Cuando, dos años después del 2006, la prensa nombraba a Andrés Manuel López Obrador, siempre se refería a él como si fuera un “cadáver político”.

Los “analistas” (en ese tiempo no se hablaba casi de redes sociales) de los medios de comunicación “analizaban” lo que significaba AMLO, y apostaban a que “no se levantaba”, y repetían que “los negativos” del plantón en Paseo de la Reforma y el Zócalo capitalino eran demasiados y que el “tabasqueño ya no iba”.

Machacaban con eso. Y mucho.

Si había una encuesta, resaltaban los “negativos” de AMLO. Los medios y sus analistas indicaban que eso demostraba que el ex jefe de gobierno de la Ciudad de México debía dedicarse a otra cosa, que ya nunca el pueblo de México lo querría. Que estaba derrotado. Que significaba fracaso.

Habían, pues, decretado la muerte política de AMLO. Era 2008 o 2009. Esos mismos personajes que decían eso, alababan las acciones de Felipe Calderón contra el crimen organizado, y decían que qué presidente tan valiente teníamos, pues nadie se había atrevido a enfrentar “a los malos”.

En 2013, pocos meses después de haber asumido como presidente Enrique Peña Nieto, los medios afirmaban que ahora sí Andrés Manuel López Obrador era un cadáver político, y que no, no se levantaba. Que no iba más.

Hacían análisis y afirmaban los comentaristas que ya era hora de nuevos vientos en la izquierda mexicana, que el liderazgo de AMLO, anquilosado y perdedor, era algo así como “tóxico”, y que el país, ante la nueva circunstancia (el retorno del PRI y el efecto Peña Nieto), precisaba una nueva izquierda que no oliera nadita a AMLO.

Decían que AMLO era ya inviable. Que con él, el progresismo del país jamás tendría éxito electoral.

AMLO en San Antonio Sinicahua, Oaxaca, México, 17 de enero de 2020.

Cada que se publicaba una encuesta, los analistas resaltaban que AMLO estaba peor que nunca, y que no se levantaría. Que ya no era lo que era. Que electoralmente significaba un lastre para la izquierda y que ya México debía prepararse para ser un México sin AMLO. Y que qué bueno.

Cinco años después de estas reflexiones y valoraciones de la mayoría de los analistas de los medios de comunicación, AMLO ganó la presidencia como nadie lo había hecho: con más del 50% de los votos.

Hoy, analistas, medios, comentadores de redes y bots, además de actores de la sociedad civil, hacen lo que han hecho siempre desde hace varias años: buscar que AMLO parezca derrota, que el triunfo parezca fracaso.

No es nada nuevo. Lo han hecho desde hace muchos años, y se saben bien el guión.

Hoy, claro está, las circunstancias son distintas. AMLO no es “el perdedor”, sino que ahora es presidente, y como tal, tiene funciones ejecutivas y también el normal desgaste de quien gobierna.

Sin embargo, la prensa no trata a AMLO como lo hacía con los anteriores presidentes en sus primeros años. Hoy, el ejecutivo federal vive bajo el acecho de medios enojados porque se les redujo la publicidad oficial y de comentaristas que están molestísimos porque se les ha evidenciado como corruptos.

Todos los días la administración de AMLO ha sufrido el embate de los medios y, además, esto ha ido acompañado de campañas de bots en redes sociales.

Cualquier duda del gobierno, cualquier error, cualquier tema no bien manejado, es expuesto como el inicio “del derrumbe” de AMLO. Y esto ha tenido cierto efecto. Y con las encuestas recién salida, hoy decretan no que López Obrador sea un cadáver político (como lo hacían antes), sino que lo que hoy afirman es que AMLO resultó fracaso rotundo y que ya los mexicanos que votaron por él no deben tener esperanzas.

Así pues, no es la primera vez que quieren acabar con AMLO. Y esta percepción que buscan imponer de que todo lo relativo al tabasqueño va mal, es una percepción igual a la que han buscado imponer durante muchísimos años.

Las esperanzas es lo que llevó a la gente a confiar en AMLO en 2018. Las esperanzas fueron las que evitaron que AMLO no se convirtiera en un cadáver político durante más de 16 años.

AMLO en Campeche

Hoy hay un gobierno distinto que está cambiando al país. Evidentemente, esto no se hace ni en un día ni en un mes ni en un año. Pero las transformaciones van, y están encaminadas a que haya justicia, y más equidad, y que la gente, toda la gente, tenga bienestar.

No son tiempos de dejarnos vencer por quienes nos quieren hacer creer que nos equivocamos.

Son tiempos buenos: y no nos deben robar eso. Si hay errores, que se corrijan, y hay canales para exigir eso. Pero no nos dejemos vencer por quienes quieren convencernos que, lo que logramos y estamos logrando, es un fracaso.

No es la primera vez que quieren acabar con nuestra esperanza. Nunca han podido. No tienen hoy por qué poder.