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Pablo Iglesias. Foto: raimonPS /Flickr

Crónicas

Podemos (o cómo cambiar a un país en dos años) |Crónica

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  • Segunda parte (Leer PARTE I)

VII

Madrid, marzo de 2015. Subí al tercer piso. Me guió Diana, una mujer guatemalteca de cabello negro pintado de rubio. Abrió la puerta del departamento (o piso, como se le suele llamar aquí). Tenía todas la cerraduras echadas: que nadie entrara, o que los que quisieran entrar sin permiso, la tuvieran difícil para abrir.

Adentro, Euri estaba con su hermana, Wendy. Era moreno, de pelo rizado. Hablaba como me supongo hablan buena parte de los dominicanos. La mujer guatemalteca, esposa de Euri, me presentó: “él es reportero y quiere hablar contigo”. Recibí un “hola chico”.

La casa, o el piso, o el departamento (o como se le quiera nombrar) constaba de tres habitaciones, un salón (o sala), una cocina y un baño. Había pocos muebles y se notaba que algo iba a suceder porque las ropas y los artículos que se usan cotidianamente estaban o puestos en bolsa o en lugares cercanos a ponerse rápido en en cajas. Las camas estaban sin sábanas.

Euri miraba la televisión, que en ese momento transmitía una telenovela. Estaba sentado junto al codo de uno de los dos sofás que había en la sala.

Yo había llegado a la calle Alfonso XIII, en el barrio madrileño de Vallecas, a las ocho y media de la mañana. La cita era a las ocho. El motivo: defender a Euri y a Diana de un desahucio programado para las 10 de la mañana.

Me costaba entender a Euri. Hablaba en dominicano: rápido y con un montón de modismos. Además, estaba nervioso. Me dijo que días atrás se habían presentado en la puerta de su casa dos policías anunciándole que lo iban a echar a él y a todos y todo lo que estuviera con él. Que era una orden judicial y que nada se podía hacer.

Euri fue al juzgado y le dijeron que sí, que lo echarían, que ya no viviría donde había vivido los últimos años de su vida. Euri está casado con Diana. Tienen dos niñas, que no están en la casa por que están en la guardería.

La cosas en España no están bien, me cuentan Euri y su hermana, Wendy. Cuando llegó el primero, hace más de ocho años, todo marchaba bien. Había trabajo por donde quiera y se ganaba sus buenos euros que le permitían tener techo, sustento y diversión. Digamos que una vida digna, ésa que en Dominicana suele ser escasa.

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Stop Desahucios. Foto: Daquella manera / Flickr

Stop Desahucios. Foto: Daquella manera / Flickr

Pero en 2010 las cosas se pusieron mal. Él le sabe a la construcción, y fue ese sector el que se vio más afectado por la crisis. Lleva 4 años sin laborar porque no hay trabajo. Su esposa, Diana, todos los días va a un restaurante donde le pagan 800 euros que, para vivir en Madrid, es una bicoca, digamos que algo indigno. Además, la hacen trabajar horas extras y no se las compensan. Si acaso perdiera el trabajo, encontrar otro es complicado. Por eso hay que aguantar las vejaciones y los malos sueldos.

Euri incluso, en la desesperación, me dice: “esto es una mierda”. Me enseña los recibos de la luz, del agua, de todo. No alcanza con los sueldos míseros. Quizá en Dominicana sí, pero acá no. Además, hay que mandar dinero para allá.

Pero lo que tiene más preocupados a la familia conformada por Euri, Diana y las dos niñas (una de diez años y una de año y medio) es que les quieren quitar la casa y no saben qué hacer, porque si se las quitan, a dónde van, con quién van.

Antes de irme, le pregunto a Wendy si vive también ahí. Me indica que no, que ella habita en otra zona y que trabaja, como su cuñada, en eso de restaurantes. Desde hace muchos años está en España y extraña a su hija, que está en República Dominicana. Ahí la cuida su abuela. “Una se acostumbra a todo”, me dice mientras le sale una lágrima de los ojos. Un nada más, que se limpia rápido con el suéter.

Bajo las escaleras.

Son las nueve de la mañana y hace frío. Al menos para alguien que viene de un país tropical. ¿A cuántos grados estaremos?, me pregunto. Yo me imagino que hará un menos 10 porque se me congelan los pies y aunque llevo bufanda y unos guantes y un gorro, sigo sintiendo frío. Aunque me quedo con la duda de eso de que estemos a “menos 10”, especialmente cuando veo a un joven de unos 28 años con playera de manga corta. En fin, la percepción climática depende de cada persona. Horas después me enteraría que estábamos, según informe meteorológico, a 7 grados.

Afuera, miembros de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) tienen una amplificador de sonidos donde se escuchan canciones de ska y de rock. Hay alrededor de 30 personas, y están en la entrada del edificio de departamentos. Saben que pronto vendrán policías a desalojar (desahuciar) a Euri y su familia.

STOP Desahucios. Foto: Adolfo Lujan/Flickr

STOP Desahucios. Foto: Adolfo Lujan/Flickr

Esto de detener desahucios se ha convertido en una estrategia que se planea. Ellos, los de la PAH, saben que vendrán policías, y que se estacionarán cerca, y que habrá una persona que traiga una orden de desalojo, y que ellos, el trabajo de la PAH, es impedirlo. Porque no es justo que se le quite a la gente de sus casas, porque el gobierno debe dar tiempo y posibilidades para que la gente viva dignamente, es decir, para que no habite en la calle.

Son casi las diez de la mañana y no hay policías, ni tampoco han pasado cerrajeros, una señal que indica que ya pronto se acerca un desahucio. En este desalojo hay varias irregularidades, pues la familia a desahuciar no recibió notificación por escrito.

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Pero se espera el desalojo y no se puede dejar a la familia así, a la deriva.

Media hora después, la calle es cerrada por una camioneta de la guardia civil. De ella bajan cinco policías que acompañan a una señora vestida de pantalón negro con suéter negro, muy rubia y muy distinguida. El desalojo pronto iniciará, claro, si las negociaciones no son fructíferas y si se deja la gente.

Después de visualizado los lugares de donde viene la policía (la calle, como fue cerrada, no permite que pasen autos), la gente se atrinchera en la puerta del edificio. Incluso con cadenas. Esto para que sea más complicada la tarea del desahucio. Ganar tiempo. Ganar algo. Es una labor de resistencia, y de decir: “no es justo que nos quiten las casas donde vivimos”.

 Mientras esto sucede, la gente grita: “¡Qué pasa, qué pasa, que no tenemos casa!”, “¡Vecinos, defiendan, desahucian en tu casa!”, “¡Si Bankia es nuestra, sus casas también!”.

El momento del desahucio. Foto: Jorge Gómez Naredo

Policías en el momento del desahucio. Foto: Jorge Gómez Naredo

La negociación se da. De cuatro policías que eran al principio, ahora son más de 12. Todos con toletes, cascos, guantes y pistolas visibles. Desafiantes. Altivos. Vestidos todos con uniformes como recién sacados de la lavandería. Sus rostros, poco amigables.

Tres personas que laboran en la PAH negocian con la enviada del juzgado. El acuerdo: un mes de tiempo para charlar sobre la situación, y ver si se llegan a arreglos legales que impidan el desalojo. Hay aplausos. Baja Euri para firmar algunos papeles. El desahucio se ha detenido.

La calle se despeja, las patrullas se van. Y cuando pasan por donde está la gente que ha impedido el desalojo, aplaude la gente.

En España, cada día, suceden decenas de desahucios. Es uno de los síntomas más brutales de la crisis económica que vive el país ibérico y de la distancia que se ha establecido entre gobernados y gobernantes. Por esto, y por muchas más variantes económicas, la gente está indigna y ha pensado que hay que cambiar algo, que hay que hacer algo.

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Eso es, en parte, Podemos, una agrupación política, pero con base social, que pretende un cambio.

Ciudadanos de la Plataforma de Afectados por la hipoteca. Foto: Fotos de Camisetas de SANTI OCHOA /Flickr

Ciudadanos de la Plataforma de Afectados por la hipoteca. Foto: Fotos de Camisetas de SANTI OCHOA /Flickr

VIII

Los desahucios son, sin duda, lo más simbólico de la crisis española. Gente que había comprado con préstamos bancarios sus casas, de repente, ante el desempleo, o los sueldos que no eran suficientes para pagar la hipoteca, se veían envueltos en grandes deudas. El Estado, y la policía, llegaba y los desalojaba de sus casas. Pero no solamente eso: ya que les quitaba el piso (o el departamento), seguían debiéndolo.

Sí, seguían debiendo.

A la gente que perdía sus casas y continuaba debiendo se le echaba la culpa: es que quisiste vivir más allá de tus posibilidades, es que deseaste ser otra persona que no eres, es que aspiraste a un derecho que ya no es derecho, es decir, el de la vivienda. El Estado, con una estrategia maquiavélica, trataba de hacerle creer a las personas que ellas eran las culpables de su miseria, las únicas culpables.

España basó su crecimiento en la industria de la construcción: miles y miles de casas para que la gente “pudiera vivir” en un lugar, en su propiedad. Por supuesto, los precios no eran los más accesibles. No es que subiera la oferta y bajaran los precios, sino que subió la oferta y los precios también. Ahí alguien se comenzó a hacerse rico. O más rico.

 Miles de españoles se endeudaron de por vida para tener un piso, un piso que en todas partes te prometían, que en todas partes te vendían. Las hipotecas aumentaron: trabajarías con el sudor de tu frente para pagar ese lugar en donde vives, que “ya es tuyo”. Y de repente, el “ya es tuyo” se desdibujó, y quedó el “no es tuyo, y además tienes una deuda”.

La crisis llegó con su cara de maldad. La llamada “burbuja inmobiliaria” se pinchó. Estalló. Se cayó en pedacitos y evidenció toda la mierda que había alrededor de ella. Después de ello vinieron los desalojos: dejar a la gente desahuciada, sin casa y con deuda.

La situación, pues, era complicada: quisiste comprar una casa, pagaste por ella, y después, te quedaste sin trabajo, no pudiste pagar, y ahora te corremos y además, sigue debiendo una casa que jamás va a ser tuya. ¡Vaya atraco!

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Mercedes, integrante de la Plataforma de Afectados contra la Hipoteca (la PAH), me explica en un café del barrio de Vallecas ello y me deja bien en claro algo: “se piensa que los desahucios son exclusivos para personas con pocos recursos, que se han metido en una hipoteca sin saber cómo la van a pagar. Y no es así”.

Acci—n de indignados contra la entidad bancaria que pretende ejecutar el desahucio en General AvilŽs, Valencia. Foto: Marc Sardon /Flickr

Acci—n de indignados contra la entidad bancaria que pretende ejecutar el desahucio en General AvilŽs, Valencia. Foto: Marc Sardon /Flickr

Y es que, el problema del no pago de una hipoteca no es una cuestión de la persona que no quiere pagar, sino es una cuestión “estructural”. ¿Cómo pagar una hipoteca si el país está en crisis? ¿Cómo pagar si no hay trabajo, y los trabajos que hay están mal pagados y no alcanzan para lo mínimo indispensable?

Los bancos, el Estado, las entidades financieras, todos decían que la culpa era de los deudores, que ellos, que querían vivir fuera de sus límites, se habían endeudado por ellos mismos, y que ahora debían pagar las consecuencias. Mucha gente, ante las llamadas del banco, ante los juicios, ante el desempleo y la imposibilidad de pagar, decidieron suicidarse. Un problema de los desahucios.

Por eso la PAH lucha, aún hoy, contra ello. No es un problema de una persona, es un problema estructural. Si uno ingresa a la página de la PAH, encontrará un montón de documentos que pueden ayudar a las personas que están en riesgo de ser desahuciadas.

  La PAH se ha caracterizado por ser una organización que no solamente defiende a las personas cuando ya van a ser desahuciadas (hay muchas que luchan en estas instancias), sino que busca ser una plataforma que entre de lleno en la defensa jurídica. Si quienes van a ser desalojados negocian personalmente con la banca, no se logra lo que se negocia cuando es en colectivo, cuando es mucha la gente. Ésa es una de las virtudes de la PAH y por lo que ha apostado.

 Mercedes, que es de origen venezolana, está convencida que las personas que han sido apoyadas por la PAH deben apoyar a otras que están viviendo procesos de desalojo de sus casas. De ahí se hace la fuerza de la gente. Ahí nace. Y nace para dar pleito a uno de los actos que simbolizan más nítidamente la crisis española.

Pablo Iglesias. Foto: Vicente Nadal - Marketing para Fotógrafos /Flickr

Pablo Iglesias. Foto: Vicente Nadal – Marketing para Fotógrafos /Flickr

IX

La cita era a las siete de la tarde, pero me dijeron que me fuera temprano, porque Pablo Iglesias convocaba a multitudes. Así que me fui con tiempo. Comí algo temprano, y caminé. Había que llegar a uno de los teatros del Círculo de Bellas Artes. Caminé, lo ubiqué, y a media hora antes de las cinco estaba ahí. Ya había cola. No muy grande, pero sí con gente que quería escuchar eso que fuera a decir Pablo Iglesias. Las conté: eran 49 personas haciendo fila a las cinco de la tarde para un evento que comenzaría a las siete. Un frío, no está de más decirlo, que dolía.

Un día antes había sido el debate del estado de la nación, donde Mariano Rajoy había discutido con los líderes de la oposición. Pero, cosas de la vida, la persona que tenía mayor visibilidad en eso de criticar, no estaba dentro del parlamento. Es decir, Pablo Iglesias.

Cuando llegué, me formé. Hacía frío. No tanto como hace dos días, pero sí, frío. Encendí un cigarrillo. Delante de mí, un hombre, alrededor de sesenta años, platica con un hombre de alrededor de 40 años. Hablan, claro está, de política, de cómo el PP y el PSOE han estado jodiendo a España. Entro en la conversación. Me hablan de la crisis, del paro, de eso de querer trabajar y no poder porque no hay lugar dónde laborar.

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El hombre de 60 años, entrado en calvicie, me dice: “jamás había votado, hasta las pasadas elecciones, las europeas, en que lo hice por Podemos”. Y es que, la irrupción de Podemos en el ámbito político fue algo importante: “Ellos, los de Podemos, dicen cosas en las que yo siempre he pensado, en las que yo siempre he creído, y es así cuando me dije: joder, no soy el único loco en este país”.

Los dos hombres me cuentan lo que han vivido: que se han manifestado, que han salido a las calles a exigir algo, que han participado en muchas marchas, y que ahora están en Podemos. Y quieren ver a Pablo Iglesias. Y por eso están ahí, en medio del frío, para esperar dos horas y poder mirar a su líder.

Les cuestiono sobre las diferencias al interior de Podemos, sobre las listas-candidaturas que apoyó Pablo Iglesias, y las que apoyaron los del sector “crítico”. Y me dicen: es que no se trata de que pierda uno o gane otro, se trata de que “nadie pierda. Todos ganamos. Podemos gana”.

Ellos, dos hombres que platican en una fila para ver a Pablo Iglesias, se miran desesperados. Quieren que los que están en el gobierno se vayan ya, de “una puta vez”.

Miembros de Podemos. Foto: Fotos de Camisetas de SANTI OCHOA /Flickr

Miembros de Podemos. Foto: Fotos de Camisetas de SANTI OCHOA /Flickr

Una señora pasa: tiene en su abrigo un pin de Podemos. Llega con otras señoras. Todas superan, según mis cálculos (que nunca han sido muy confiables) los cincuenta años.

Llegan varios señores. Van como en grupo a mirar lo que va a decir Pablo Iglesias. Me cuentan que las cosas en eso de la economía están mal. Antes, ganar mil euros era malo, era cosa de casi pobres. Hoy mil euros es una fortuna. Uno de ellos se queja porque le ofrecen, en un trabajo de más de ocho horas, 680 euros al mes. Y se queja de lo mal pagado, y de que los sindicatos no hagan nada. Y es que “los sindicatos no sirven desde 1989”. Me cuentan que el líder sindical puede ser, cosas de la vida, tu patrón. Eso pasa en España…

Una señora muy indignada dice que Mariano Rajoy vive en “un país de las maravillas”, donde no mira lo que sucede realmente. Otro señor interviene: “Rajoy es un ladrón”. Uno más: “este es el país de las marionetas”.

He pasado más de una hora escuchando a gente que está enojada con el actual sistema de partidos, de gente que se queja de la situación económica, de gente que está hastiada con la “casta”, es decir, con los que gobiernan, pero que no lo hacen para el pueblo, sino para sus propios intereses, o para los intereses de quienes los mandan. Muchas quejas.

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Pero también esperanzas. Especialmente cuando la hora del mitin de Iglesias se acerca, y la gente comienza a gritar: “Se siente, se siente, Pablo presidente”. Yo, con mi cuerpo de hombre tropical, tengo frío. Llevo mi gorro y mi bufanda y dos suéteres. Un señor, a dos metros de mí, le dice a un joven: “ya está comenzando a hacer algo de fresco”. Maldito cuerpo tropical…

La entrada al Teatro ya se dio. Parecería que estamos en un concierto de adolescentes. Solamente faltan los gritos desesperados, porque lo otro es casi igual: algunos corren, o aceleran. Quieren estar en un buen lugar para mirar a Pablo Iglesias. Yo también corro, pero despacio.

Banderas de Podemos. Foto: Esquerda.Net /Flickr

Banderas de Podemos. Foto: Esquerda.Net /Flickr

Me siento en la tercera fila del lado izquierdo. Atrás de mi, siete señoras que pasan, seguramente, los sesenta años, esperan ansiosas a que Pablo Iglesias haga su aparición en el teatro. Un señor, allá por en medio del teatro, levanta la voz y dice: “Hay más gente aquí que en el Congreso ayer”. Una señora, a la cual le entra la duda sobre la apreciación que acaba de hacerse, responde: “Por lo menos más decentes”.

Como ya es costumbre en estas épocas de pantallas por todos lados, la gente mira a su alrededor y mira también lo que le dicen vía Whatsapp, o Facebook, o en Twitter. Muchos desean captar una imagen del acto, e inmediatamente subirla a sus redes sociales. Una pareja que está sentada al lado mío me dice: “nos puedes tomar una foto”. Me levanto. Ella se abraza de él, y él de ella. Ahí, abajo del escenario. Ambos sonríen. Como fondo, un mensaje grande: “Podemos. El otro estado de la nación”.

Cinco minutos después de las siete de la tarde, Pablo Iglesias entra en el teatro. Los fotógrafos clic clic clic clic clic. Hay más de 35 personas que portan cámaras profesionales. También hay un montón de cámaras de televisión. Esto se verá en toda España, no cabe duda. Pablo Iglesias es un personaje público. La gente aplaude. Se desgañita.

Él, Pablo Iglesias, de coleta, pantalón de mezclilla y camisa casual, saluda con la mano izquierda. Aparece en la pantalla un video donde se comienzan a transmitir imágenes de Mariano Rajoy. Las voces son elocuentes: “racista”, “corrupto”, “hijo de puta”, “fuera”, “mentiroso”. Unos chiflan. De repente, alguien recomienda algo a Rajoy: “suicídate”. La gente ríe.

Pablo Iglesias. Foto: marclozanobosch/Flickr

Pablo Iglesias. Foto: marclozanobosch/Flickr

El discurso de Pablo Iglesias es una respuesta a lo que ayer Mariano Rajoy dijo del Estado de la nación. Se dirige a él constantemente: “cuando gobernemos”, “cuando usted esté en la oposición señor Rajoy”. Hay una certeza en Pablo Iglesias de que Podemos ganará, y que el bipartidismo se terminará pronto. Transmite seguridad. “¿Qué haremos señor Rajoy cuando usted esté en la oposición?”

El acto concluye. La gente aplaude. Pablo Iglesias dice: “En este cambio no sobra nadie, vengan de donde vengan”.

Camino hacia la puerta. La gente, mucha, se queda, tratando de saludar a Pablo Iglesias. Tratando de mirarlo un instante aunque sea, de cerca, de bien cerquita.

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Afuera hace frío. Hay camionetas con antenas, que seguramente son de las cadenas de televisión. Veo a las señoras que estaban adentro, y se les mira contentas.

Logotipo de Podemos. Foto: Flickr

Logotipo de Podemos. Foto: Flickr

X

Podemos, o los portavoces de Podemos, han logrado resignificar muchos conceptos que han tenido efecto en actos de campaña. No es algo que se haya dado así nada más, una cuestión de la nada, que fuera surgida como por coincidencia. No, en Podemos, y quienes actualmente son sus portavoces, todo se ha hecho con planeación.

El discurso está bien armado, y es convincente. Y es un discurso, arguyen quienes están en Podemos, que confluye con la realidad. Porque los discursos suelen ser muchas veces cosas etéreas, que no tienen calado en lo que sucede.

La hipótesis de donde parte el discurso es simple: el pacto de 1978, el que se dio cuando se terminó la dictadura franquista, ya no funciona. Está roto. Y por ende, habrá que crear otro algo que le dé sentido a la realidad, y que de paso la explique.

Sobre este respecto, es muy interesante lo que menciona Carolina Bescansa. Ella, en una entrevista, indicó que el pacto se rompió, pero que no había una fuerza política-electoral que recogiera toda la inconformidad que había quedado del rompimiento del pacto. Arguye: “Cuando un discurso ideológico se rompe, pero no se ha construido ningún discurso ideológico alternativo que permita explicar la realidad de manera más o menos articulada, lo que suele ocurrir es que los datos de la opinión pública expresan con mucha nitidez la ruptura, pero aportan otros elementos que son contradictorios”.

Podemos, en este aspecto, vino a llenar un vacío en el discurso ideológico, y a encaminar un descontento generalizado en la sociedad española. Pero lo hizo con la elaboración de un discurso ideológico explicativo, el cual no era algo espontáneo, sino que provino de muchas horas de análisis del grupo que encabeza Pablo Iglesias.

Así pues, en Podemos comenzaron a cambiar las significaciones. No se habló de derechas o de izquierdas, sino de los de arriba y los de abajo, o del 1% versus el 99%. Se revaloraron términos como “patria”, que había sido usado por las derechas más recalcitrantes, y se renovaron en su significado.

Podemos generó también una explosión dentro de las librerías. Foto: Jorge Gómez Naredo

Podemos generó también una explosión dentro de las librerías. Foto: Jorge Gómez Naredo

Quizá el término más llamativo de todo el lenguaje Podemos sea el de “casta”, para referirse a una élite política en contubernio con una élite económica, que de tan juntas ambas, ya ni se distinguen.

Íñigo Errejón, uno de los “fundamentales” de Podemos, en una entrevista, indicó: “lo fundamental está en una práctica que asume que el discurso crea sentido y que con discursos diferentes puedes crear sentidos diferentes que puedan alterar el equilibrio de fuerza tradicional. No es un relato despolitizador que propugna el fin de la ideología, en absoluto. Unas metáforas son sustituidas por otras que tienen mayor carga impugnatoria. La frontera no desaparece, se redibuja”.

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La ecuación es simple: el régimen de la transición de 1978 se vio malgastado, destrozado. Las instituciones que le dieron vida, como fueron los partidos políticos tradicionales, la monarquía y el sistema político entraron en crisis. Es ahí donde Podemos se inserta: en ese momento histórico de crisis de algo viejo, que está ahí, oliendo feo, y de algo nuevo que aún no acaba de nacer, pero que existe, y que no se sabe bien cómo va a nacer, y con qué fuerza.

Eso es, en parte, Podemos.

Pablo Iglesias. Foto: GUE/NGL/Flickr

Pablo Iglesias. Foto: GUE/NGL/Flickr

XI

Son las nueve de la noche. O las diez. No miro el reloj. En la habitación del hostal donde me estoy quedando hay una televisión. En los días que llevo en Madrid no la he encendido. Quizá el primer día: para calar si servía o no. Pero de ahí en más: nada. La televisión española me interesa tanto como la mexicana.

Aunque por lecturas, sé que hay en España una tradición de tertulias, de gente que en las pantallas sale hablando de política. Y no en horarios, digamos, muy muertos (las dos de la mañana de un sábado, como suele ocurrir en México), sino en estelares.

Enciendo el minúsculo televisor que hay en la habitación. Cambio de canales. Hay una serie estadounidense sobre violencia, sobre casos que son complicados de resolver para la policía pero que la policía (es la estadounidense, claro está) siempre resuelve. Lo extraño es que todo está doblado a un español con acento muy español.

No me acostumbro mirar a los actores o actrices estadounidenses diciendo: “coño, que me han robado”, “hostias”, etcétera.

Cambio de canal. Hay varias personas (hombres y mujeres) entorno a una mesa. Hablan de política. Apenas hace unas horas Pablo Iglesias estuvo en un teatro cercano al centro de Madrid y dio una alocución donde se evidenció algo de lo que ha venido diciendo desde hace mucho tiempo: las formas en cómo quiere que se cambie al país.

En la mesa, la gente habla y discute. El tema es el “estado de la nación”. Hacen preguntas tan profundas como: “¿Y quién piensas que ganó ayer el debate?” Dicen que Rajoy, que fue Pedro Sánchez. Algunos hablan de Rosa Díez. El debate del debate, podría llamarse a esa “tertulia”.

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            Hay cortes comerciales. Me entero que hay muchas ofertas en alguna tienda de algún lugar de España. Retornan los “tertulianos” para hablar de lo que está sucediendo, políticamente, en España. Este “bloque” que acaba de iniciar (alrededor de media hora, con solamente una pausa comercial) está destinado a Pablo Iglesias.

            “El señor Pablo Iglesias hoy estuvo…., e imagínense qué dijo”.

La andanada de descalificaciones es verdaderamente atroz. Me entero que el “señor Pablo Iglesias” no sabe “nada”, absolutamente “nada” de economía, que si se hiciera lo que él está planteando, sería un desastre. Que habla sin conocimiento de nada, ni de política económica, ni de leyes ni de sentido común. Y quien lo dice no es cualquier tertuliano, sino el “experto” en temas de economía, un joven de alrededor de 30 años que revisa sus hojas y que sonríe siempre, más cuando menciona “el señor Pablo Iglesias”.

Todo parece un show, una estructura muy bien montada, pues cuando se le da la palabra a este “experto”, todo se quedan callados, y las cámaras los captan con sus rostros atentísimos a lo que el joven experto dice, como si estuviera escuchando al más sabio de los sabios que hubiera nacido en estas tierras.

Las palabras que se menciona en esa pantalla de televisión me estremecen…

Avergüenza que algunos compatriotas haya estado ahí (en Venezuela) asesorando a los auténticos tiranos que están provocando esta miseria en Venezuela.

Podemos está asesorando a todos estos (tiranos de Venezuela).

Han hecho informes (la gente de Podemos) sobre cómo asesorar al gobierno venezolano a la hora de reprimir manifestaciones.

Justifican (quienes integran Podemos) los escuadrones de la muerte de Maduro.

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Lo de Venezuela, pueda, yo no lo digo para dar miedo ni nada, pueda pasar aquí. No pensemos que no pueda pasar aquí. […] En Alemania, cuando llegaron los nazis, empresarios judíos les pagaron, pensando que esta gente reactivaría la economía, pero luego fueron perseguidos brutalmente.

No podemos consentir que Podemos gane, y tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos para evitarlo.

Abro el periódico y la prensa me informa que Podemos es una amenaza para España. Volteo la primera hoja del periódico y la prensa me dice que Podemos ha sido financiado por Venezuela para poner a España dentro del tercer mundo, todo pobre y sin recursos.

Me entretengo ojeando el periódico y la prensa me dice que varios de los líderes de Podemos tienen grande negocios en Venezuela, y que allá, cuando van, viven como reyes, con todos los lujos inimaginables que jamás la mayoría de los españoles podrá tener.

Una reportera que fue despedida hace algunos días del una prestigiosa estación de radio (perteneciente al poderosísimo grupo Prisa) me dice sentada en la barra de un bar que los medios en España está vendidos o hipotecados. Y es que muchos deben a los bancos o a grandes empresarios, y los dueños de los bancos o esos grandes empresarios (que suelen estar muy metidos con los grandes políticos) les dicen qué decir, o qué no decir, o cuándo decirlo, o cuándo callar, o qué callar, o hasta cuándo callar.

Pablo Iglesias. Foto: GUE/NGL/Flickr

Pablo Iglesias. Foto: GUE/NGL/Flickr

XII

Mercedes Pérez González es alcaldesa de Redueña, un poblado de la comunidad de Madrid. Llegó al poder vía el Partido Popular. Un día, digamos que de febrero de 2015, habló ante una reportera, María Isabel Serrano, del diario ABC. Tenía algo importante que decir. Y como la reportera tenía algo importante que escuchar, la escuchó. Dijo la alcaldesa que había sido alumna de Pablo Iglesias, y que éste la había reprobado “por ser correcta en las formas, vestir normal y llevar perlas como adorno”.

La nota apareció en el diario, y se incluyó la fotografía de Mercedes. Su narración es desgarradora: “Yo iba con mis perlitas. Me gustaban pero no eran ostentosas, sino sencillas. Me vestía, y me visto, en Zara, como tantísima gente normal. Bueno, pues no le hacía gracia al señor Iglesias. Yo era de las que no encajaban dentro de su perfil. Me suspendió tres veces”.

Días después, en un programa de televisión, la alcaldesa de Redueña habló con analistas políticos que se interesaron mucho en el tema (seguramente algo vital para España), y descubrieron que Mercedes reprobó el examen y que no se presentó a la revisión, pues sabía que “lo había hecho mal”. Es decir, Pablo Iglesias no la reprobó porque llevaba perlitas y vestía como “gente normal”, sino que la suspendió porque no pasó el examen. Además, fue solamente una vez la que la suspendió, no dos, como se consignó en la nota.

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Desde entonces, a la alcaldesa de Redueña, la joven Mercedes Pérez González, se le conoce como “la perlitas”.

La alcaldesa del Partido Popular denunciando a Pablo Iglesias de Podemos en Televisión.

La alcaldesa del Partido Popular denunciando a Pablo Iglesias de Podemos en Televisión.

Pero eso de mentir y de decir medias verdades, o verdades a medias, o mentiras totales, o titular escandalosamente una información que no es escandalosa, es cosa de todos los días para la prensa española. Por ejemplo. El diario La Razón, en su portada del jueves 26 de febrero, puso la fotografía de un estudiante que murió en una manifestación en Venezuela a manos de un policía (policía que fue apresado) con el siguiente título: “El grupo de ‘Podemos’ en Europa justifica los ‘escuadrones de la muerte’ de Maduro”.

La información no corresponde con lo que se titula, ni con la fotografía, pero eso no vale de mucho. Buena parte de los medios de comunicación en España tienen un objetivo: convencer al mayor número de españoles que Podemos es un partido político que, de ganar, convertirá a España en un país dictatorial, como los que han elegido a gobiernos de izquierda en América Latina.

El diario La Razón, de tendencia conservadora, contra Podemos.

El diario La Razón, de tendencia conservadora, contra Podemos.

No pasa oportunidad en que Podemos no sea un demonio. Otro ejemplo del diario La Razón. Titula una nota: “Nacen los ‘anti-Podemos’”. El primer párrafo de la información, firmada por un tal C. Castro, menciona: “A Podemos y a Pablo Iglesias les ha salido un nuevo enemigo. Y en esta ocasión, no se trata de partidos políticos, sino de personas que saben de primera mano lo que es un régimen bolivariano similar al que querría implantar Podemos en España si lograra alcanzar La Moncloa. Se trata del Movimiento Español Venezolano AntiPodemos (MEVA), una corriente que nace de las redes sociales y fundada por venezolanos residentes en España que quiere manifestarse el próximo domingo 1 de marzo en Madrid para «darle un mensaje a la sociedad española de que este partido político está basado en principios chavistas y que viene financiado por Venezuela”.

El diario La Razón, de tendencia conservadora, contra Podemos.

El diario La Razón, de tendencia conservadora, contra Podemos.

En la televisión, en un “plató”, en una “tertulia”, alguien analiza la situación de Venezuela, y menciona que las cosas están muy mal en ese país (de México y la desgarradora historia de matanzas no se dice nada), y que Podemos, y toda la cúpula de dicho partido, son responsables de lo que haya sucedido, y de lo que suceda.

Un adolescente muere en Venezuela: Pablo Iglesias es culpable, o corresponsable. Maduro se pelea con la oposición: Pablo Iglesias es culpable, o corresponsable. Buena parte de la prensa española se parece, sin duda, a la venezolana, más de lo que Podemos se pueda parecer al chavismo, si es que tiene algo en común.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, observa las intervenciones en la asamblea fundacional del partido, junto a Juan Carlos Monedero, Iñigo Errejón y Carolina Bescansa. Foto: Jairo Vargas Martín/Flickr

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, observa las intervenciones en la asamblea fundacional del partido, junto a Juan Carlos Monedero, Iñigo Errejón y Carolina Bescansa. Foto: Jairo Vargas Martín/Flickr

XIII

El equipo de prensa de Podemos es medio caótico. Uno envía un correo urgente, o relativamente urgente, y contestan tres semanas después, la primera vez, y otra vez contestan un mes y medio después, a ese mismo correo. Así pasa, me imagino, solamente con medios que no tienen como nombre The New York Times o Le Monde, o New Yorker. Digamos que muchos medios de América Latina, para el equipo de prensa de Podemos, son medios de países en desarrollo que no merecen mucha atención. Y más cuando esos medios son pequeñitos, o cuando quien habla es un reportero free lance.

Conseguir una entrevista con Pablo Iglesias es una odisea. Digamos que es el rock star de la política española, y hoy, y la próxima semana, y el próximo mes, tiene agenda llena. Lo mismo sucede con Íñigo Errejón y con Juan Carlos Monedero.

Aunque, se debe decir, los “mandos medios” suelen ser amables.

Cuando me dijeron que podía hablar con una persona de organización de Podemos, me dieron la dirección de sus nuevas oficinas. Princesa número 2, tercera planta. Yo venía de andar platicando con las “bases” de Podemos, con gente que se reunía en cualquier lugar y que en cualquier lugar hablaba de empoderar a la gente. En bares, en pequeñas oficinas, en la calle, en cafés. Se quejaban, esas bases de Podemos, de la distancia que comenzaban a tomar los líderes del partido con respecto a la gente. Era una queja pequeña, pero constante.

El frío había amainado un poco. Ya no estábamos a cero grados, pero había, para mi cuerpo tropicalizado un frío que era frío y punto. Me había llegado una gripe con un dolor de garganta que hacía que mi voz fuera imperceptible. Me costaba trabajo hablar. Caminé por la Gran Vía, avenida que se convierte en Princesa. Ubiqué el número 2. Era un edificio gigantesco con vidrios oscuros. Esperé media hora (había llegado temprano) en un café, y repasé las preguntas que le haría a Sergio Arroyo, quien es parte del equipo de organización de Podemos.

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Preguntas típicas, fáciles, para que se explayara. Y ya después, algunas dudas que me habían surgido, como es la de armonizar un movimiento muy asambleario con la creación de un partido político. Así de simple, y de complejo.

En la entrada, tres elevadores. Todos lujosos, modernos. Aprieto el número tres. Se enciende el botón y asciendo rápidamente. Se abren las puertas del elevador, doy la vuelta y solamente hay una puerta. Y junto a ella, una cuadro donde debo poner una especie de tarjeta para que las puerta se abra, o una huella digital. No tengo tarjeta, y mi teléfono no tiene internet, así que no sé qué debo hacer para ingresar a donde son las oficinas de Podemos. No hay ninguna información sobre si son o no las oficinas que busco ahí. No hay logos. Nada.

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Escucho la puerta de un elevador que se abre, y pasos. Llega un joven. Me dice que busca a una persona de Podemos, y le habla. Dos minutos después, las puertas automatizadas se abren. Es Sergio Arroyo, con quien vengo a hablar. Ingreso a las oficinas de Podemos (las cuales no aparecen en su página web). Me topo con Juan Gil, quien es el encargado de prensa del partido.

Las oficinas están alfombradas y hay muchos cubículos y salas de juntas. Todas con vista a la calle Princesa y a la Plaza de España. Son bonitas, modernas: aquí a cualquier persona le gustaría laborar. Se siente lujo. Poder. No hay mucho equipo de cómputo. Parecería que cada uno de quienes trabajan ahí llevan sus propias computadoras.

Sergio me dice que pase a una oficina. Ahí nos sentamos y comienza la charla. Yo apenas puedo hablar. La garganta me duele y toso constantemente. El escucharlo hablar me sorprende. Me dice las mismas palabras que he escuchado en boca de Pablo Iglesias, son iguales, no varían nada. Ni un ápice: en España hay una casta, y hay que cambiar las cosas de forma inmediata, hay que darle un golpe al tablero. Ya la coordenadas izquierda y derecha no explican mucho, por eso ahora es mejor hablar del 99 % y de los de abajo.

 Me muestra parte del proceso de organización: la forma en cómo se ha usado la tecnología para lograr métodos que antes hubieran sido imposibles. Métodos de elección, de opinión, de saber qué es lo que está pensando la gente de Podemos.

Le menciono, buscando “sacar hebra”, si hay algún tipo de problemas, o de tensiones con los círculos, y él me dice que no, que todo fluye bien, que hay cosas que se complican, opiniones distintas, pero que nada de eso afecta el funcionamiento de Podemos.

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Mientras habla, volteo hacia las ventanas, y veo esa hermosa imagen que es la Plaza de España, la calle Princesa, el inicio de la Gran Vía. Este escenario es muy distinto a la pequeña oficina que está ubicada en el barrio de Lavapiés, donde hay cuatro escritorios gastados, muchas cajas y olor a barrio y a gente.

No hay muchas personas en las oficinas. Se podría decir que están vacías. Pero es la hora de la comida. Sergio me habla de las formas en cómo la gente participa, me explica lo de los círculos, que los hay territoriales y temáticos, y que funcionan bien. Me repite que la casta es mala, y que contra ella va Podemos.

La entrevista es rápida. Me despido. Las oficinas son bonitas. Es lindo caminar encima de una alfombra nueva. Aprieto el botón del elevador, se abren sus puertas, me subo a él. Salgo. Camino unos pasos y volteo: el edificio es imponente, y desde dentro de él su vista preciosa.

Concentración de Podemos en Madrid.

Concentración de Podemos en Madrid.

XIV

Han pasado ya varios meses desde que regresé de Madrid. Fui a buscar a Pablo Iglesias, pensando que todo se reducía a él, a una figura, a unos cuantos liderazgos y a una buena estrategia mediática, pero me encontré con algo mucho más complejo. El 15M, los indignados, gente que participaba por primera vez en política, gente que pensaba que, desde abajo, se podía cambiar arriba.

Ya no tengo frío. Mi país tropical me arropa. A veces salgo con suéter y gorro cuando el termómetro baja de los 18 grados. Dura bien poquito eso. Pronto sale el sol y quema y hay que guardarse todas esas ropas en la mochila o dejarlas en la casa. Me asumo como cuerpo de país ecuatoriano.

Y en España, las cosas han cambiado, pero continúan relativamente igual. Solamente que ahora hay elecciones y parece ser que Podemos puede poder. Los contactos que hice allá, la gente que entrevisté, las personas que integraban los círculos Podemos a los cuales acudía, están llenos de esperanza. Faltan unas horas para las elecciones generales, y hay sonrisas.

Cuando fui allá, había un partido político, que no era nuevo, pero que tenía algo que lo hacía, digamos, una opción. Se llama Ciudadanos. Alguien me dijo que había que tener cuidado de él, pues era una derecha que se presentaba con rostro de juventud, con discurso atractivo y que podía ser la apuesta de muchos para desbancar a Podemos. Y quizá sí lo hizo en un momento, pero las cosas cambian rápido y hay algo que Ciudadanos nunca tuvo: las bases. La gente que se reunía en cualquier lugar, en un departamento, en una oficina, en un bar, y discutía de política y salía de ahí pensando qué podía hacer esa gente para cambiar las cosas, y no solamente salía pensando, sino con encargos, con asignaciones, con ganas de poner al pensamiento en acción.

Cuando hablé en Madrid con el antropólogo español Pedro Tomé, me dijo que el sistema electoral en España era raro, que nada tenía que ver con México. Allá no necesariamente ganaba quien tuviera más votos, sino quien poseyera más diputados.

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Hoy por todos lados hay encuestas. Dicen que quien obtendrá más diputados será el Partido Popular (PP). Y que el segundo lugar está peleado, que puede ser el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que puede que sea Podemos, o que quizá sea Ciudadanos. No hay nada claro. Y menos claridad hay sobre qué decidirán los diputados electos sobre el próximo mandatario español. El PP necesita, para colocar al próximo mandatario, la ayuda del PSOE o de Ciudadanos, o de ambos. Todo está en veremos.

Podemos ha ganado mucho, solo o en alianza se ha hecho de ciudades como Madrid o Barcelona. Eso que ha pasado, es algo que no se veía venir hace tan sólo dos años. En menos de eso, Podemos ha cambiado la matemática política española. Lo que antes parecía imposible (que ganara otro partido que no fuera ni el PP ni el PSOE) era impensable. Hoy es probable.

Recuerdo que cuando regresaba a México, en el aeropuerto de Barajas, una chica de cabello lacio, nariz recta, ojeras que le llenaban casi todo el rostro, y unos ojos que miraban cansados a todas partes, atendía en el escritorio de Iberia. No podía casi hablar. Su voz era gutural. Apenas se podía detener en pie. Se veía fatigada. Digamos que estaba igual que yo: la maldita gripe.

Le dije: “oye, deberías de decirles a tus jefes que te dejen ir a casa a descansar”. Ella me respondió, así, con su voz que de tan queda parecía dulce: “pero si eso les vale a mis jefes”.

Le sonreí. Y sin pensarlo, le dije algo así como “pues habrá que cambiar a esos jefes”. Y de su boca salieron, muy naturales y simples, las siguientes palabras: “sí, lo haremos, verdad que sí podemos”. Me regresé a México sonriendo, con una gripe que me aquejó dos semanas completitas, pero sonriendo.

Quizá un día, en México, eso que está pasando en España, pase aquí, y quizá un día, eso que está pasando en España y que de cierta forma pasó aquí en 2006, ahora sí, quienes se sienten dueños del país, lo respeten. Obedezcan a la gente, al pueblo.

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Jorge Gómez Naredo
Escrito por

Profesor en universidad pública. Fundador, junto con Jaime Avilés y César Huerta, de la Revista Polemón.

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