México ha entrado al comienzo de una crisis social de interesantes dimensiones. Se ha creado una pandemia a escala planetaria. No se salvaron pobres o ricos, cualquiera se encuentra vulnerable frente a dicha enfermedad.

La reacción colectiva no se ha hecho esperar: hemos visto escenas conmovedoras, con vecinos comunicándose con empatía, dispuestos a llevar ánimo a los que viven este encierro contemporáneo; pero al mismo también observamos segmentos de la población que, víctimas de la paranoia, decidieron  terminar con las reservas de papel higiénico y cloro en el supermercado, uniéndose al proceso de acaparamiento y especulación sin considerar, ni por un segundo, a los demás. Escenas que presumen una ética lamentable, es decir, en las que el “sálvese quien pueda” se convierte en una elección racional.

¿Qué tiene este nuevo mundo? La locomotora industrial ya no son los Estados Unidos, sino China, un país gobernado por el partido comunista. La Unión Europea está entrampada en un callejón sin salida, víctima de la mediocridad de rendir culto al que alguna vez fue su vástago, ayer Rey, hoy un lacayo. Y toda América Latina en procesos de cambio, aunada a la emergencia del movimiento feminista internacional, los golpes de Estado, la resistencia popular y un enfrentamiento entre Arabia Saudita y Rusia que está rompiendo el equilibrio enmarcado bajo el pacto de la OPEP+.

Debo decir dos consecuencias al respecto:

1) El petróleo es la palabra prima por excelencia en el sistema capitalista, no se trata de un activo más, sino del GRAN ACTIVO que mueve toda la industria construida durante el siglo XX, por lo cual lo que suceda con su gestión económica impacta a todo el mundo.

2) La OPEP, la organización que determina precios no se trata de “libre competencia” sino de su preciso contrario: el control del precio por parte del acuerdo entre el cartel, así como los carteles de la droga que descabezan ciudadanos persiguiendo la ganancia, los oligopolios y monopolios mundiales funcionan exactamente igual, no les importa condenar regiones completas a la crisis social siempre y cuando no se afecten sus ganancias, en este caso financieras.

En suma, hay suficientes elementos para comprender el tiempo presente como una fuerte crisis civilizatoria, la crisis ecológica se ha tornado de una forma más agresiva, ha sido hasta este momento que hemos sentido un coletazo real de los riesgos que implica seguir acumulando capital por encima de la vida de las personas y del planeta mismo como un ecosistema material. Presenciamos el agotamiento total de una manera de gestionar el mundo.

Estados Unidos ha perdido la unilateraliidad y ahora tiene que compartir el poder. Se ha especulado que el mismísimo Estados Unidos tuvo que sembrar el coronavirus en China frente a su desesperación de no poderle hacer nada con las sanciones económicas a las que está acostumbrado usar como látigo contra sus enemigos políticos. Podemos llamarle conspiración, especulación o una vil mentira, pero si bien no tenemos cómo comprobarlo, es innegable que le ha caído del cielo, que le convenía, que algo así necesitaban para tratar de equilibrar la balanza geopolítica.

El caso es que, así como a inicios del siglo XX se vivió un periodo donde no quedaba claro el tipo de patrón monetario dominante, las guerras no cesaron. Sólo la segunda guerra mundial pudo ejecutar tal fuerza que impuso el dólar, hoy ese acuerdo ha perdido su sustento y legitimidad. El mundo enfrenta una crisis ecológica, social, política, militar y ahora de salud.

Aunque específicamente me gustaría plantear el tipo de crisis financiera que está ocurriendo tras el tapabocas del “sálvese quien pueda”: el patrón financiero es el verdadero infectado, la Bolsa de Valores de los Estados Unidos ha tenido que suspender en varias ocasiones los intercambios por reportar pérdidas inmediatas en picada (es decir, cuando superan el 7% de caída), el sistema se tiene que resetear para evitar un crash. La guerra de precios del petróleo ha llevado al barril de petróleo a su mínimo histórico.

La crisis del coronavirus no sólo es así por la naturaleza del virus, también como otro lado de la moneda, la expresión máxima de la irracionalidad capitalista: cobrar por conservar la vida, no hay camas ni sistemas de salud competentes para enfrentar la pandemia. Esta tormenta civilizatoria ha dejado desnudo el tipo de virus que el capitalismo significa para los cuerpos orgánicos colectivos.

Habremos de tomar con mucha seriedad la densidad histórica que nos toca presenciar para comprender las lecciones y avanzar hacia un nuevo tipo de vida. No hay futuro para nosotras y nosotros si seguimos instalados en el calculo frío y racional de dejar a los otros morirse de hambre.

La pseudo-oposición mexicana, por ejemplo, carroñera y profundamente ignorante, desdeña todos estos procesos y se instala en una actitud infantil y ruin al mismo tiempo: !ya ven! !les dijimos chairos imbéciles, qué bueno que todo se va al carajo! ¡¿no que no?! !Ahí está su mesías!

La pseudo-oposición (porque ni a oposición llega) decide confundir, tergiversar, mentir, festejar por la supuesta *debacle* de un gobierno que no soportan porque no los deja robar.

Frente al tribunal de la historia humana son ustedes unos miserables.