El desmantelamiento de los núcleos productivos del Estado Mexicano tiene una trayectoria que puede situarse con el inicio del gobierno de Miguel de la Madrid. La tecnocracia empezó a desplazar a la corriente del nacionalismo revolucionario dentro de la estructura partidaria del PRI. Hasta lograr su control con la expulsión de sus cuadros más importantes, como Cuauhtémoc Cárdenas.

La desestructuración de la soberanía nacional, que permitía tirar abajo los monopolios defensivos basados en los recursos naturales estratégicos, duró aproximadamente 30 años. No pudieron avanzar firmemente en subordinarse radicalmente hacía los dictados del Consenso de Washington, pero lograron hacerlo a un ritmo que ningún otro país en el orbe lo hizo. Pasaron por desindustrializar el campo para volvernos dependientes alimentarios; subordinar la educación para establecer una fuerza de trabajo bajamente calificada que posibilitaba un proceso de sobreexplotación inédito; entregaron los territorios a la minería, y llegaron al absurdo de entregar incluso las playas nacionales.

La resistencia que se produjo en México con el Frente Nacional Cardenista, el nacimiento del PRD, el estallido zapatista y los diferentes movimientos sociales, fueron deteniendo los planes del trazado original que había establecido Carlos Salinas de Gortari.

George W. Bush y Carlos Salinas de Gortari. Foto: Especial

El punto de inflexión fue en 2012 con el llamado Pacto por México. La tecnocracia logró unificar a todas las fuerzas políticas representadas en los partidos políticos existentes para iniciar la privatización directa del petróleo y el gas mexicano. Al mismo tiempo, los políticos mexicanos alrededor de Enrique Peña Nieto, anduvieron un camino de franca descomposición debido a los altos niveles de corrupción.

En el fondo, se estaban peleando la joya de la corona, es decir, quién sería el nuevo Carlos Slim del petróleo. La pelea dentro de la tecnocracia derivó en una división profunda en sus tradicionales códigos de convivencia.

Al mismo tiempo que, la violencia política decadente generada por la necropolítica mexicana sumergía al país en una mar de sangre, imposibilitando llevar a cabo el proceso de reproducción y acumulación de capitales de la economía legal en algunas regiones, abriendo paso a que la economía criminal estableciera un Estado de excepción. En Michoacán este fenómeno pasó de la violencia ejercida a los agricultores del limón y el aguacate, y finalmente se desbordó en el tráfico internacional de acero y metales raros con conexiones con China.

La firma del Pacto por México. Foto: Especial

El Movimiento de Regeneración Nacional emergió en estas difíciles circunstancias. Andrés Manuel López Obrador dotó de un discurso histórico que aglutinó a diferentes sectores y clases sociales. Su insistencia en mantener a Benito Juárez en los discursos del presente no es una casualidad. El México de inicios del siglo XXI está atravesado por un nuevo tipo de ocupación norteamericana. No fue necesaria una guerra frontal, lograron subordinar todos los núcleos productivos estratégicos. En ningún país del mundo, el comercio exterior depende tanto de la economía norteamericana como el nuestro.

AMLO logró sintetizar el descontento que produce una creciente transferencia de valores de los capitales nacionales a los capitales americanos. Asimismo, colocar como eje de su estrategia un mayor número de apoyos sociales a los sectores más vulnerables: “Primero los pobres”. Aunado a ello, la urgencia por pacificar al país por la violencia desbordada que se desencadenó irresponsablemente a partir de la pérdida de legitimidad del viejo régimen neoliberal.

La fuerza del pueblo de México en 2018, fue ejemplar. Se optó por iniciar un proceso de transformación con el fin de sacar adelante la defensa por la soberanía nacional. Y esto se hizo a través de un proceso pacífico que se desarrolló a través de las urnas. Esta necesidad por detener las condiciones de degradación de la vida pública de México derivó en esperanza. Misma que hoy puede convertirse en desilusión.

Zócalo lleno en la toma de posesión del Presidente Andrés Manuel López Obrador en diciembre de 2018. Foto: Especial

Llegar a la Presidencia de la República necesitó de la unidad con diferentes sectores de la nación. Hay oportunistas y tipos impresentables que subieron al proyecto de la Cuarta Transformación, no por convicciones, sino orillados por la fuerte presión social ejercida desde abajo. Esto explica que existan grandes diferencias y confluencias dentro del Gabinete Presidencial. No sólo ahí, también existen con legisladores y con cuadros del viejo régimen que aún permanecen dentro de las estructuras de gobierno. Pensar que Morena, es el partido del poder, es una ilusión.

Porfirio Muñoz Ledo ha salido incluso a detener acciones que entregan más de lo que la correlación de fuerzas mantiene a flote a la Cuarta Transformación. La protesta más importante que ha realizado, es aquella en la que se negó a que la Guardia Nacional, pensada justamente para intentar construir un estado de paz en México a contrapelo del capitalismo necropolítico, se sintonice con los proyectos del Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y sea utilizada como una nueva Bordel Patrol en la frontera chiapaneca.

Es en el partido, que se juegan las más diversas posiciones, unas más diversas que otras y algunas más confrontadas entre sí. Durante el periodo electoral Morena logró constituirse como un comité de campaña que distribuía funciones para organizar la estructura territorial para el día de la elección. Esa función fue importante para evitar el fraude pero es completamente insuficiente en nuestras actuales circunstancias.

Yeidckol Polevnsky, de forma negativa, privilegió el control de la estructura burocrática, a la urgente necesidad de la producción de cuadros a través del Instituto de Formación Política. Esto ha complejizado el escenario. Se perdió un momento de oportunidad único con la frescura de haber ganado la Presidencia. Hoy en día la operación de los diferentes mecanismos para establecer un golpe blando está en marcha. Un día sí y otro también la Cuarta Transformación se enfrenta a una cantidad innumerable de noticias falsas.

No es nada más estableciendo reglas claras en los procesos electorales para la definición de liderazgos, la forma en cómo se va a resolver la unidad en Morena. Es, como lo dijo AMLO ante el conflicto entre Martí Batres y Ricardo Monreal, la posición que se tiene ante el intento de revertir el desmantelamiento de la soberanía nacional. Funcionar como un dique a la transformación será una estrategia momentánea, la simulación saldrá a flote tarde que temprano.

Esta simulación, sólo podrá ser detenida y desenmascarada, si sólo sí, el partido no pierde la esencia de seguir siendo un movimiento social. Impulsar la transformación requiere una tarea titánica por mantener la llama de la esperanza, y al mismo tiempo politizar la rabia por la forma en cómo nos dejaron al país. La unidad en Morena es por recuperar la soberanía nacional, y con ella la posibilidad de acabar con el infierno que vio nacer Ayotzinapa.

Militantes de Morena. Foto: Especial

Obviamente no depende sólo de liderazgos, que importan, sino depende de la capacidad de organización que pueda sostener un movimiento que intenté transitar ante las contradicciones actuales que produce la época.

El posneoliberalismo tiene aún por recorrer una larga trayectoria para revertir los más de 30 años de despojo. El movimiento social no necesitó de ser gobierno para organizarse, ahora que sé es, importa mucho estimular la autogestión social como pieza clave de la resistencia pacífica. Poder colocar este discurso sobre la mesa es necesario, pero llevarlo a la acción es de orden estratégico.