La noche del 21 de noviembre y la madrugada del 22 la pasé varado en el aeropuerto de Cancún porque un banco de niebla en la Ciudad de México hizo que el Benito Juárez suspendiera aterrizajes durante cuatro horas. Programado para salir a las siete y media de la tarde, pude pegar el ojo exactamente doce horas después, y aunque quería compartir esas miserias en dos o tres grupos de whatsapp, para informar pero también para pasar el rato, me resistí, temiendo una lluvia de improperios en el tenor de: “Para qué votaste por Santa Lucía”.

No serviría de nada decir que en el de Texcoco hubiera pasado lo mismo, o que la proyección de su inauguración estaba estimada para dentro de seis años, si no se atrasaban aún más esas obras repletas de corrupción, cuyo tiempo y monto de inversión parecía alargarse cada vez más hacia el infinito.

Imposible hacer oídos sordos de la gran cantidad de voces que pegaron el grito en el cielo con la cancelación del nuevo aeropuerto. Aunque son minoría ante la opción opuesta, también son muchas y tienen en su poder a los grandes medios de comunicación, y eso las hace todavía más llamativas. Tienen razón al decir que la gran mayoría de los mexicanos no estamos calificados para tomar decisiones de ese nivel técnico, pero no entienden que la consulta fue una concesión de AMLO ante su presión. Él siempre dijo que quería cancelarlo.

Construcción del Nuevo Aeropuerto en Texcoco. Foto: Especial

Ignoro si la orientación de las pistas del de Santa Lucía y las del actual aeropuerto entrarán en conflicto, si en un futuro cercano habrá un “embotellamiento”, como el Dr. Bernardo Lisker de la consultora MITRE dice que podría pasar, en un comunicado que vale la pena leer y en el que también esgrime que “el sitio en Texcoco es aeronáuticamente excelente”. No lo dudo. Hace unos días volé sobre esa área y, en efecto, parece un magnífico lugar para hacer un aeropuerto, si ignoramos el tema ecológico y, quizá más importante, el cultural.

Si la decisión se expresara solo en términos de dólares y pesos y en las bondades de ese espacio en términos inmobiliarios y aeronáuticos, no habría nada que pensar, simplemente habría que limpiar de corrupción la operación y reevaluar los gastos para hacer más eficiente la construcción. No estoy particularmente a favor del de Santa Lucía: estoy categóricamente opuesto a la construcción del mega aeropuerto en Texcoco.

El tema del agua en el valle de México y el legado de los pueblos originarios de la zona son dos vertientes mil veces más importantes que los dólares y la aeronáutica. Por un lado se puede escuchar a los economistas y a los especialistas aeronáuticos, y por otro a investigadores y antropólogos, el rostro humano de esta complicada ecuación. Son dos maneras distintas y a veces opuestas de ver el mundo. Dos maneras que hoy se postran frente a frente en México.

Opositores al NAIM en Texcoco. Foto: Benjamín Flores/Proceso

Por ejemplo, la doctora María Fernanda Paz del Programa de Estudios Socioambientales de la UNAM, enumera las repercusiones empezando por las “primeras denuncias de despojos de tierras desde hace diecisiete años”. El de Texcoco no era un lago profundo ni grande en el que se podía nadar o ver las olas apenas rompiendo en días de mucho viento. No. Era un espacio pantanoso que servía de vaso regulador, necesario para captar agua y para conciliar las lluvias y las secas en ambas temporadas. Su labor no era visible a simple vista, pero a ningún ecologista le cabe la menor duda de su vital importancia. Para empezar a preparar el terreno para la gran obra arquitectónica de Norman Foster se destruyeron cerros completos por todos los alrededores hasta el punto de cambiar la faz de la tierra, quitando o desfigurando montes cuyas líneas debían de convivir, por ejemplo, con las pirámides de Teotihuacán. Decenas de cerros devastados para terminar de secar un lago.

“Las afectaciones ambientales son afectaciones sociales”, sigue Paz. “Le afectan a la gente en su vida cotidiana, en su salud, en sus actividades productivas, en sus formas de vida. (…) La gente no nos importa. (…) En la extracción de mineral ya no hay vuelta para atrás. Donde había un cerro ya no hay un cerro. Se modificó la topografía. Esto va a implicar un cambio en el régimen de lluvias, un cambio en la disponibilidad del líquido, esto inmediatamente afecta la vida. De no pararlo en este momento, el daño va a continuar, y ya no hay vuelta atrás. (…) Es un proyecto plagado de injusticias desde cualquier punto de vista”.

Construcción del Nuevo Aeropuerto en Texcoco. Foto: Especial

Suscribo esta y tantas otras opiniones con esa carga ecológico-social, como la de la doctora en antropología y maestra en sociología, Margarita Pérez Negrete, del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, experta en megaproyectos.

Su entrevista en TV UNAM no tiene desperdicio: en ella separa las cuestiones superficiales (el diseño arquitectónico, por ejemplo) y las profundas; habla de que esas áreas sirven de “amortiguador ambiental” para la cuenca en general: “regulan la temperatura del valle de México, puede haber incrementos de cinco grados centígrados, si se desecan los otros lagos pueden tener efectos sobre el cambio climático, más de 180 cerros derribados junto con sus funciones ecosistémicas; se está alterando la dinámica hidrológica de la zona”.

La entrevista completa es esencial para entender las implicaciones de todo este embrollo, y empieza con Témoris Grecko citando el reportaje de Jenaro Villamil en la revista Proceso en el que habla sobre los terrenos aledaños al aeropuerto, el verdadero negocio que un puñado de políticos tenían planeado desde hace años, y que comprueba que el ecocidio no planeaba mantenerse dentro de las paredes del predio del aeropuerto, sino que iría mucho más allá, acabando con una zona profundamente rica en biodiversidad, compuesta por cuerpos naturales de agua de diversos tamaños y de amplios terrenos que forman parte del entorno lacustre.

Parafraseando, el plan era hacer una aerotrópolis que contemplaba centros comerciales y de convenciones, hoteles, plazas y grandes bodegas. 500 mil metros cuadrados de desarrollo, con un aumento cada año de 100 mil a 250 mil metros cuadrados, con una capacidad final de alrededor de 6 millones de metros cuadrados, y una población de 240 mil empleados. Edificios de hasta diez niveles, estaciones de tren, de metro, autopistas. Una nueva ciudad. Todo lo que acabaría por arrasar lo poco que queda de la zona lacustre en Texcoco.

O Álvaro Delgado que argumenta que el NAIM estaría en una zona natural de inundaciones y que también provocaría desabasto de agua, o el catedrático Armando Bartra que dice que los daños ambientales que causaría su operación son mayores de los que ya han causado los trabajos hasta ahora. “Es impertinente desde el punto de vista social, el daño al entorno inmediato, a los pueblos y comunidades, a la agricultura y a la actividad campesina en toda esta zona, son ya muy notables, muy evidentes, y serán todavía mayores”.

Construcción del Nuevo Aeropuerto en Texcoco. Foto: Especial

El hundimiento de esos suelos, el hecho de que ahí desembocan ríos y riachuelos, el exorbitante costo. Los intereses inmobiliarios que plantean una nueva población de 3 millones de habitantes para la zona de la cuenca. No nada más habla de detener el aeropuerto, sino de bloquear la especulación inmobiliaria y declararla como zona de veda para las construcciones agresivas con el medio ambiente y el tejido social, “una zona de privilegio para el desarrollo socio-ambiental, además de comprometer programas para restaurar la vida económica, la vida social, la vida sostenible en ese territorio”.

Un programa de desarrollo para toda la cuenca en beneficio de todos los metropolitanos que dependemos de ella y de su entorno: Ciudad de México, parte del Estado de México e Hidalgo. Detener la urbanización salvaje: de eso depende la viabilidad de la metrópolis en la que vivimos.

Ya fue la consulta, ya es un hecho que la construcción del aeropuerto se detendrá, sin embargo siento que este será un tema que quienes se oponen al gobierno de López Obrador seguirán mencionando, la primera de una serie de piedritas en el zapatos que a muchos seguirá enfureciendo, por eso regreso a las palabras de estas mujeres y de estos hombres, porque siguen siendo necesarias para entender esta decisión. Me da la impresión de que buena parte de quienes se oponen a la cancelación del aeropuerto no se han detenido a contemplar todas las consecuencias de esa obra.

Marcha “fifí” a favor del NAIM. Foto: Especial

Y está la cuestión de los pueblos originarios. En un extraordinario reportaje publicado también en Proceso, el antropólogo Itzam Pineda cuenta sobre el Juicio de Derechos Fundamentales que el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra está tramitando para que les otorguen sus derechos culturales.

“Hay evidencias arqueológicas de actividad social humana al noreste del antiguo lago de Texcoco desde hace 11 mil años. Las primeras aldeas y el inicio del proceso civilizatorio de la región se remiten a los siglos XI y XIII de nuestra era. En la región floreció el señorío de Acolhuacan”. Entre la documentación que presentaron hay “un petrograbado en el ejido de San Salvador, glifos del Códice Mendocino, representaciones de las cuevas de Coatlinchan, Huexotla y Tetzcoco, del Códice Tlotzin y la imagen de Atenco en el Códice Xolotl”.

Dice Pineda: “Hay suficiente evidencia de que los pueblos que están en la región e iban a ser afectados en primera línea por el aeropuerto, son descendientes del señorío Alcolhua, al cual pertenecía Nezahualcóyotl, y que la alteración de su territorio pone en riesgo su continuidad”.

Ejidatarios de Atenco marchan en contra de la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM). Foto: Proceso

Entonces, si el lugar perfecto para un nuevo aeropuerto en términos aeronáuticos resulta ser el territorio de una sobreviviente comunidad prehispánica, no debería de haber mucho más que decir al respecto.

Recupero a Pérez Negrete y la emblemática entrevista en TV UNAM: “Es impresionante pararse en donde están las minas (de donde sacan el relleno para el aeropuerto) y ver la profundidad, cómo se han ido destruyendo estos cerros. También se destruyen vestigios arqueológicos. Tenemos documentados varios cerros en donde, en su mismo carácter de cerros sagrados, se habían instaurado centros ceremoniales nahuas, por ejemplo. Techachal es una de estas minas. Y estos vestigios arqueológicos están dañados, porque la parte de la frontera en donde empieza el vestigio arqueológico y donde se está produciendo la explotación de la mina es de centímetros, entonces vemos cómo la división del INAH, lo que marca para decir ‘este es un vestigio arqueológico, no se le puede tocar’, se va recorriendo. Se va recorriendo el hilo que va marcando las tierras que son patrimonio cultural y las tierras que son de los concesionarios mineros”.

A partir de la cancelación del aeropuerto y de la campaña #YoPrefieroElLago, el Frente de Pueblos se reactivó y echó a andar un programa de recuperación de tierras con un plan hídrico comunitario, restauración ambiental de la región y un plan de desarrollo alternativo pensando en el contexto cultural e histórico. Piden la no imposición, ni del aeropuerto ni de un parque ecológico por parte del nuevo gobierno, por miedo de que por ahí puedan colarse empresas que forman parte de la “rapacería inmobiliaria”.

Construcción del Nuevo Aeropuerto en Texcoco. Foto: Especial

Lo que temo es que en seis, en doce, en dieciocho o en veinticuatro años, cuando el péndulo político vaya a la derecha, el gobierno en turno desempolve los planos de Foster para de una vez por todas perpetrar el ecocidio, el etnocidio y la desaparición de la memoria histórica.

Quisiera pedirle a quienes estén involucrados con estos proyectos, a los legisladores y al Presidente electo Andrés Manuel López Obrador, que lo que se haga con ese espacio sea irreversible, algo que un hipotético futuro gobierno no pueda derribar con un plumazo, algo que blinde al fin la zona para que nadie pueda desbalancearla de nuevo, porque de ella depende la vida.

Ojalá sea una labor primordial del gobierno entrante, de las cámaras, del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y de quien quiera sumarse a este proyecto, el proteger la zona de Texcoco, el lago Nabor Carrillo y demás cuerpos acuíferos, para que nunca más suceda lo que lleva más de una década sucediendo. Eso es lo que hay que hacer con Texcoco.