Es la madrugada del 2 de diciembre de 2018 y en cualquier momento debería salir una crónica de Jaime Avilés. A causa de una vida plena pero también de la perra suerte de descubrir su cáncer en el límite de sus días, él no pudo ir a San Lázaro a ver la realización de una de sus más acariciadas ilusiones, por la que trabajó de forma constante en sus 40 años de trayectoria periodística: la toma de posesión como presidente de México de un representante de la izquierda.

Soy necesariamente reductiva, pues Andrés Manuel López Obrador es mucho más que esto en el diccionario de mi padre: se trata del líder político, el pensador, el buen amigo, con el que coincidió políticamente por más de 20 años y con quien colaboró con tesón en busca de la necesaria regeneración de las estructuras básicas de nuestro país. Lo que más nos duele a muchos que quisimos a Jaime es que se haya perdido este momento de la historia; la sal en la llaga es que además no tendremos su crónica al respecto.

Por la enorme amabilidad de Andrés Manuel y de su esposa Beatriz, el lunes en la tarde recibí un mensaje que me pareció maravilloso. “Soy Laura Nieto, de la oficina del Lic. López Obrador. Me pidió extenderte una atenta invitación para su toma de protesta este 1 de diciembre (…) sabes que queríamos muchísimo a tu papá”. Una vez que obviamente y con júbilo le confirmo mi asistencia, Laurita (de la que mi padre hablaba en continuación) me dice que “al licenciado le va a dar mucho gusto que vayas”.

Desde ese día la semana se ha convertido en un frenesí medianamente superficial de pensar cómo puedo llevar a mi padre conmigo al evento. Mi primera opción, llevar su camiseta preferida del partido comunista, horroriza a mis amigas, quienes me hacen el fashion police hasta que finalmente el viernes tengo vestido pero sobre todo un botón de su revista Polemón, semanario mensual que sale todos los días a veces, y el pin con el moño tricolor que mi amiga Jimena llevó durante todos los días del plantón en Reforma.

Juncia Avilés con el botón de Polemón en el pecho.

La invitación dice que a las 9 de la mañana inicia la sesión del Congreso y, como la turista que en el fondo soy para este evento, calculo que hay que estar en San Lázaro antes, por eso de la registrada, el tráfico y lo que sea que pueda pasar. El del Uber que me lleva al evento me dice dubitativo que me va a llevar hasta donde se pueda, que probablemente haya cierres. Y así es: a la altura del Eje 2, Congreso de la Unión, un policía nos pide que demos la vuelta a menos que tengamos algún pase. Le enseño el tarjetón que venía dentro de la invitación y el poli me indica: “mire, ahí adelante, pasando a los anti-Maduro, gire a la izquierda y enseñe la acreditación para que la dejen acceder al carril confinado”.

Efectivamente, hay un grupo chiquito de manifestantes con una bandera de Venezuela y carteles que señalan a su presidente como dictador. Félix, el chofer, ya está más emocionado conforme vamos avanzando por el eje, del lado de las vallas por el que uno no suele pasar. Estamos en una especie de desfile fantasma privado. Muy pronto llegamos a San Lázaro y, tras un registro veloz, me doy cuenta que llegué al evento con más de una hora de anticipación. A diferencia de mi padre, yo llegué a barrer.

Recinto Legislativo de San Lázaro, antes de la toma de protesta de Andrés Manuel López Obrador como Presidente de México. Foto: Juncia Avilés

Mi papá decía que era importante ser viajero y no turista, así que pienso explorar el lugar en la medida en que mis tacones me lo permitan (no, no suelo llevarlos, así que no, no me lo permitirán demasiado). También pienso que esto me da la oportunidad de hacer lo que la emoción y el nervio no me habían dado chance de hacer en casa: desayunar. Mi primer encuentro con la austeridad republicana es que no ha abierto ninguno de los dos restaurantes que hay en el Congreso; lo bueno es que ofrecen té, agua y café frente al acceso a los palcos. Mi papá sin duda habría encontrado un lugar donde ofrecieran huevos motuleños, pero yo me conformo con las almendras que más tarde Jesusa Rodríguez, flamante senadora interina, compartirá entre los invitados.

Aquí va una confesión: nunca había estado en San Lázaro y no tenía idea de cómo estaba organizada la Sala de Plenos. Por lo mismo, había apostado que tendría un lugar en gayola, desde donde disfrutar discretamente el evento. Hasta había propuesto a mis amigos jugar “Dónde está Wally” versión Juncia. No me esperaba en lo absoluto que al llegar al palco mi lugar estuviera detrás del mismísimo Jeremy Corbyn, líder del Partido Laburista inglés (y que por los tarjetones en cada asiento ahora sé que su segundo nombre es Bernard). A su lado se sentará el señor Reyes Chontal Tuc, con quien Andrés Manuel trabajó hace más de 40 años.

Una fila más adelante están los asientos de Beatriz y Jesús, Andrés, José Ramón y Gonzalo. La cercanía de mi lugar a ellos me recuerda con cariño las múltiples muestras de apoyo durante la enfermedad de mi papá y su asistencia al funeral. En un día cuya significancia ya me tenía al borde de las lágrimas me doy cuenta que el corazón está aún más lleno y que apenas son las 9 de la mañana. Tengo que mesurarme. Doy la vuelta por el recinto: junto a Beatriz está el lugar de Ivanka Trump. De nuevo pienso que tengo que mesurarme. Del otro lado reconozco nombres importantes: Silvio Rodríguez y su esposa, Lorenzo Meyer, Elena Poniatowska, Luis Mandoki. Mi lugar está junto a los Jornaleros: Carmen Lira (quien no asistirá por coordinar la edición triunfal del día siguiente), Carlos Payán, El Fisgón, Pedro Miguel, La Chaneca Maldonado y Guille. He crecido entre ellos y los considero parte de mi familia. Cuando saludo al Fisgón coincidimos en que la única palabra que describe este momento es chingón.

Ivanka Trump, Beatriz Gutiérrez Muller, Jesús Ernesto López Gutiérrez, Andrés Manuel López Beltrán y Jeremy Corbin. Foto: Juncia Avilés

El palco se va llenando mientras Porfirio Muñoz Ledo da inicio a la sesión del Congreso. Son leídos los acuerdos y finalmente le dan la palabra a los representantes de cada partido. El volumen se eleva conforme se multiplican los encuentros. Prácticamente todos aprovechan para tomarse la selfie desde el balcón, con poca importancia a quienes están en la tribuna. Cada tanto un acomodador nos recuerda que estamos en un evento oficial y nos pide que por respeto a los oradores tomemos asiento y guardemos silencio. Volteamos a ver el estrado: “no nos pida que respetemos a Mancera, ese traidor no se merece nada”.

Sin embargo, vamos sentándonos porque en el fondo nadie tiene ganas de discutir en una ocasión tan jubilosa. El contenido de los discursos es monótono y contiene aseveraciones imposibles de compartir, como la apreciación al trabajo de Peña Nieto. La Chaneca además está furiosa por la ignorancia de algunos senadores: “por qué siguen diciéndole presidente, ¡dejó de serlo desde las 12 de la noche!”.

Mientras dice cosas absurdas el del PRI, cuento cuántas mujeres están en letras de oro: en las columnas sólo Margarita Maza y Sor Juana. Arriba en cenefa, Antonia Nava, Leona Vicario, Josefa Ortiz, Mariana del Toro, Carmen Serdán. Todas las esposas con el apellido de su marido: los problemas de la historia de bronce a la que muchos hicieron referencia en los días previos con la presentación de la imagen del nuevo gobierno, no se limitan en la ausencia (ahora de alguna manera reparada con la incorporación de Juana Inés de Asbaje) de una figura femenina entre los héroes de las tres transformaciones previas de México; habría que revisar la tradición que incorpora a los muros de la historia y en dorado a gran parte de las mujeres como propiedad de sus famosos maridos.

La sesión entra en receso hasta la llegada de Andrés Manuel. Algunos mensajes me indican que si se hubiera ido en metro como en 2006 ya habría llegado. Mientras tanto, los diplomáticos entran al palco como a cuentagotas, pero las fotos de grupo y de “fans” se multiplican. Para mi beneplácito son más los que quieren retratarse con Corbyn que con Ivanka. Merece mención especial cuando a un muy serio y apuesto Jueche, de traje y corbata, su hermano Andrés le dice: “mira, ella es Ivanka Trump”. El la mira y hace una cara que pasa del ¡Ah, caray! al ¿Y eso qué?, y que causa júbilo entre los espectadores mientras la saluda sonriente.

Rosa Icela Rodríguez, Rafael Barajas “El Fisgón”, Jeremy Corbyn y Pedro Miguel. Foto: Juncia Avilés

El México de este Congreso es ése que está entre los que van a convertirse en parte de la historia y los que van a aprender a ser oposición, los que van a tomarse la selfie con trajes típicos y gritar “Zapata” en la tribuna y los que quieren rechazar a Maduro pero no a Kushner.

De pronto se escuchan gritos de “Evo, Evo”, cuando éste entra al palco de al lado. Inmediatamente detrás va Felipe VI, a quien nadie le grita. La Chaneca me dice “ve a pedirle su autógrafo”, y yo le contesto “¡qué vamos a estar celebrando a un rey si somos republicanos!”. Me da más gusto que en nuestra sección esté Miguel Ángel Revilla, presidente de la comunidad autónoma de Cantabria, y a quien hace unos días le regalaron el libro de mi papá AMLO: Vida privada de un hombre público. Mi amiga Clara me indica con sorpresa que el único mandatario democrático europeo asistente sea el presidente de Portugal, aunque tiene cierto sentido por la realización del G20 en Argentina. Es una lástima que no se haya quedado allá también Gabriela Michetti, vicepresidenta del país anfitrión, quien sostuvo que “lamentablemente” tenía que asistir a la toma de posesión.

Y de pronto ya es la hora. Lo sabemos por los múltiples gritos de “Presidente, presidente” que llenan el Palacio Legislativo. Nos acercamos lo más posible al borde del palco y lo vemos pasar entre los congresistas. El momento más ansiado de la historia reciente para la izquierda mexicana se está volviendo realidad frente a nuestros ojos pero aún me parece irreal. Es uno de los mejores sueños que he tenido y no me quiero despertar nunca. Varios de los comentarios que he recibido en la última hora han girado en torno a lo increíble que es vivir este instante: “no pensé que me iba a tocar ver este día, nunca pensé que iba a llegar”. Pero está aquí y finalmente no puedo contener las lágrimas.

Andrés Manuel López Obrador recibe la banda presidencial y toma protesta como Presidente de México. Foto: Especial

Es tan imponente lo que está ocurriendo que cuando levanto el celular para tomar una foto de Andrés Manuel recibiendo la banda presidencial descubro que mis manos tiemblan y que no vale la pena mediar la experiencia a través de una pequeña pantalla. A fin de cuentas, a los lados de la tribuna hay decenas de fotógrafos en dos púlpitos, porque en estos tiempos la imagen es el evangelio.

Mientras escucho el discurso me fijo en el bucle de texto que se repite en dos pantallas pequeñas a los lados: “mensaje del presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Andrés Manuel López Obrador”. “Míralo en continuación hasta que te lo creas”, pienso. Voy a necesitar leerlo durante mucho tiempo porque de verdad no siento que me haya caído el veinte de lo magnánimo que es este momento. “Se acabó el presidente de los memes; por fin tenemos presidente”. Nunca me había tocado estar orgullosa de mi mandatario y nada más por el peso y la fuerza de su discurso, éste ya me parece que hace una diferencia abismal con su predecesor. Es, como dice Sebastián Ramírez, uno de los días más felices en la historia de nuestro pueblo.

Es un momento también de reflexión: sobre cómo AMLO se dirige la mayoría del tiempo hacia el lado izquierdo de la sala; sobre lo mucho que le falta a la derecha aprender a ser la oposición que ahora efectivamente es; sobre cuánto daño nos ha hecho el neoliberalismo en México y lo horrorizante que es recordar que el año de inicio de ese sistema económico sea el mismo de mi nacimiento, que nunca he vivido otra opción. Me da gusto pensar que por fin alguien tiene los pantalones de decirle Peña Nieto y a los prianistas el daño que le han causado a la nación.

Andrés Manuel López Obrador toma protesta como Presidente de México. Foto: Especial

Por eso mismo me encabrona cuando empiezo a escuchar desde la derecha de Andrés Manuel que inicia el conteo de los 43. “’No tienen derecho estos cabrones a apropiarse de eso, carajo!”, dice alguien detrás de mi, aunque yo misma lo estoy pensando. Los panistas lo están haciendo por joder, pero la jugada les sale mal porque el presidente se calla y entonces todos continuamos con fuerza el conteo. Es electrizante poder gritar ¡Justicia! en el pleno del Congreso. Noto que varias personas rodean a Ivanka, quien tiene un auricular y a una traductora detrás de ella; no debe ser fácil explicarle Ayotzinapa, por más que luego los memes indiquen que será más difícil traducir “me canso, ganso”.

Otra cosa que se nota en San Lázaro es cuánto nos falta por aprender en diplomacia mundial: ¿a quién si y a quién no le aplaudimos cuando mencionan a los mandatarios presentes? Como ya era obvio el aplausómetro se lo lleva Evo, quien además levanta el puño izquierdo y con él nuestro corazón; también es claro que no voy a celebrar la presencia de Pence (que además de todo es un friki que le dice “Mother” a su esposa), ni la de Iván Duque, ni la de Orlando Hernández. De hecho, es un gran detalle que esté entre los presentes Manuel Zelaya. ¿Pero y todos los demás? Cuando AMLO menciona a Maduro ya los prianistas están desplegando la segunda manta que dice que no es bienvenido, pero en todos los palcos volteamos de un lado para otro tratando de descifrar si vino o no.

Resulta medianamente obvio pensar en un acuerdo para que fuera directamente a la recepción en Palacio Nacional y no robarle el foco al presidente, pero la bancada opositora no recibió ese memorándum. Es igualmente curioso ver a una congresista lanzarse contra la manta con un chal blanco y tratar de tapar el sol con un dedo, o lo que es lo mismo convertirse en el meme del meme de la señora que tapa el cartel con su chamarra. En todo caso, hay ahí un aprendizaje pendiente, pues este país que lleva en el nombre la palabra ombligo la tiene también en su política.

Los panistas intentan colocar una manta en contra el Presidente de Venezuela Nicolás Maduro. Foto: Juncia Avilés

Lo que queda claro en el Palacio Legislativo es que nos encontramos con un mandatario diferente: que sabe de historia y nunca duda en compartirla (en este caso es sobre las asonadas militares, y la última en 1939 de la mano del general Cedillo); un presidente que se atreve a señalar la hipocresía de quienes hicieron las reformas estructurales pero gritan por el aumento a la gasolina; una persona con la suficiente humildad para escuchar a los que se le acercan y para no tenerle miedo al pueblo que va a gobernar. Una imagen que sintetiza perfectamente el cambio de régimen es la contraposición del carro blindado con efectivos del Estado Mayor Presidencial acompañando a Peña Nieto al interior del recinto y la magra escolta que lleva a Andrés Manuel a su WV sedán camino a Palacio Nacional. Y, por supuesto, la mención (que para los que estábamos dentro de San Lázaro era novedosa) de que durante el camino al Congreso un ciclista se le había acercado para indicar la que será mi frase favorita del discurso: “tú no tienes derecho a fallarnos, me dijo, y ese es el compromiso”. Si estuviéramos en la Plaza México, habría gritado “cierra la boca, Peña Nieto”.

Es un discurso largo, lleno de propuestas y responsabilidades que, como él mismo dice, empeñan su honor y su palabra. A mí me parece redondo y muy claro: “acepto el reto”. Una vez terminado, mientras noto el remolino de personas que lo llevan como corriente hacia la salida del recinto (y trato de averiguar de qué manera podré hacer yo lo mismo, con todas las estaciones del metro cercanas cerradas), empiezo a ver las imágenes que ya tienen a la #TomaDePosesión como TT mundial.

Salida de Andrés Manuel López Obrador de San Lázaro. Foto: Juncia Avilés

Hay una realidad alterna en la que el cadete es la sensación (para los invitados estaba demasiado lejos) y se suceden ejemplos de lo diferente que es este día a otros 1 de diciembre. Es especialmente llamativa para mí la contraposición a la protesta del “Presidente” hace 6 años, realizada entre gases lacrimógenos y balas de goma, una de las cuales mató al maestro Francisco Kuykendall después de dejarlo en coma por más de un año. Al contrario, hay una multitud de personas que celebró el paso del presidente y que ya lo espera en el Zócalo.

Ahí ocurrirá otro gran evento, al cual asistiré a lo lejos, rodeada de amigos y familiares. De este mi papá tendría mucho más qué decir, pues está completamente impregnado de 2006: de la campaña, del plantón, de la ceremonia del gobierno legítimo. Jesusa Rodríguez será la maestra de ceremonias; Regina Orozco y Eugenia León cantarán el himno nacional, en compañía de gran parte de los que conformaron entonces la Resistencia Pacífica. Esos meses, en esa compañía, pese a lo miserable que fue vivir el fraude, fueron probablemente de los más felices en la vida de mi papá. Desde entonces, cada vez que nuestro bando ganaba algo, él decía “este es otro triunfo de la resistencia”. Pues bien, anotemos el más grande a la cuenta. Lo logramos, papá.