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La España que va a las urnas

Por: Pilar Velasco (@Pevelasco)*

23 de mayo 2015.- España es el país de Europa en el que los ciudadanos menos confían en la Unión Europea, en el Parlamento Europeo, en la Comisión Europea y en el Banco Central Europeo. Un país en el que solamente el diez por ciento de la población confía en su gobierno y menos aún en el parlamento nacional y los partidos políticos. Un país en el que una de cada cuatro personas en edad de trabajar está en el paro y en el que la mitad de sus jóvenes no encuentra trabajo. Donde la corrupción es la segunda preocupación después del desempleo y los políticos son el cuarto problema más importante del país, después de la economía.

Desde ahí escribo. Si son capaces de imaginar este contexto, entenderán –las compartan o no– alguna de las reflexiones de estas líneas. La austeridad, como un pesticida que arrasa la plaga de la burbuja, ha devastado el crecimiento español. Y el italiano, el irlandés, el chipriota, el portugués, el griego, y camina impasible por Francia convulsionando el epicentro del Elíseo.

La austeridad, como un potente depresivo, hunde el ánimo del que la padece. En el año 2009, cuando la crisis empezó a sentirse con fuerza, el 43% de los españoles temía caer en la pobreza, una tasa mayor que el 42% que se creía a salvo. En Europa, una de cada cuatro personas temía ser pobre. Hoy, cuando el discurso oficial empieza a hablar de recuperación, el mismo temor alcanza a uno de cada tres europeos. Con esta sensación de abismo en el estómago caminamos en los últimos años.

Si la confianza es el factor más productivo de la industria bancaria, en política es el factor clave sobre el que reposan las democracias. Decía Maquiavelo hace cinco siglos que la clave en política no son las promesas, ni la poesía, ni las buenas palabras, son las garantías. Si los europeos no confían en que la austeridad se aplica para beneficiarlos a largo plazo, si sus gobiernos no pueden garantizar a las familias una mínima protección que les permita mantener las condiciones básicas de vida frente a los recortes, si se aprecia una profunda desigualdad en el reparto de las medidas, entonces, la confianza se rompe, el sistema político para ordenar la convivencia de Europa se fractura y la relación entre votantes y representados se va a pique.

Manifestación en Madrid, España. Foto: Adolfo Lujan/Flickr

Manifestación en Madrid, España. Foto: Adolfo Lujan/Flickr

¿Somos capaces de medir las consecuencias de esta ruptura? Porque el problema no es si hay desafección, sino cuánta puede tolerar una sociedad y qué porcentaje de descontento es capaz de soportar un sistema político.

En mi profesión, cuando los intereses espurios del Gobierno o la oposición entran en una Redacción, el periodismo salta por la ventana. De la misma manera, la democracia de Europa salta por los aires cuando el Banco Central Europeo, el FMI o el ministerio de Finanzas alemán se meten en las urnas ajenas sin necesidad de presentarse a las elecciones. Cuando los votantes carecen de mecanismos de participación para controlar lo que votan; cuando da igual el gobierno elegido porque cumplirá sin preguntar con el mandato de Bruselas; cuando el ciudadano no tiene capacidad de legitimar estas decisiones con mecanismos democráticos, entonces, el juego de la democracia está amañado. Y si fallan las urnas, falla todo lo demás. De eso, sabemos en Europa.

Mientras las instituciones europeas lideradas por Angela Merkel actúan como si la situación estuviera bajo control, los gobiernos de los países miembros temen lo peor. ¿Es posible la integración de la Unión con economías tan dispares? ¿Es capaz Alemania de medir cuánta presión a favor de la austeridad en Francia acabará en la extrema derecha de Marie Le Pen? ¿Les preocupan las próximas elecciones en España? ¿Grecia? ¿Portugal? ¿Y el nuevo escaño nazi alemán del Parlamento Europeo? La aparente tranquilidad de Bruselas se convulsiona política y socialmente bajo la lupa de los países de Europa.

En algún momento tendrá que ceder lo económico en favor de la cohesión, pero, mientras, la antiausteridad ha alumbrado una nueva ideología. Se acabó la izquierda y la derecha, ricos y pobres, norte y sur. La política no es un campo de batalla. Pero tampoco un terreno abonado para el lobbismo de partidos. Hay debates pendientes que predicen una nueva democracia. Nuevos retos. Una nueva cultura de la integración y en la manera de relacionarnos unos con otros. Parafraseando al filósofo mexicano Leonardo da Jandra, nuestra Europa pide a gritos que llegue la siguiente.

Pancarta en una manifestación en España. Foto: Adolfo Lujan/Flickr

Pancarta en una manifestación en España. Foto: Adolfo Lujan/Flickr

Expulsar a los mercados de las urnas

En Europa tenemos tres crisis abiertas: la económica, la política y la cultural. El triángulo perfecto capaz de desatar cualquier tormenta. Llegaron en ese orden y muy probablemente sólo se podrán solventar en sentido contrario. Si algo comparte un gran número de ciudadanos europeos es un cierto hartazgo intelectual y vital. Indignación, cabreo y abatimiento. Una especie de desaliento esperanzador: por un lado, cansancio ante la ineficaz letanía burocrática de las instituciones europeas –incapaces de materializar las respuestas que exige la ciudadanía– y, por otro, la inercia de querer que las cosas vayan a mejor, lo que los optimistas llaman tener expectativas en el día de mañana.

Tres crisis para tres latrocinios. Un alto porcentaje de ciudadanos percibe que la gestión de sus dirigentes ha puesto en jaque su futuro inmediato, otro alto porcentaje de familias teme por la estabilidad de su trabajo y el de sus hijos, y por su jubilación. El malestar es a menudo difícil de frenar y predecir. Es posible que esta palanca humana fuerce a la política en algunos países de Europa. Y la política a la economía. La pregunta sería: ¿De qué lado están ustedes? A estas alturas, esta cuestión sólo admite una respuesta.

Utilizando la máxima liberal por la cual el cliente siempre tiene la razón, el votante europeo lleva tiempo cansado del cliché ‘control del déficit por salud democrática’ y ‘pago de la deuda por calidad de vida’. Si la gente, que es la que legitima a las instituciones y a los gobiernos con su voto, no quiere austeridad, no aceptará mucho tiempo, ni en silencio ni en las urnas, más recortes.

Guardia urbano contra los recortes. Foto: Fotomovimiento/Flickr

Guardia urbano contra los recortes. Foto: Fotomovimiento/Flickr

A tenor de lo que ha ocurrido en los últimos ocho años de crisis, no parece que las consecuencias sociales hayan marcado la agenda de los dirigentes europeos. Pasado este tiempo, el escenario es más cristalino de lo que era entonces. Al eje de la antiausteridad, al que se acusa de moverse en un terreno emocional, demagógico, alejado de la lógica financiera, les asiste precisamente la razón de los números. Y a los baluartes de los recortes les delatan las mismas estadísticas.

Europa no ha construido un relato creíble sobre los beneficios de los recortes sociales para subsanar el déficit presupuestario de cada país, que sí han defendido a ultranza los países más fuertes. Al contrario, la “excesiva austeridad” –como la calificaba The Economist en un reportaje a fondo cuestionando su eficacia– se ha instalado como un acto de fe o un castigo divino, el dogma por el cual supuestamente pagamos los excesos cometidos. No hay relato. No hay literatura que dé sentido a esta década. Y a falta de la palabra, las cifras deberían servir para contrarrestar. Pero tampoco hay números, datos, estadísticas o verdades matemáticas que les den la razón. El plan de rescate no ha funcionado. Y lejos de cualquier autocrítica, los líderes de la UE alineados con Merkel insisten en repetir las mismas fórmulas.

Cierto que había que pinchar las burbujas financieras y sanear las economías del arco mediterráneo, Irlanda y Francia incluidas. Pero detengámonos en el peligro político de fondo, en el rumbo seguido hasta ahora. El sueño europeo o la pesadilla de la deuda. Sea pagable o impagable. ¿Qué puede hacer España con un billón de euros de déficit público acumulado? ¿Y Grecia con la previsión del 180% del PIB hipotecado para 2014? ¿Y Portugal e Italia al 132%?

Manifestantes en España. Foto: Fotomovimiento/Flickr

Manifestantes en España. Foto: Fotomovimiento/Flickr

Estos porcentajes significan que los Estados tendrían que devolver a los acreedores todo lo que producen en un año –sin un solo gasto interno– para pagar la deuda y aún así seguirían debiendo dinero. No hay sueño que valga. ¿Qué podemos hacer? Negarnos en redondo y que paguen hasta el último euro sean cuales sean las consecuencias. O aceptamos la reestructuración de la deuda y damos una segunda oportunidad antes de ver a los países despeñarse al pie de sus balanzas fiscales. Reestructurar la deuda –un término puramente económico– supone en realidad reestructurar la escala de valores.

En un análisis del diario El País, titulado «El largo adiós a la Troika», Charles Wyplosz, del Graduate Institute de Génova, calificaba al triunvirato económico de “desastre” donde los programas se diseñaron para proteger a los países que están bien, no para salvar a los rescatados. Y donde no habrá solución “hasta que los acreedores lleguen a acuerdos con los deudores: hay que acabar con el tabú de las reestructuraciones. Lo contrario es recetar grandes dosis de aspirina cuando hay que ir al quirófano”.

*Periodista radiofónica y escritora española. Egresada de la Universidad Complutense, donde fue alumna de Juan Carlos Monedero, ex número dos de la dirección de Podemos. Hizo estudios de posgrado en Estados Unidos y Rumania. Residió en Serbia. En 2005 publicó el libro “Jóvenes pero suficientemente cabreados” y en 2011 “No nos representan. El manifiesto de los indignados en 25 propuestas”, espléndida crónica de la rebelión juvenil del 15 de mayo de 2011 en la Plaza del Sol. Reside en Madrid

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2 Comentarios

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  1. Pingback: La España que va a las urnas | Polemon | marialulg

  2. Avatar

    LOLI

    24 mayo, 2015 at 7:30 pm

    EXCELENTE ARTÍCULO.

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