El carácter nacional del mexicano que imaginaron José Vasconcelos, Samuel Ramos, Jorge Portilla y Octavio Paz fue -nadie lo niega- una elaboración literaria con buenas dosis de especulación histórica, fenomenología e imaginación poética.

Pero la filosofía de Roger Bartra –que alguna vez se autoproclamó pensador de izquierda y criticó la filosofía de Televisa, afirmando que los estereotipos sobre el mexicano difundidos por esta televisora eran un producto de las elites, fruto de su manera de mirar con desprecio la vida campesina, la vida obrera, la existencia de los barrios urbanos– se ha convertido, ya desde hace un par de décadas, en el alegato de un predicador puritano –y trasnochado– que insiste en dibujar “el carácter del mexicano” repitiendo los mismos clichés antediluvianos basados en un psicoanálisis impresionista y vetusto: el héroe agachado, el campesino melancólico, el pueblerino que no sabe qué hacer con su vida una vez expulsado de su Edén autóctono; el del gandalla citadino: lépero, bravucón, naco, resentido, acomplejado, y sentimental, preso de un primitivismo estúpido y sin remedio.

El problema es que cuando se intenta generalizar esta mirada, como si realmente aquellos fueran los rasgos “del mexicano”, lo único que se está haciendo es asimilar, vestidos de charros y chinas poblanas, el desprecio de las elites, como cosa de risa.

Y es que para el investigador emérito de la UNAM –ahora convertido en intelectual del empresariadoser mexicano es una tara; y justo es lo que tenemos que superar y dejar atrás cuanto antes, porque justo eso –”ser mexicano”– nos impide ser modernos.

Y es que la función de los ideólogos como Bartra –que jamás se sienten implicados en lo que dicen– es explicarnos a los mexicanos que somos corruptos, vagos, flojos, fatalistas, improvisados, abusivos, autoritarios, apocados y llorones. Y, claro, estos intelectuales no lo son. Porque los mexicanos son los otros, esos seres primitivos a quienes hace falta modernizar: los salvajes “ante el espejo” que tanto desprecia Bartra.