Una frase como “infancia es destino”, en contextos lacerados por la desigualdad, suena a veces más a maldición que a premonición. En el mundo de los partidos políticos, como lo enseñó Angelo Panebianco, la situación no cambia demasiado: el origen de una organización partidista, su nómina fundadora, el contexto en el que emerge, los actores a quienes en su inicio ve como aliados y como rivales y, sobre todo, sus prácticas y estructuración internas en su momento originario, serán mucho más reveladores sobre la conducta futura del partido que sus propios estatutos, programa e ideales proclamados.

Es desde ese enfoque que hoy se debe abordar la eventual fundación de “México Libre“ como partido político, que no será otra cosa que la herramienta electoral de las remanencias del calderonismo, ideología que, como Chucky el muñeco diabólico, está en búsqueda de un cuerpo más grande que le ayude a conseguir sus fines, luego de su separación del PAN.

Sin embargo, el enfoque sobre el posible origen de “México libre” no debe detenerse en la manera turbia en que hoy busca “cumplir” requisitos para registrarse. Esa turbiedad no es cosa menor, pero nada tiene de sorpresivo. El análisis del surgimiento de “México libre” no debe detenerse en una radiografía del presente sobre las firmas falsas que aúpa, sino en el rastreo del historial clínico de su insumo fundamental: el legado de Felipe Calderón en la vida pública mexicana. Van algunos trazos en función de esa labor.

Calderón: de la grisura burocrática a la estridencia oportunista

Felipe Calderón suele definirse a sí mismo en tono heroico desde hace aňos como un “hijo desobediente”. Nacido en el seno de una prominente familia panista, donde su padre Luis Calderón destacó como historiador del partido,  poco le heredó del talento intelectual. Aunque sus fanáticos suelen pintarlo como un “maestro por Harvard” y talentoso abogado, la realidad es que Calderón fue no sólo un estudiante mediano sino también uno rencoroso y de mala fe.

A diferencia de su padre, Calderón no fue estudiante de la UNAM porque no pasó el filtro del examen de admisión. Tampoco lo fue de la Universidad Nicolaíta de Michoacán porque también fue rechazado por falta de méritos académicos, y de ahí se vio obligado a enrolarse en una universidad privada.  Son muchas las cuestiones que pueden hacer que una persona falle en un examen de filtro universitario, y ello en sí mismo no es una determinante de nada. Pero la sevicia de Calderón se expelió aňos después, cuando en julio de 2012 mintió con alevosía al decir que tanto la UNAM como la Nicolaíta lo habían rechazado “por sobrecupo y por no provenir de sus bachilleratos”, cosa que es a todas luces falsa, como consta a cualquiera que se inscriba en esos procesos de admisión. Sólo el resentimiento injustificado contra instituciones educativas que le revelaron su medianía intelectiva puede explicar  que Calderón calumniara a dos instituciones públicas que estaba obligado, como funcionario, a defender.

Hizo carrera en las “juventudes panistas”, accedió a algunos cargos de manera plurinominal y llegó a dirigente nacional del PAN en 1996, con la presunta égida del último intelectual panista: Carlos Castillo Peraza. Su presidencia partidista quedó marcada por haber actuado de manera indigna ante uno de los peores latrocinios de la historia: el Fobaproa, que en público se comprometió a no aprobar, pero de espaldas a la nación terminó apoyando junto al PRI.

Carlos Castillo Peraza y Felipe Calderón. Foto: Especial

Luego, su carrera siguió marcada por la deshonestidad y el oportunismo: como coordinador de bancada legislativa, se le recordó por su intento de construir un “spa“ lujoso en el área panista; como director de Banobras, su acción más relevante fue prestarse a sí mismo  tres millones de pesos en 2003; y luego, como secretario de Energía con Vicente Fox (espacio donde duró pocos meses), haber favorecido las corruptelas de Juan Camilo Mouriño y usar el cargo para destaparse como precandidato presidencial en mayo de 2004.

En ese momento, la contienda interna panista favorecía a Santiago Creel, un delfín foxista, y el michoacano grisáceo no figuraba como contrincante serio, pues se disputaba el último lugar en las encuestas con el doctor Simi.  Sin embargo en la contienda real quien lideraba por mucho el panorama era Andrés Manuel López Obrador. A raíz de ello devino uno de los peores asaltos golpistas en la democracia mexicana: el intento de desafuero del entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal, cuyo fin no era “hacer valer la ley” sino eliminarlo mafiosamente de la contienda presidencial.

Felipe Calderón. Foto: Especial

Fue en ese momento donde Calderón detectó el único papel que  podía jugar en la política, dada su irrelevancia y su escaso liderazgo. Desesperadamente buscó reflectores aprovechando el desafuero, no para exhibir méritos propios, sino para colgarse de la popularidad de AMLO. Así, en abril de 2005, en un acto oportunista, Calderón se ofreció a dar “asesoría legal” al Jefe de Gobierno ante la embestida del juicio y estuvo detrás de los dos asambleístas del PAN (Gabriela Cuevas –hoy en el lopezobradorismo– y Jorge Lara) que el día 20 de ese mes pagaron los tres mil pesos de multa por el “desacato“ cometido por López Obrador, a la par de que exigía en medios “debatir con él”.

Sin proponérselo, ahí nació el papel que Calderón jugaría en su futuro. Incapaz de resaltar sus propias virtudes (quizá por escasas o inexistentes), prefirió  volverse la némesis de López Obrador, quien en ese momento representaba un proyecto de Nación y una agenda social centrada en los más pobres. Dicho de otro modo: Calderón, en vez de proyectar una idea de sí mismo y qué intereses enarbolaba, ante la escasez de virtudes para ello, como villano de cómic prefirió jugar el rol de ser la antítesis del naciente lopezobradorismo. Y lo logró. Con consecuencias terribles.

Felipe Calderón. Foto: Especial

Calderón como candidato: convertir el debate público en fosa séptica

Calderón obtuvo la candidatura presidencial de forma inesperada, al ganar la contienda interna a Santiago Creel, y así tornarse como el aspirante “idóneo, no en el mejor” (como dijera Carlos Abascal) del PAN. Por breves días, se pensó que ese burócrata anodino, que nunca había ganado una elección relevante en su vida, podría explotar una posible “virtud” por contraste: ser un candidato del PAN “doctrinario”, que no se limitara “a sacar al PRI de los Pinos” –como lo había hecho Fox– sino que por fin “metiera al PAN” al Gobierno. Pronto mostró que no sería así.

A diferencia de la tradición de las izquierdas –más proclives al disenso y sectarismo-,  el gran polo conservador de 2006 se aglutinó en torno a Felipe Calderón, con todo y las reticencias que de él tenían Fox o el entonces dirigente panista Manuel Espino. Sin embargo, los albores de su campaňa –que ya contaba con el criminal apoyo logístico del entramado estatal vía Sedesol– fueron un insípido ejercicio donde pretendió exhibirse como “el candidato de las manos limpias”.

Pronto Calderón mostró su verdadero rostro. En marzo, ante su desventaja en las encuestas, de nuevo prefirió olvidar sus escasos atributos y optó por hacer un escarnio ilegal en contra del puntero, al comenzar la campaňa más sucia, y cara de la historia, hasta el momento.

En un inédito ejercicio de golpeteo, Calderón por sí mismo rebasó los topes de campaňa al gastar 682 millones de pesos (casi tres veces más que AMLO) en 66 mil 620 espots, en los cuales el eje rector fue la ilegal acusación de que su adversario principal era “un peligro para México”. Aunado a ello, Vicente Fox, de forma criminal –y en consonancia con el empleo malhadado de la urdimbre del Estado para favorecer a Calderón– emitió la que a su vez fue la intervención delictiva más cara de la historia hasta el momento, al pisotear el Cofipe y emitir 462 mil espots (un gasto de mil 709 millones de pesos) para alentar el voto subrepticiamente por su partido, mandando al diablo a las instituciones como el IFE y el TEPJF que le exigían no hacerlo.

Hacia mayo, la campaña de desprestigio hecha por Calderón se tornó en un pandemónium fascista, donde imperó el terrorismo ideológico mediante membretes anónimos a tono con la campaňa del PAN (como la campaña “Ármate de valor”) y libelos anónimos donde se difundían mentiras descaradas (“AMLO está recibiendo armas de Venezuela”; “AMLO mató a su hermano”, “AMLO endeudó al DF”)y se instaba al magnicidio de López Obrador.

Todas esas ilegalidades y crímenes electorales se cometieron a la vista de todos y con la complacencia del IFE, el cual permitió el chiquero panista durante meses, pese a violar el Cofipe de manera flagrante  (eso sí, cuando el equipo de AMLO respondió a esos ataques con unos espots donde recordaba el falsario papel de Calderón en el Fobaproa, el IFE, ahora sí raudo y veloz, ordenó inmediatamente su cancelación).

Ese discurso fascista y sus recursos malhabidos fueron sólo parte de las ilegalidades que, en consonancia con otras, constituyeron el fraude electoral de 2006, que se tornó así en un caso emblemático de un “golpe blando” antidemocrático más en América Latina, mismos que suelen comenzar, como nos lo recuerda Marcos Roitman, precisamente con campaňas falsarias de desprestigio. Fue así que Calderón se confirmó como un perdulario golpista.

Atenidos a lo estrictamente simbólico, la suciedad de la campaña calderonista fue  una regresión antidemocrática: ante la falta de atributos propios, el panista prefirió mancillar los méritos ajenos usando técnicas propias de Joseph Goebbels. Bien lo dijo alguna vez Castillo Peraza, quejándose de que algunos de sus discípulos antes de mal aprender a escribir habían aprendido a escupir. En suma, la campaňa de Calderón en 2006 fue una ristra de escupitajos, no hacia su adversario, sino contra la democracia misma.

Ya como presidente de facto, su tono escupidor se mantuvo. El cronista Jaime Avilés (director fundador de Polemón) documentó en noviembre de 2007 cómo desde la subsecretaría de Gobernación calderonista, se operaba un ejército de cuentas automatizadas de correos electrónicos que hacían lo que hoy hacen los llamados “bots” y “troles” de redes sociodigitales:  envíos masivos a millones de mexicanos de mensajes calumniosos contra el principal opositor: AMLO.

Cuentas como: [email protected] ,[email protected], [email protected], [email protected], [email protected], [email protected], [email protected], se dedicaban, como un grupo de choque virtual, a ejercicios de calumnia, difamación y golpeteo contra López Obrador en niveles infrahumanos, mediante recursos discursivos deplorables rayanos en la escatología, la homofobia y la instigación al magnicidio.

El escarnio que hacía ese grupúsculo de porros virtuales no era sólo contra López Obrador, sino también un hostigamiento contra sus seguidores, a quienes insultaban, además de promover un acoso persistente contra voces públicas, periodistas e intelectuales identificados a favor de AMLO.

A la par de infamias injuriosas, esa “política comunicativa” del calderonismo  empleaba los manidos términos despectivos de siempre contra AMLO y seguidores: “mesías”, “borregos”, “chairos”, “gatos”… y lo que resulta también curioso, a guisa de “crítica”, estos perdularios de la red a enviaban también, como mantras repetitivos, los artículos de los preeminentes voceros de la amlofobia, como Pablo Hiriart,  Ricardo Alemán o Jorge Fernández Menéndez, quizá porque en el discurso, estas lenguas viperinas no son muy diferentes a las de aquellos ciberporros operados por la Secretaría de Gobernación calderonista.

La difamación y la calumnia son infamias que han estado presentes siempre en el discurso público. Pero sin duda en la historia mexicana Calderón significó un parteaguas en 2006 al convertirlas por vez primera en la historia de la democracia en la parte primordial de su campaňa y en el eje rector de su discurso posterior. Como buen rasgo fascistoide, hay que recordar que en una contienda política, sólo quien no tiene nada que ofrecer, opta por priorizar el ataque al adversario. Usualmente quien carece de ideas, las suple con odio, que luego reparte a raudales.

Toda esa sevicia fue auspiciada desde el entramado de la Secretaría de Gobernación calderonista. No cabe duda que toda la inmundicia que hoy se excreta en redes sociodigitales, en brutal desmedro de la conversación pública (perfiles anónimos y cuentas apocrifas y automatizadas dedicadas a la diseminación de infamias) tiene como fase pionera, fundacional,  a esta política comunicativa del calderonismo, que envió su último correo calumniador… en fines de 2012, justo cuando el sexenio terminaba.

Hoy, en 2020, Calderón como actor político está reducido a ser un tóxico juntaletras en twitter, desde donde sigue repartiendo sevicia y noticias falsas. No son errores: esa ha sido, desde su origen, la estrategia discursiva de alguien vacío de virtudes pero berrendo de odios. A él debemos en buena medida que en la actualidad exista una creciente fosa séptica en el discurso público.

Felipe Calderón como presidente de facto: convertir al país en fosa común

Sin embargo, lo que la historia reciente duele con mayor profundidad, no son las manchas de lodo que en la discusión pública legó el calderonismo, sino las manchas de sangre real que desde 2007 se acrecentaron y asolaron nuestro país.

Debatir las razones de la “guerra contra el narco” sería ocioso. La fundada sospecha al respecto es que se debió a la forma en que Calderón pretendió obtener una legitimidad que las urnas no le dieron, a la par del contexto conflictivo que ya imperaba en muchas zonas del país, como lo sucedido con la lucha magisterial en Oaxaca.

La realidad es que el acto identitario de Calderón como presidente de facto fue haber emprendido una supuesta “guerra” contra el crimen organizado sin un diagnóstico claro, sin saber la penetración corruptora de la delincuencia en las instituciones policiales y sin saber el grado de penetración legitimadora de esa actividad en la vida social mexicana.

La estrategia de cazar capos, en vez de desincentivar el crimen logró que a la hidra la crecieran más y más cabezas, cada una más sanguinaria que la anterior, que devino en más de 120 mil muertes violentas y un rosario de episodios dolientes en ese sexenio que en la memoria histórica no sanarán: como la masacre de San Fernando o la infamia de que el ejército haya asesinado a dos estudiantes de excelencia en Monterrey y haya escupido en sus cadáveres al calumniarlos como “sicarios”.

A dos sexenios de iniciada la “guerra” hoy sabemos que tanto dolor y sangre sí fueron en vano: el principal funcionario de la estrategia y operador de la fuerza policial creada al respecto (la Policía Federal,  articulada en 2008), Genaro García Luna, hoy está preso en Estados Unidos con los cargos de haber protegido a un cártel y enriquecerse por ello.

La seňa de identidad del sexenio calderonista fue, como se ve, una farsa sangrienta que operó a la luz pública a favor de un cártel y, como cualquier gobierno fascistoide, con la intención de aterrorizar a los ciudadanos, pues las denuncias contra García Luna y las demandas de justicia por el criminal actuar de sus policías datan desde el inicio mismo del sexenio y sólo los ingenuos, o los ignorantes, hoy pueden darse por sorprendidos de lo acaecido contra ese narcopolicía.

El saldo más doliente de un sexenio fallido, como lo llamó Ernesto Núňez, fue entre otras cosas, haber convertido al país en una fosa común. Las consecuencias las seguimos padeciendo en la actualidad.

Genaro García Luna y Felipe Calderón. Foto: Especial

El calderonismo: ¿gen o virus de “México Libre”?

De la grisura burocrática a las sospechas de corrupción, de las sospechas de corrupción a la estridencia, de la estridencia a la injuria, de la injuria al fraude y del fraude a la sangre.  Ése es el currículum fundamental de Felipe Calderón. Con esa loza a cuestas, su destino debió ser para siempre el basurero de la memoria, como lo indicó la elección de 2012, cuando por primera vez en la historia el partido gobernante –el PAN– quedó en tercer lugar en la competencia comicial, hecho achacable, en buena medida, al desastre calderonista.

Pero México es un país a veces surreal. Hoy, luego de diversos episodios y coyunturas, el presidente de la República es Andrés Manuel López Obrador, un político al que más de una vez Calderón acusó de “ambicioso de poder”. Sí, el mismo Calderón que impuso a su hermana Luisa Calderón como candidata a gobernadora en Michoacán (y de ahí data su conflicto con Marko Cortés) en 2011 y que en 2018 buscó que su esposa Margarita Zavala fuera candidata del PAN.

En otro rasgo más digno de la revisión psiquiátrica que del análisis político, con la intención de fundar “México Libre”, Calderón exhibe esa ansia de poder que tanto achacó a sus rivales. De ahí la ruptura con el partido del que alguna vez se dijo “doctrinario” y del cual su padre es historiador; en aras de fundar otro viciado de origen, para poder obtener lo que ya se le desbordó de las manos: el poder. O, acaso, mirándose ante el espejo de García Luna, buscar fuero e impunidad.

¿Qué representa, en suma, el calderonismo? Cedo la palabra no a un intelectual crítico de él, sino a uno de sus apoyos tempranos: el empresario impresentable Claudio X. González: “Calderón es un árbol bajo cuya sombra nada crece”. Algo temible debe haber cuando entre gitanos se leen las manos (dicho con ánimo refranero, jamás discriminatorio).

En lo que al presente respecta, Calderón ve en éste su momento de volver. Hoy gobierna Andrés Manuel López Obrador, un político que, con todo y contraluces, ganó democrática y arrolladoramentemente el cargo que ostenta y tiene como prioridad una agenda social y pacifista.  Es natural que Calderón vea ante ello la posibilidad de reafirmar su papel de némesis del tabasqueňo, adquirido desde aquel abril de 2005, a quien buscará hacerle frente con las únicas armas que conoce: la difamación, la antidemocracia y el golpismo.

El árbol bajo cuya sombra nada crece fue legítimamente talado por las urnas mexicanas en 2018. Su única semilla sobreviviente  yace en el proyecto lesivo de “México libre”. De nosotros depende no regar con votos esa planta nociva, pues, como nos enseña la historia reciente, sus emponzoñados frutos no han tenido empacho en regar al país de invectivas, corruptelas y sangre.