Hace mucho que no nos sentíamos orgulloso en materia de política exterior. México, que había sido durante casi todo el siglo XX un país ejemplar, que no se metía con los problemas internos de otros países, que no era injerencista y que trataba dignamente a las demás naciones, comenzó a ser un país de esos que obedecían todo lo que Estados Unidos decretaba.

Dábamos pena.

El caso más emblemático, o al menos el mediáticamente más conocido, fue en 2002, cuando Vicente Fox como presidente de México le dijo al mandatario cubano, Fidel Castro, que acudiera a una cumbre internacional en Monterrey, pero que nada más comiera y se fuera, y que no dijera nada “feo” contra Estados Unidos.

De ahí en adelante, todo fue indignidad con la política exterior de nuestro país.

Si Estados Unidos decía algo, México lo apoyaba. Si Estados Unidos decretaba algo, México lo apoyaba. Si al presidente de Estados Unidos se le ocurría que en un país se “violaban los derechos humanos”, México decía lo mismo.

La política exterior mexicana, en términos generales, se volvió distinta a la que había sido en el siglo pasado. Y ese cambio fue evidente. Nos volvimos más un país “bananero”. De una nación que dictaba cátedra en cómo comportarse ante los poderosos, fuimos los más obedientes.

La mayor degradación de la política exterior sucedió en 2016, cuando con una incapacidad digna del mayor escarnio, el entonces presidente Enrique Peña Nieto invitó a un candidato a la presidencia de Estados Unidos que había mostrado un racismo enorme hacia nosotros como país y como persona. Lo invitó y le dio trato de mandatario a Donald Trump. Sí, a Trump.

Esa incapacidad y torpeza fueron evidentes. Nuestra política exterior daba pena. Vergüenza.

Pero parece ser que eso ya cambió.

Las acciones que hasta ahora han tomado el gobierno de México ante lo que esta sucediendo en Venezuela es para sentirnos orgullosos. Y es que el país no ha reconocido (como lo hizo Estados Unidos y sus países rastreros) a un mandatario que no fue elegido vía los votos y que tomó posesión en una manifestación.

Hoy, Andrés Manuel dijo en su rueda de prensa:

“conozco el artículo 89 de nuestra Constitución, la fracción décima, que establece que en política exterior nos debemos de conducir con los principios de no intervención, de autodeterminación de los pueblos, de solución pacífica de las controversias”.

Por su parte, Marcelo Ebrard, afirmó en esa misma conferencia de prensa:

México no va a acompañar el desconocimiento que, por cierto, lo que pasó ayer es algo que tiene muy pocos precedentes, en cuanto a que se desconozca al gobierno de un país y se reconozca a otra autoridad al mismo tiempo de esa forma. Entonces, México fijó una postura de conformidad con la Constitución. Nosotros no vamos a acompañar ninguna acción de esa naturaleza. Desde luego que nos preocupa la paz, los derechos humanos, las libertades y coincidimos con la organización de las Naciones Unidas, en primer lugar, respecto a que necesitamos hacer esfuerzos para reducir tensiones, evitar un escalamiento que lleve a la violencia y rechazar cualquier tipo de violencia política. También compartimos -y ayer tuvimos conversaciones- con el gobierno del Uruguay, con quienes hemos sostenido posiciones similares en las últimas semanas. Nosotros no estamos buscando otra cosa más que el que se pueda avanzar hacia diálogo y paz. Coincidimos con Uruguay, pero también con otros países del mundo y, sobre todo con la Organización de las Naciones Unidas.

No cabe duda que en el país las cosas están cambiando, y la política exterior no es la excepción. No reconocer el gobierno ilegal en Venezuela, que ha respaldado Estados Unidos y sus obedientes aliados, es una forma de recuperar la esencia de la política exterior mexicana, y también, un claro mensaje hacia el exterior: el gobierno mexicano es fuerte y no se deja intimidar por los países poderosos.

Ésa, sin duda, es la mejor forma de enfrentar a un presidente de Estados Unidos intervencionista, petulante y agresivo.