A finales del siglo XIX, uno de los padres de la sociología escribió un libro que hasta la fecha sigue siendo vigente. El suicidio, escrito por el sociólogo francés Emil Durkheim, permitió entender que una de las acciones más personales, íntimas e individuales, está asociada a los diferentes tipos de sociedades y no únicamente a factores psicológicos.

Lo mismo sucede con los crímenes, desde una visión sociológica se sostiene que existen factores sociales que actúan sobre las personas que cometen algún crimen. Es decir, la sociedad, pensada como una estructura, permea en la manera en que las personas comprendemos la vida.

De esa manera, lo que ocurrió hace una semana en Torreón es un fenómeno colectivo. Sin embargo, es visto como una situación anómala que los medios de comunicación han buscado comprender desde la psicología.

Esto se debe porque es muy sencillo asociar cualquier acción individual y fuera de la norma, con padecimientos psiquiátricos. Incluso, en sociedades como la mexicana, lo primero que se dice frente a un hecho de esta naturaleza es que eso sólo sucede en Estados Unidos.

El problema de entenderlo como un fenómeno individual y extraordinario es que nadie se hace responsable. No obstante, esto no es tan extraordinario si pensamos en el Niño Sicario, en Juanito Pistolas, o en el Kevin: niños pobres que comenzaron a matar cuando eran niños.

En las dos situaciones, es decir en el caso del niño de Torreón y en los casos de los niños sicarios, el marco sociológico ayuda a comprender que estas situaciones que parecieran ser muy distintas, en realidad no lo son tanto.

Lo que une estos dos casos es que son consecuencia de la violencia estructural que vive el país. No importa si un niño iba en escuela privada y el otro ni siquiera estudiaba, la violencia está presente de manera transversal y está asociada a valores patriarcales.

¿Cuándo se hablará de la ausencia de niñas sicarias o niñas que asesinen a su maestra y compañeros de clase?, ¿cuándo se hablará de la relación que existe entre el caso de Torreón y un país que se convirtió en una gran fosa, en donde la portación de arma es socialmente tolerada y donde los muertos aparecen degollados o descuartizados a la luz del día?

Con esto no quiero decir que el marco para interpretar lo que sucedió en Torreón sea meramente sociológico y que el entorno familiar y los factores psicológicos no tengan capacidad explicativa. El punto es que todos estos factores pudieron abonar, pero la visión sociológica ayuda a comprender que el homicidio y el suicidio se anclan a factores sociales propios de una época y una sociedad.

No olvidemos que este lamentable caso ocurrió en un contexto de violencia. Es decir, un país en llamas que comenzó a incendiarse en una absurda guerra contra el narcotráfico iniciada por Felipe Calderon.