Andrés Manuel López Obrador fue, durante los últimos 15 años, el máximo líder opositor en el país. Más allá de él no había una contención ni al PRI ni al PAN, que solían actuar juntos cuando las circunstancias lo ameritaban. Evidentemente había oposición más allá de Andrés Manuel, pero era o pequeña o estaba desestructurada, o era fácilmente comprable, o las tres. Así, quien hoy es presidente de México, fue quien dominó la arena de la crítica, supo reorganizar amplios sectores sociales a partir de las derrotas (fueran éstas legales o no) y fue siempre de la voz fuerte fuera del régimen.

Al convertirse Andrés Manuel López Obrador en Presidente del país, es decir, al pasar de la oposición al gobierno, dejó un hueco enorme: ¿y ahora quién será la oposición?

La pregunta no es ociosa ni absurda: ¿quién es la oposición a Andrés Manuel?

Hay quienes piensan que como Andrés Manuel dominó tanto tiempo ese espacio de la oposición, quienes hoy formalmente ocupan ese espacio están (digamos en términos futbolísticos) “desencanchados”.

Ello, evidentemente, influye: no es lo mismo ser gobierno que ser oposición. Las circunstancias son otras. Pero hay algo más profundo que explica el por qué la oposición, hasta ahora, está “desencanchada”.

Generalmente, cuando se viene una derrota tan fuerte y tan contundente como la que sufrieron el PAN y el PRI, se precisa reflexionar sobre lo que sucedió. ¿Qué pasó? ¿Por qué pasó? Antes que nada, quienes pierden deben reflexionar qué sucedió. Sin dicho análisis no se puede dar el siguiente paso.

Para explicar las derrotas hay veces que los factores son simples. Es decir, son derrotas o victorias relativamente fáciles de comprender. Por ejemplo, en 2006, Andrés Manuel sufrió una “derrota” vía un fraude electoral. La reacción fue inmediata. El análisis fue claro, y quizás se puedan discutir las reacciones, pero el análisis de la derrota y la acción inmediata fueron fundamentales y al final terminaron beneficiando a Andrés Manuel y al movimiento social que de esa “derrota” comenzó a surgir.

Es decir, esa derrota de 2006 conllevó un análisis rápido y una reacción inmediata. Pero no todas las derrotas son así. Más bien pocas con así.

Asamblea de AMLO días después de las elecciones de 2006.

En 2012, Andrés Manuel, en lugar de reaccionar al fraude de Enrique Peña Nieto (porque también hubo fraude en esas elecciones), comprendió la derrota, se la explicó y pronto se despidió del PRD y formó, en un tiempo récord, Morena. A seis años de ello, es evidente que el análisis de AMLO fue clarísimo, y las medidas que se tomaron las adecuadas.

Lo que sucedió en julio de 2018 es un fenómeno muy complejo que no solamente es una cuestión coyuntural, sino de más largo alcance: están las erráticas gestiones del PRI y del PAN, los errores que cometieron, la corrupción que los carcomió, los cambios que vivió la sociedad, e incluso hasta las transformaciones tecnológicas, las prácticas, etcétera.

Es decir, la derrota de los que hoy son la oposición nace de un proceso complejo que precisan un análisis también muy complejo. Y eso no lo han hecho: han actuado de una forma caótica, que los ha empequeñecido aún más.

No entienden que hoy son oposición. No entienden que quien llegó a la presidencia no es un “producto de marketing” sino un líder social, luchador social y buen administrador. No comprenden que la gente ya no se traga las “mentiras” de siempre. No logran captar que las estructuras se están moviendo y transformando, y no solamente las políticas y de poder, sino las sociales, las culturales, las de la gente.

No comprenden ello, no lo analizan, y han reaccionado como si AMLO fuera el mismo opositor de siempre. No le cae en veinte que hoy es el presidente, no “el derrotado”.

Las reacciones de la nueva oposición han sido caóticas. Y lo sigue siendo. Ayer, el diario Reforma dio cuenta de un grupo que se ha reunido para erigirse en un “contrapeso” de AMLO. Lo lidera, según dicho medio, el gobernador de Chihuahua, Javier Corral Jurado.

Portada del diario Reforma, del 23 de febrero de 2019.

Portada del diario Reforma, del 23 de febrero de 2019.

Tan mala estuvo la planeación del “grupo” (que posee tintes conspirativos) que muchos de quienes al principio lo integraban, decidieron deslindarse aduciendo (es claro que con mentiras) que ellos no sabían nada.

La oposición no entiende que el 1 de julio no cambió solamente el gobierno, sino cuestiones más profundas en la gente. No estamos en Venezuela, y parecería que la nueva oposición ven a la oposición de allá como la única forma de actuar, es decir, de forma golpista.

Lo que precisan hacer los de la oposición es dejar de pensar en AMLO (que es una obsesión para ellos) y pensar que su relación con la gente está rota, y que eso sucedió desde hace mucho tiempo. Necesitan pensar que en los últimos años el país ha cambiado de forma enorme, y que ya no hay marcha atrás en ello.

La oposición enfrente tiene a un líder social al cual no se le va a ganar criticándolo tontamente, o diciendo que es autoritario, o afirmando que “todo es una mierda”, o con el miedo. Si no superan su odio a Andrés Manuel, no podrán comenzar a aspiran a ser una oposición viable.

AMLO en Chetumal.

La animadversión que siempre le han tenido a AMLO los nubla, y les impide ver que el actual presidente les está poniendo un (volvemos al lenguaje futbolístico) “baile”. Y ellos ni se dan cuenta.

Y a como van las cosas, así será el resto del sexenio.