Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

2 de mayo de 2015. Cuando a Olga le dijeron que la ciudad estaba llena de humo porque unas narcos habían quemado varios autos, lo primero que le vino a la mente fue: “Y cómo me voy a regresar a mi casa”. Olga estaba haciendo el “quehacer” en hogar ajeno, y es que a eso se dedica, a empleada doméstica, es decir, barre, trapea, limpia ropas, baños, cocinas, estufas, acomoda, hace que lo sucio desaparezca. Olga vive muy lejos de donde trabaja, y tiene que tomar varios camiones.

Olga salió de donde trabajaba con su sueldo del día y un dinerito de más que le había dado “la señora” de la casa para que, si no había camión, se ayudara con lo del taxi. Olga estuvo esperando cinco, diez, veinte, treinta minutos “la 646”, que es la ruta que circula por toda avenida López Mateos (la cual cruza la ciudad de Guadalajara).

La intención era bajarse en avenida Gobernador Curiel y ahí tomar el macrobús. Pero “la 646” no pasaba. Y no pasó. Olga se puso intranquila. Las calles estaban medio vacías. Los camiones no aparecían. Decidió, como muchos que esperaban el camión con ella, caminar para encontrar aunque fuera una unidad del transporte público que la acercara a su casa. Y es que aunque tenía dinero de más para el taxi, desde donde estaba le hubieran cobrado un dineral.

En avenida López Mateos por fin vio un camión. Pero venía tan lleno que no se detuvo ante las más de veinte personas que esperaban lo mismo que Olga: un algo que las acercara a donde se dirigían. Pasaron tres camiones, igual de llenos, e igual no se pararon.

Por fin Olga pudo abordar un autobús. Era “el 371”. Iba lleno, pero se paró y pudieron ingresar a la unidad del transporte público. Las calles continuaban vacías. Pocos autos. Poca gente caminando. Eso sí, en las paradas de camión, mucha personas.

Olga se bajó en División del Norte. Un camión y llegaba a su casa. Pero ese camión no pasaba, y no pasó. Olga estaba más intranquila. Quería llegar a su casa rápido. Y es que a su hijo un día le salió una cosa rara en el cuello y los médicos le dijeron que era tuberculosis. Ella, desde que le dieron esa noticia, anda como ida, como pensando siempre en qué va a pasar con su hijo. Por eso, el que no hubiera camiones, el que anduviera la ciudad hecha un caos, a Olga la ponía sumamente intranquila. Quería llegar a su casa para mirar a su hijo. Para decirle que lo quería.

Olga no aguantó más. Decidió tomar un taxi. Le cobró sesenta pesos. Diez pesos más de lo que le había dado “la señora de la casa”. Nada más perdió diez pesos de su salario. Llegó a su casa, y abrazó a su hijo. Así recordará Olga el día en que Guadalajara se llenó de narcobloqueos.