivo para la gente. Si vas a hacer algo, haz lo mejor que se pueda. Si no, para qué, qué caso tendría…

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Aparece el monero Rapé 

Apasionado del cine en general, y de las películas de animación, llega otro de sus clientes asiduos, el monero Rafael Pineda, popularmente conocido como Rapé, caricaturista del periódico Milenio y director de la revista El Chamuco. Viendo las dificultades que tiene Pancho para encontrar portadas en internet, Rapé se ofreció para diseñar algunas y mientras compra unos discos así explica su decisión:

—Me parece muy interesante que un vendedor de películas piratas tenga tan buena colección de óperas. Soy un defensor de la auto preparación. De los autodidactas. Don Pancho descubrió la ópera en el camino de la vendimia y, como buen comerciante, aprendió de sus productos. Educó su oído por sí solo de algo que no es sencillo de apreciar cómo es la ópera. Quiero dibujar algunas de las portadas de su colección, porque personalmente me gusta la ópera. Contribuir con mis dibujos a lo que a mí me parece una buena causa cultural en un ambiente que difícilmente se puede intervenir. Poder usar mis dibujos en una galería que se pone y se quita todos los días en un puesto de Tepito me resulta fascinante.

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Después de haberlo pensado un rato, arreglando películas en su puesto, entre un cliente y otro, Pancho finalmente explica de qué forma su trabajo es un trabajo político.

—Lo que pasa es que aquí nos tienen dormidos, entretenidos, viendo la televisión, las telenovelas, el futbol, y las películas del cine comercial que no te aportan nada. Y ahí te tienen, dominado, mansito, y tú no digas nada, no pienses. Sólo tienes que pensar que está bueno el futbol, están buenas las novelas, está bueno el cine para entretenerte, para distraerte, mientras los políticos hacen lo que quieren. Aquí tratamos que la gente, de cierta manera, con la cultura, pueda empezar a pensar de diferente manera. Quieras o no la cultura te despierta, te educa, hace que pienses, que no todo está bien. La mía es una forma social de hacer o de ayudar a que la gente despierte.”

Podría parecer raro que en Tepito, el mercado de la piratería más grande de América Latina, considerado un lugar donde los asaltos son la normalidad y la violencia una regla de vida, se generen posturas criticas y de resistencia cultural. Pancho sin embargo no piensa de la misma forma.

—No, no es raro ver algo como esto aquí en Tepito. Aquí puedes encontrar gente muy mala, pero también muy buena, muy valiente, que hace una labor político-social. Sí tienes que cuidarte, de muchas cosas, pero tampoco tanto. Te hablan de Tepito como de un lugar muy agresivo, donde te asaltan o te matan. Sí puede pasar, pero en todos lados te puede pasar. A la mejor en cualquier esquina te pueden asaltar. No es exclusivo de Tepito. Nomás que a muchos le da miedo.

Hay muchos policías a lo largo de la calle Jesús Carranza, así como en las calles cercanas, que dan una apariencia de seguridad, aunque es frecuente asistir a un asalto, también en pleno día. Lo que para muchos vendedores es un problema son los operativos antipiratas.

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—El tema en Tepito es que cada noche hay operativos. Desde que trabajo aquí, y llevo más de veinte años, nunca ha habido operativos en el día; en la noche llegan las camionetas, se llevan todo, y así. Aquí lo hacen en la noche, se meten a las bodegas. Yo creo que la policía sabe dónde estamos todos. Tienen poder de saber donde estás, quién quema y quien no quema, como te llamas y donde quemas. Seguro saben todo. Lo que pasa es que no les conviene acabar con nosotros. Pues, ¿qué van a hacer con toda esta gente? Tons de repente te llegan a caer los operativos en la noche, se llevan nuestros aparatos, todo lo que tenemos ahí, los discos. No puedes estar cargando todos los días los materiales. Los masters necesariamente los tienes que tener ahí, las maquinas, los reproductores para quemar. No los vas a poder estar cargando. Y si te toca, ni modo, y si no te toca, pues que bueno. Yo antes en el otro puesto tenía una torrecita y cuando acababa los discos ahí quemaba. Pero es muy difícil atender a la gente así.

Ahora son varios los puestos de cine de arte en Tepito, cada uno con su especialización en géneros, títulos y portadas, porque los que atienden cada puesto deciden qué foto y qué gráfica usar para sus portadas. Pancho se siente un pionero y el hecho que aumenten los puestos como el suyo significa que hay un cambio. Él empezó a hacer una cosa que muchos consideraron loca y sin sentido, pero otros vieron que funcionaba y lo imitaron, y así va cambiando el mercado.

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—Como empiezan a ver que sí se puede vender cine de arte, empiezan a ponerlo. Entonces ahora ves que en todos los puestos tienen su sección de cine de arte. Pero en ese tiempo no lo tenía nadie. Y si vas a cualquier puesto de cine comercial y preguntas el nombre de un director, ni saben quien es, y a lo mejor ahí tienen sus películas, pero ni saben quien es, ni las han visto, ni nada. Pero ahí tienen esa mercancía porque alguna gente va a llegar y le va a pedir algún titulo. Tampoco me da coraje eso. Digo: ¡que bueno! A lo mejor no la compran conmigo, pero ven buen cine. Me han dicho que ya también se consigue ópera, donde venden cine de arte, pero unos cuantos títulos, contados. Ahora mi idea es poner ballet, jazz y blues. Conciertos raros, cosas así. De hecho ya tengo unos cuantos títulos de jazz. Todavía estoy trabajando en esto. Más o menos tengo unos seiscientos títulos de todo lo que tengo. Pero este es el plan. Y a ver que pasa.

En el puesto de al lado, que vende ropa, discos, zapatos y accesorios para fumar marihuana, se han agrupado unos quince jóvenes y ahora empieza una sesión de música reggae y dub. Es un mini evento que, me explican, se organiza cada semana, ahí en el puesto. Salir del micro mundo de Tepito y volver a la realidad genera siempre cierto extrañamiento. Que pasará, por supuesto, viendo la versión de la Deutsche Grammophon del Zauberflöte de Mozart.