Además del Coronavirus, nos encontramos frente a otro tipo de infección. Aunque es menos visible, sus consecuencias son: irritación, mal humor, enojo, tristeza, desesperanza, estrés e incluso depresión. Este virus social podemos llamarlo contagio emocional.

Esto sucede porque frente a la incertidumbre y las consecuencias negativas que podría generar el Coronavirus, se propicia una situación que favorece los cambios emocionales. Lo cual se radicalizará en la medida en que haya más casos de Covid19 y su letalidad incremente.

Por ejemplo, el miércoles pasado nos enteramos sobre la primera persona muerta por Coronavirus en nuestro país. Aunque este escenario ya estaba previsto –como lo ha informado la Secretaría de Salud–, fue desconcertante saber que esta persona no tenía más de 45 años, no había viajado al extranjero ni conocía a ninguna persona infectada. Es decir, la ruleta rusa de la probabilidad lo contagió en –según se sabe– un concierto en el Palacio de los Deportes.

Esta información provoca que las personas sientan que en cualquier momento se pueden infectar, más aún aquellas que no tienen el privilegio de suspender sus actividades cotidianas porque eso implicaría dejar de llevar comida a sus casas. Esta situación crea emociones entrelazadas, por un lado la frustración de no poder quedarse en casa y por otro lado la tristeza y enojo por saber que la probabilidad de infectarse es mayor.

Pero quienes se quedan en casa también se contagian emocionalmente, la mayoría de estas personas están atadas al celular o la televisión llenándose de información y desinformación sobre el Coronavirus. Exponiéndose a noticias, peleas, odios, tensiones e indirectas que generan diferentes tipos de emociones. Nadie está a salvo. Nos encontramos en un momento excepcional y percibimos que nuestra salud está en riesgo.

A nivel individual estamos en un escenario donde la esperanza en la salvación es socavada por la amenaza de la catástrofe. Esto sucede porque el individualismo hace que entendamos que la esperanza y la salud es responsabilidad del propio individuo.

En palabras del sociólogo Ulrich Beck, el individuo se encuentra en el centro. Es “actor, diseñador, malabarista y director de escena de su propia biografía, identidad, compromisos y convicciones”. Esta visión hace que lo colectivo como forma de generar esperanza quedé relegada. Por eso prevalecen las compras de pánico; dejando vacíos los anaqueles de los supermercados. Sin importar quién es la última persona en la fila.

Finalmente, el contagio emocional es muy potente con el uso de las redes sociales. No importa si nos aislamos o si estamos en cuarentena, nunca antes en la historia estuvimos tan comunicados. Será imposible no contagiarnos por las emociones, pero sí es posible transformarlas y promover la solidaridad, la confianza y la esperanza como medida para enfrentar al Coronavirus. No olvidemos que la salud y el bienestar es responsabilidad colectiva.