Cultura

Pequeña crónica de cómo el PRIAN vendió los ferrocarriles

De niño, yo solía viajar en tren. Alguna vez, mientras íbamos a comprar boletos a la estación Buenavista, en el norte de la Ciudad de México, mi padre nos explicó a mí y a mis hermanos que, desde 1909, Porfirio Díaz había creado esa industria y, en 1937, los ferrocarriles habían sido nacionalizados por Lázaro Cárdenas, un tipo al que mi papá admiraba muchísimo.

En mi familia, íbamos y veníamos en tren al puerto de Veracruz. Viajábamos en segunda clase. Éramos seis y no había para más. Mis padres y mis hermanos teníamos que correr, con maletas y bolsas, para alcanzar asientos en el vagón. Pero a mí nada de eso me incomodaba. Al contrario, me gustaba la aventura que comportaba todo aquel ajetreo. En cada estación ⎼en un recorrido que duraba poco más de diez horas⎼ subían y bajaban del vagón personas muy simpáticas vendiendo atole, tamales, tlayudas, tacos de canasta y café, “café caliente, café”.

Ferrocarril de pasajeros mexicano, en la segunda mitad del siglo pasado.

El último viaje que hice en tren fue en 1990, cuando tenía yo 17 años. Ya no pude hacer otro. Infelizmente, en 1991, el execrable Carlos Salinas de Gortari decidió privatizar Ferrocarriles Nacionales de México (FNM). Me entristeció observar cómo comenzaron a desmontar la estación de trenes en Buenavista. Iluso, pensé que, al largarse Salinas de Los Pinos (entonces los presidentes no despachaban en Palacio Nacional), los trenes podían volver. Pero no fue así.

En 1997 el cegato y corrupto Ernesto Zedillo cumplimentó la desincorporación del Sistema Ferroviario Mexicano y, 1998, entregó la concesión de la mayor parte de los ferrocarriles públicos mexicanos (nomás por 50 añitos), a la empresa Ferrocarril Mexicano (Ferromex), la empresa de Germán Larrea (sí, la misma compañía que, no mucho tiempo después, “por errores humanos”, contaminaría mares, ríos y aniquilaría la flora y fauna del Mar de Cortés, pero, que para congraciarse con el público cinéfilo y palomero, pasa infomerciales onanistas en sus (muchas) salas de cine ⎼Cinemex⎼ sobre lo buenos que son).

Finalmente, un año después de haber “conquistado democráticamente” la presidencia de México, el 4 de junio de 2001, el rematado imbécil de Vicente Fox decretó la extinción del organismo público descentralizado y abrogó su Ley Orgánica. El infame documento, por cierto, fue firmado por Santiago Creel y Enrique Jackson, quienes en aquel entonces fungían, respectivamente, como secretario de Gobernación y presidente del senado.

Tren de pasajeros mexicano, abandonado.

Un año antes de salir corriendo del país, hacia los brazos de su novia Tania Ruiz, el inicuo Enrique Peña Nieto decidió, como parte de un acuerdo miserable, aumentarle la concesión de explotación de la red por cinco años más a Ferromex.

¿Cómo no va uno a repudiar al PRIAN, si sólo se han dedicado a saquear al país, traicionar a la patria y robarle las ilusiones de millones de mexicanos?

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