Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

12 de junio de 2018. El tercer debate presidencial no moverá nada: ni las ganas de la gente de votar por Andrés Manuel López Obrador, ni el lodazal en el que está metido Ricardo Anaya, ni la incapacidad de José Antonio Meade para convencer a la gente que él no es del PRI y que él, a pesar de haber participado en el dos últimos gobiernos, no tiene culpa del desastre de país que tenemos.

Ricardo Anaya fue a lo que se sabía que iba a ir: a relacionar a Andrés Manuel López Obrador con el PRI. Es un absurdo, sí, pero sus costosos asesores a eso le apuestan. ¿López Obrador, el máximo opositor del país en los últimos 18 años, unido con el PRI? Es sin duda un argumento de risa, pero a eso le apuestan. Allá ellos.

Al panista se le vio desencajado, agresivo, violentando los tiempos, interrumpiendo. Fue el único que tuvo un tono lleno de pedantería. Se le notó desesperado. Y su sonrisa, la que no se le quitaba nunca de la cara, ya no la tiene. Ahora tiene una mueca que expresa enormemente la derrota.

José Antonio Meade se creyó eso de que “él es el más preparado”. Piensa que por haber sido funcionario público varios años, es el mejor, el que “garantizará el futuro de los hijos”. Y se equivoca. Se equivoca mucho. En el debate, el candidato del PRI se vio como en un comercial televisivo, sin naturalidad, con frases ya hechas.

Y Andrés Manuel López Obrador reafirmó su lugar: el primer lugar indiscutible en todas las encuestas. Y como lo que representa: un candidato distinto a los del PAN y del PRI: una esperanza. No necesitó atacar, no se molestó en enfrentar las acusaciones falsas, no se enganchó.

Este debate, sin duda, no moverá nada.

Un primer lugar que nunca se ha movido, que ha sido indiscutible que seguirá siendo indiscutible.

Y una lucha encarnizada, en un mar de lodo, por el segundo lugar.

Además, un señor que quedará en cuarto lugar, y que no vale la pena ni mencionar.