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Crónicas

Las Papatistas: el arte de hacer papas y cambiar el mundo

Por:  Irma Cecilia Medina Villalobos 

24 de agosto de 2016.- Casi son las doce del mediodía y el tren ligero no va nada ligero, siempre a estas horas va muy lleno. Apenitas alcancé a entrar, las puertas se cerraron justo detrás de mí y la incertidumbre de que se me puedan quebrar las papas doradas en el apretujadero me pone de nervios.

Los viernes voy a vender a un edificio del chingado Gobierno del “bienestar”, son las oficinas de la Secretaría de Desarrollo Humano.  Me bajo en la estación del tren en Mezquitán y después tomo el camión del transporte público con la ruta 27.

Para variar el chofer va hecho la mocha; en cuanto me subí al camión arrancó. Voy que caigo y no caigo, con el morral bien pesado y la bolsota de papas. Todos los arrancones, la alta velocidad, los aventones, apretujones y el mal olor a humano son acompañados por una melodía popular, ¡Ando bien pedo, bien loco, cantándole al recuerdo mis penas, pidiendo tu regreso y tus besitos, gritándole al olvido, maldito! Antes de que se termine la rola pido la parada, el camión frena de forma brusca y con el movimiento golpeo a una señora que está sentada junto a la puerta. Ella me voltea a ver con unos ojos matadores: yo sólo le sonrió de vergüenza, a sabiendas de que no tenía la culpa. Me bajo del camión.

Cuando llegué ya me estaban esperando. El vigilante del edificio me dice: “Ándele muchacha, que bueno que llegó, ya la andan buscado todos. No me dejan subir a vender las papas por las oficinas, así que instalo mi changarro en una jardinera que está en la banqueta y subo de piso en piso a avisar que ya llegaron las mejores papas doradas.

Todo el edificio huele a perfume, las personas que trabajan aquí visten de tacuche, todas lucen bien vestidas y peinadas. Aquí la mayoría son licenciados, y los que no, son los lamebotas de los licenciados. “Disculpa, me puedes atender primero, es que son para el licenciado”. Ya nomás pa´que no estén jodiendo se las doy, pero no me gusta que hagan eso, pinche licenciado que venga a formarse, que aquí todos son parejos, como vayan llegando se les va despachando.

También están esos licenciados buena onda, que se quieren dar el taco de chidos con sus empleados (les dice compañeros) y les compra a todos los de la oficina su bolsita de papas. Aunque no me gusta la actitud de esos licenciadillos, debo aceptar que cuando dicen eso, se me iluminan los ojitos pos’acabo más rápido las papas.

Las mujeres muy entaconadas, con bastante maquillaje y múltiples accesorios  elegantes, bajan a “romper la dieta” comprándome unas deliciosas papas. A pesar del estatus que pretenden imitar y de las interminables dietas que se ponen, todos los viernes me compran un chingo de papas. “Es mi último viernes de papas, el lunes comienzo un régimen alimenticio”, es el discurso siempre de una señora que me compra cada viernes. “Yo casi no como estas cosas, la comida chatarra no es sana, tengo fácil más de dos años que no compro, ay pero hoy se me antojaron”. Me extraña mucho ese comentario, si la semana pasada me compró dos bolsas. Pura pose de estas mujeres.

Y se me junta la gente, se hace una fila muy grande, vendo 40 bolsitas de papas en menos de una hora. Doña Rosita tiene unos 50 años, ella dice que los viernes son de pecado: “Ah muchacha, uno que quiere conservar la línea y tu vienes a  ponernos estas tentaciones, así como vamos a bajar de peso, bueno, hoy pecamos, ya mañana nos ponemos otra vez las pilas”. También hay dos mujeres jóvenes muy ¨guapas¨, aunque son flacas, siempre que me compran papas se dicen gordas: “ay, ya venimos de gordas, nos das dos con mucho chile”. Yo no entiendo mucho su lógica, no sabía que solo las gordas comíamos papas.

Hay un joven de unos 30 años, no sé su nombre pero mi mamá le dice El Güero, él es muy presumido, siempre está en su celular y viste según eso muy caro, pero por lo general me pide las papas fiadas, diciendo que en la quincena me las paga: yo nomás me reflexiono en qué momento abrí cuentas de abonos.

Todos mis clientes de los viernes son muy exigentes, quieren todo bien servido, con mucho chile, mucho limón, hasta hay unos que si no llevo salsa maggi no me compran. Siempre les pongo un limón entero pa´que no me pidan más, pues ahorita está re caro, pero luego hay uno que otro ojete que dice: “me pones otro limoncito, ándale aunque me lo cobres”. Pos no es que se los cobre, es que solo traigo un limón pa´cada bolsa, pero eso ellos no lo entienden, como me están pagando piensan que los tengo que servir bien chido. Pero así es la venta y uno que puede hacer.

Hay otra señora joven que es muy amable, a parte de trabajar en la secretaría, también estudia en el mismo centro universitario que yo, donde también vendo mis papas. Cada vez que voy a vender, me platica de los programas que tiene el gobierno para hacer crecer los pequeños negocios: “de verdad mija, usted puede hacer más grande su negocio, imagínese, al rato puede tener una gran empresa de papas, así como las Sabritas. Cómo le explico a ella y a todos que nosotras somos una cooperativa, que luchamos por cambiar nuestras formas de trabajar, que no queremos ser explotadas ni auto-explotarnos, no pretendemos la acumulación de dinero, solo queremos vivir a nuestro tiempo, trabajar para vivir y no vivir para trabajar.

Somos una de tantas familias que viven en los barrios de la ciudad, donde la única forma de sobrevivir es en colectivo. Mi abuela tiene más de 35 años haciendo papas doradas, las dora desde su patio y las vende afuera de su casa, en una mesita que pone en la banqueta. Llegó al barrio de Polanco junto con su familia hace 45 años.

La casa de doña Ángela es grande, de dos pisos y una azotea techada con láminas; en la parte  de abajo hay dos salas amplias que son muy frescas, después está la cocina que tiene una puerta al patio donde tiene muchas macetas, dos jaulas con canarios, una mesa de madera grande y un espacio donde dora sus paspas. Mi mamá, mis hermanas y yo vivimos con ella, en la parte de arriba. Entre mi abuelo y mis tíos construyeron esta casa. Dice mi abuelita que gracias la venta de papas pudo juntar para comprar las vigas y los ladrillos:

Ya cuando todos mis hijos estaban grandes y trabajaban, fue más fácil hacer esta casita, pos me puse a vender papas, con lo que sacaba de la venta compraba la comida, y pos el chivo que me daban los hijos ya lo alzaba, de puros ahorritos hicimos esta casa. Los domingos los levantaba a todos bien tempranito, pa´ que se pusieran a pegar ladrillo, a hacer los cuartos pues.

Ya está clarita la mañana, son como las siete y se escucha caer el agua de la llave, pues doña Ángela está rayando las papas en el lavadero del patio, sus movimientos son lentos pero firmes, su piel tiene surcos que reflejan su avanzada edad, en la espada se le ve una joroba y su pelo aún es gris, sus ojos chiquitos no necesitan lentes pues todavía teje con la luz de la luna. Después de rayar las papas las ponen a remojar unos minutos y luego prende el mechón. A eso de las diez de la mañana ya están las papas doradas, abre la puerta de la calle y saca su mesita; a mediodía ya comienzan a llegar los primeros clientes. Fui testigo del hacer cotidiano de mi abuelita durante toda mi vida, ella me enseñó a dorar papas y desde niña le ayudo a venderlas.

Una vez andábamos cercas de la 8 de julio, tu abuelo y yo, y vimos a un viejillo vendiendo papas, ahí mismo las doraba, no’mbre se le juntaba un gentío y vendía mucho. Entonces llegamos a preguntarle qué en donde compra las papas, eran unas papotas grandotas, y el pinche viejillo nos contestó re feo, nomás nos gritó que en el mercado de abastos. Pos al otro día que vamos tu abuelito y yo a comparar las papas, nos las trajimos en un taxi, cuando llegamos, en chinga tu abuelito afilo su navaja y se puso a pelarlas, yo mientras me fui al mercado a comprar aceite, el rayador y el cazo. El cazo era de esos de lámina, no como el orejón que tenemos ahorita. Ya en el momento de la doradera nos la vimos difícil, pues se nos estaban despedazando, en eso tu abuelo como que se desesperó y me dijo, mejor ponlas en agua un rato y más tarde las doramos, así le hice, las puse a remojar en una tina, y después se doraron bien bonitas, y de ahí ya siempre las ponemos en agua pa´que se les caiga el almidón.  No’mbre en la noche, que se nos vendieron toditas, ya pa´el otro día fuimos por dos arpillas de papa pa´dorar, así se pide, papa pa´dorar. Antes se me vendía mucho, ahorita ya no tanto, pos… más antes cómo no se me iba a vender, si era la única que vendía papas y churritos  en toda la manzana, no… ahorita ya hay un chingo de mesitas.

Desde hace cinco años mi mamá y yo comenzamos a trabajar junto con mi abuelita Ángela, para poder sobrevivir en esta ciudad de engaños, donde cuesta mucho dinero la vida. Recuerdo que cuando salí de la prepa comencé a buscar trabajo, pues tenía que ayudarle a mi jefa con los gastos de la casa,  duré más de un año en el intento de conseguir empleo, pero nada, sólo me topaba con mucha discriminación. Para esos momentos mi mamá, que trabajaba en una fonda, renunció a su trabajo porque su jefe era un cabrón con ella. Entonces entramos en crisis económica y existencial. Un día se me ocurrió llevar a la universidad papas para vender, eran 20 bolsitas que se me terminaron en un ratito, ya después mi jefita me siguió el cuento y también se puso hacer papas doradas.

La mujer que me trajo al mundo se llama Margarita, es una señora joven de 48 años, ella es alta, morena de pelo negro, aunque su cabello ya pinta algunas canas que apenas se le ven, son poquitas arriba de la frente, sus bonitos ojos cafés expresan su especial humildad y sencillez que la definen, sus manos grandes y callosas ya muestras las primeras manchas que vienen con la edad.  Un día la rebeldía le llegó y decidió trabajar por su cuenta:

Ya estaba cansada del Rubén, así se llamaba mi jefe que era el dueño de la fonda donde trabajaba. Ese trabajo era re casando, de siete de la mañana hasta las 7 de la noche, todo el día frente al comal haciendo las comidas y el cabrón del Rubén, que era bien ojete conmigo, nomás se la pasaba gritándome por cualquier cosa. Pos de tanto que cae el agua al cántaro se termina desparramando, y un día que le aviento el mandil en la cara y me largué, le dejé el trabajo parado con un chingo de clientes.

Doña Tita acomoda su mochila con todas las botellas de chile, limones, el cuchillo y el exprimidor, sale de la casa a las 11 de la mañana, para llegar al CUCEI a las doce del día, ahí vende 80 bolsitas. Le compran papas en algunas oficinas y también les vende a los alumnos, aunque  ya van varias veces que la han querido sacar, ella resiste y todos los días inventa algo nuevo para entrar al centro universitario. “Parce que vendo drogas jajajaja….ando en la clandestinidad”.

Nuestras papas doradas son artesanales, pues las elaboramos desde nuestro patio, con nuestras propias manos. Rescatamos la sabiduría de mi abuela para poder reproducir la vida, nos reconocimos en nuestras historias, para hacer una en común y poder construir una vida digna e intentar ser libres. Trabajando juntas pudimos reivindicar nuestro hacer cotidiano para renombrarlo como resistencia, solo así fue posible comenzar a ver cambios en nuestras formas pensarnos y sentirnos.

En el barrio hay muchas historias como la nuestra, historias de familias enteras que migraron del campo en la búsqueda del mentado bienestar, personas excluidas del sistema laboral que encontraron formas alternativas de sobrevivir. Sin querer queriendo hacemos comunidad, sin nombrarnos en revolución o en resistencias, nos desbordamos a las dinámicas de comercio y de consumo de este sistema del capital, hacemos otras a nuestro modo.

Somos las Papatistas, nos quisimos llamar así para seguirle el cotorreo a las y los Zapatistas. Hace unos años viajé a Chiapas para asistir a la escuelita zapatista, esa experiencia me nutrió el alma y me dio la esperanza de un mundo otro posible. Aquí en la ciudad también podemos crear un camino nuevo para huir de toda la maleza que nos achica el alma, al estar viviendo en donde todo nos niega. Tratar de pensar diferente y compartir lo reflexionado a las mujeres de mi familia, sin imponer nada, es algo mucho muy difícil, pues no todas nos vemos igual, no todas nos pensamos oprimidas, aunque somos familia, no siempre congeniamos. Entonces, hacer cooperativa ha sido un reto muy grande. Fue complicado hablarle a mi mamá de cosas que se escapan de su forma de pensar. Por eso, es necesario hablar desde nuestras experiencias y no con conceptos o  rollos feministas que no nos identifican ni se dan a entender.

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Todas las mañanas comienza el trabajo colectivo de Las Papatistas, mi abuelita y mi mamá pelan las papas, yo las rayo, después de un rato comienzo a dorar y mi mamá las empaca, todo desde nuestro patio, donde no sólo trabajamos, también nos conocemos, nos escuchamos, nos miramos y nos reconocemos como mujeres capaces de elegir su destino.

Si ser feminista es curar las heridas que nos deja el vivir en una sociedad machista y patriarcal, donde los estándares de belleza nos matan cada día, entonces si soy feministas, pero si ser feminista es solo reproducir un discurso teórico y académico, pues entonces no soy una feminista.

Nuestra cooperativa familiar de mujeres nos ha traído muchas alegrías, pues vivir a nuestro tiempo nos permite hacer otras actividades que nos hacen felices. Pero también sabemos que dependemos del dinero, y a veces vivir al día no nos permite sustentar algunas necesidades básicas, como la salud. Entonces como dice el Cantinflas “ahí está el detalle”, pues también somos contradicción.

Llego a mi casa como a las nueve de la noche, mi abuelita y mamá siguen vendiendo en la banqueta, afuera de la casa hay un tronco grande que usamos de banquita, ahí me siento junto con ellas a platicarnos el día. “Ay mija, qué bueno que terminaste todas las papas, el día que no las termines, las avientas por un voladero pa´ ver quien las cacha”. Mi abuelita dice cosas muy chistosas. Entonces les empiezo hablar de lo jodido que estamos viviendo y me dice mi mamá:

Ay Ceci, tú crees que no lo sabemos, aunque no estemos tan informadas como tú, sabemos lo chingado que el gobierno nos tiene, pues no ves que lo vivimos diario, ¡te digo! Tu eres una anarquista de la hüevonada mejor ya vete a comer.

Ya nomás suelto la carcajada y me voy. Quizás los cambios no sean pa´mañana, pero después, un día sin pensarlo, ya somos diferentes, poco a poquito vamos limpiando camino.

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