Cuando Vicente Fox era Presidente de México, el entonces Canciller, Jorge Castañeda, convocó a una mesa con intelectuales para que presentaran su postura ante el Pemexgate al mandatario.

En su columna “Fábulas”, publicada en El Universal, Sabina Berman relata que poco antes de esa reunión se había dado a conocer que, durante las elecciones del año 2000, Pemex había desviado enormes cantidades de dinero para abonar a la campaña del PRI.

La Ley indicaba que el Presidente Fox podía encarcelar a los principales responsables priístas por el delito cometido.

“El intento es inaugurar un país con Ley”, aseguró entonces Castañeda.

Fox respondió que eso haría que los priístas se movilizaran, y que sus sindicatos cerraran carreteras y aeropuertos del país. “Yo no quiero que el peso se devalúe”, agregó.

El ex presidente de México, Vicente Fox.

Luego recordó su promesa de hacer crecer al país al 7.5 por ciento anual y que no quería traicionar esa promesa.

Entonces, Denise Dresser respondió que habían votado por él para vivir en una paz con leyes, pues ese era el cambio que necesitaba el país.

También se sumaron las voces de David Ibarra, Carlos Monsiváis y Sergio Aguayo.

Todos, de acuerdo con Berman, pidieron a Fox acabar con la corrupción como forma de gobierno, hacer valer la Ley en México.

Berman incluso mencionó a Lázaro Cárdenas y cómo enfrentó a las petroleras extranjeras, al expropiarlas mediante la ley constitucional. Agregó que, pese a que la economía decayó con esa decisión, la unidad nacional imperó.

“Ninguna transformación sucede con tersura (…) Los poderes que quieren el cambio se enfrentan con los que lo resisten. Y esos son los nudos que van tejiendo la Historia y la identidad de un pueblo. Si enfrenta usted al partido de la corrupción, Presidente, la mayoría de los ciudadanos saldremos a las plazas para apoyarlo”, dijo.

Luego Fox confesó que esa noche iría a visitarlo la jefa de la bancada del PRI en el Congreso, ofreciéndole que olvidara el Pemexgate y que, a cambio, el PRI se comprometería a aprobar en el Congreso las reformas estructurales que presentara.

Finalmente dijo que aceptaría el trato, ante el disgusto de los presentes.

“Fue así que Fox renunció a la épica y cedió a la politiquería. Fue así que renunció al pueblo que lo había elegido y eligió las negociaciones en cuartos cerrados con sus enemigos. No lo sabía entonces ninguno de los presentes, pero el costo sería inmenso: los maestros de la transa, los priístas, terminarían por transarse al Presidente Fox: a lo largo del sexenio, Fox fue presentando las reformas estructurales al Congreso y el PRI se las fue rechazando una tras otra”, indica Berman.

Pero no sólo sucedió eso. El peso también se devaluó, la Ley siguió siendo negociable, la corrupción priísta se esparció democráticamente por el resto de los partidos y la economía creció apenas un 2.5 por ciento.

Ahora, veinte años más tarde, Fox se ha propuesto como líder de la Oposición a un gobierno cuya primera lucha es contra la corrupción.

“México no necesita ninguna transformación (…) vamos a partirle la madre a la Cuarta Transformación”, aseveró en un auditorio lleno de jóvenes panistas.