Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

6 de marzo de 2018. Al principio pensé: éste es el final de la carrera política de Ricardo Anaya. La forma en cómo se presentaba sus evidentes actos de corrupción me hicieron creer que no había forma de salir de ello. Y no la había, al menos no desde el corrupto, es decir, desde el propio Anaya.

El salvavidas vino ¡de parte del PRI!

El PRI-gobierno comenzó a mostrar un encono no entendible con Anaya. Éste ya estaba en la lona, ya no podía hacer nada: se iba a quemar como un corrupto. No había que echarle la fuerza de la PGR como se echó. No había necesidad de ponerle tanto odio, tantas declaraciones, tanta faramalla. Con dejarlo era suficiente: la corrupción y el lavado de dinero eran tan grotescos que no se necesitaba nada más. Anaya estaba a punto de ser un cadáver político.

Pero el PRI, extrañamente, comenzó a actuar con el mayor desatino posible.

Primero puso a la PGR a perseguirlo con una poco acostumbrada celeridad. A partir de ahí, Anaya vio una pequeña luz.

El PRI comenzó a mostrar una irracional forma de atacar a Anaya: poco inteligente y poco entendible. ¿Por qué atacar tanto al personaje que está caído ya, en plena terapia intensiva, a punto de ser oler a putrefacto?

Ricardo Anaya entonces tomó la batuta: “el PRI me persigue”. Y el PRI, dejémoslo claro, es el instituto político más corrupto para la gente. Entonces, si alguien, que es corrupto, dice “el PRI me persigue”, al ser la corrupción mayor la del PRI, la corrupción del que denuncia al PRI se verá como menor e incluso se perdonará.

Así pues, Anaya jugó a eso. Y aunque no le salió del todo, sí evitó (al menos por ahora) el fin de su carrera política y de sus aspiraciones a la presidencia.

Ahora bien, esta estrategia del PRI y de Anaya, ¿fue algo que surgió así nomás, casualmente, o fue un acuerdo entre ambas partes, entre el PRI y el PAN?

Resulta muy sorprendente la forma tan errática en cómo, el PRI y todos sus aliados, actuaron respecto a Ricardo Anaya. No es entendible, solamente que pensemos que todo fue una estrategia no para que Anaya quedara fuera de la contienda, sino para darle a Anaya posibilidades de mostrarse como un “perseguido político” y así transformarlo de un vil corrupto en un “mártir”.

Ricardo Anaya no es un perseguido político, no es un mártir, y mucho menos es un enemigo del sistema. No, Ricardo Anaya es un político corrupto que tiene ambiciones muy altas y que hará lo que sea, legal o ilegalmente, para lograr lo que quiere.

Pero además de eso, Anaya también es una pieza en un ajedrez, y él sabe que un grupo de personas que se siente dueña del país decidirá entre él y José Antonio Meade para hacerle frente a Andrés Manuel López Obrador. Anaya ha luchado para que ese grupo lo escoja a él.

Lo que ha sucedido es, quizá, la elección de Anaya de ese grupo. La reacción del PRI en contra de Anaya no fue una “ataque” bien planeado, sino más bien una forma de darle credibilidad al panista para colocarlo como el “enemigo del PRI”. Y en este país, ¿quién no odio al PRI?

Así pues, Anaya no es enemigo del PRI. No es perseguido político: Anaya es una pieza de un grupo de poderosos que se sienten dueño del país (la mafia del poder) y todo indica que ese grupo ya ha decidido que Anaya, en lugar de Meade, sea el candidato para “combatir” a Andrés Manuel López Obrador.

No nos engañemos: el PRI y el PAN son hermanos y siempre se ponen de acuerdo. Y si ahora parece que se pelean, en realidad actúan en conjunto con intereses comunes. Y todo indica que actuarán de aquí en adelante con Anaya. Incluso aunque parezca lo contrario.

Así pues, el PRI salvó a Ricardo Anaya de una catástrofe. Y no parece ser una coincidencia, sino más bien una estrategia bien planeada y pensada. Y muy cínica y maquiavélica.