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Opinión

Las redes nos venden; lo mínimo que debemos exigir es libertad de expresión

Si en 2006 hubiéramos tenido Facebook y Twitter, los del PAN no hacen fraude. O si lo hacen, no les alcanza. Hubiera ganado Andrés Manuel López Obrador y hubiéramos evitado la tragedia de Felipe Calderón y su guerra. Y es que, en 2006, vivíamos un cerco informativo: no podíamos comunicarnos como ahora lo hacemos. No teníamos la virilidad de las plataformas de las redes sociales.

Hoy tenemos redes sociales, y en parte el uso que hicimos de estas herramientas posibilitó que derrotáramos a la guerra sucia del PRIAN y fuera más fácil el triunfo de AMLO.

Las redes nos sirven, pero nosotros le servimos más ellas.

Nosotros les damos vida con nuestros contenidos (que la foto que la nota que el poema que el video que…), y ellas, con algoritmos, ordenan nuestros intereses y se los venden al mejor postor.

Es un trato injusto, pero que asumimos porque al final es importante ser escuchado en la atmósfera cibernética. Ellos se hacen ricos, nosotros perdemos el tiempo para también defendemos lo que pensamos y nos divertimos.

Nunca nos pagarán lo que nosotros le damos. Nunca. Trabajamos todos los días para que ellas estén vivas, y nuestro trabajo, además de darles vitalidad y de ser completamente gratuito, les sirve para vendernos.

Eso es un problema, y debe analizarse desde los estados nacionales. Algún día deberá cambiar esta relación tan injusta.

El problema inmediato viene cuando esas redes, que manejan tanta información nuestra, deciden qué es lo que se debe decir y qué no, quién lo debe decir y quién no. Es decir, esas redes, que se aprovechan de nosotros, están convirtiéndose en una especie de inquisición.

Y esta comparación con la inquisición no es tan errada como podría parecer: en realidad podríamos decir que el libro que decidía quién era bruja y quién no, el famoso Malleus Maleficarum, es muy parecido a las “reglas” (o “políticas”) de las redes sociales.

Nunca la humanidad había aspirado a tener tanta libertad de expresión y que ésta tuviera tanta fuerza en su transmisión. Eso es la ventaja de las redes: podemos decir, y nuestro decía puede correr por el ciberespacio a una velocidad nunca vista. Y lo que decimos, puede llegar a muchísima gente. Y asumimos el costo de ello, es decir, que los dueños de las redes vendan nuestra información. El problema es que ahora, además de vendernos, también quieren censurarnos.

Si los dueños de las redes sociales se hicieron millonarios con la información que los usuarios, todos días, producimos, lo mínimo que podemos exigir es libertad de expresión. Y respeto hacia lo que pensamos.

Jorge Gómez Naredo
Escrito por

Profesor en universidad pública. Fundador, junto con Jaime Avilés y César Huerta, de la Revista Polemón.

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