En este proceso electoral quedó claro algo: la oposición tuvo una debacle electoral. Nunca en la historia de este país se habían unido los tres partidos “clásicos”, es decir, el PRI, el PAN y el PRD. Hace años eso hubiera sido inimaginable. Pero se aliaron y fueron juntos a muchísimos cargos.

Sin embargo, esa unión no dio lo resultados esperados. La oposición quería arrancarle el control de la Cámara de Diputados a Morena y no pudo. Quería retener varias gobernaturas  y no pudo. Sus grandes triunfos fueron en la Ciudad de México y el Estado de México, y no necesariamente por ellos, sino por las luchas internas de Morena, y varias variables que aún faltan analizar.

Así pues, la oposición está celebrando los resultados de este proceso electoral como si hubiera ganado casi todo, y hubiera arrasado, pero la realidad es muy pero muy distinta.

Los resultados son clarísimos:

Morena, 16 millones 759 mil 917 votos (34.13 por ciento);

el PAN, 8 millones 969 mil 288 (18.26);

el PRI, 8 millones 715 mil 899 (17.75);

el PRD, un millón 792 mil 700 (3.65);

el PVEM, 2 millones 670 mil 977 (5.44);

el PT, un millón 594 mil 828 (3.25),

Movimiento Ciudadano, 3 millones 449 mil 982 (7.03 por ciento).

La oposición del PRIANRD obtuvo casi el 40% de los votos, poco menos que la alianza Morena-PVEM-PT.

Pero la oposición se jugó todo en esa alianza impresentable, y no pudo lograr su objetivo.

Así pues, no fue un triunfo contundente, fue una debacle tremenda. Porque de tener el control de 13 gubernaturas, hoy tendrá el control de una. Eso es una debacle terrible. Y es inobjetable.

Morena, claro está, no puede dormirse en sus laureles. Se hicieron muchas cosas mal. Y es tiempo del diálogo entre sus militantes, y de la apuesta a una unidad donde lo importante sean los ideales de justicia, equidad e igualdad, el proyecto de nación de la 4T, pues, y no los intereses particulares.