¿Con quiénes cuenta la dictadura salinista para perpetuarse hasta 2024? Dos de los tres aspirantes a suceder a Peña Nieto, por parte del PRI —Nuño y Chong— se quemaron. El tercero —Videgaray— saldría del congelador si gana Trump. Por fuera del grupo, Manlio Fabio Beltrones, que aguarda agazapado, no correría mejor suerte que Roberto Madrazo en 2006. Nombres aparte, el desprestigio del PRI es mayor que en 1999, con una gran diferencia: esta vez el PAN carece de un carismático fanfarrón taquillero como Vicente Fox.

En la cúpula del PAN disputan la candidatura una mujer sin atributos —pero con una muy larga cola que le pisen— y un muchachito altanero y trepador sin ideas propias ni materia gris para producirlas. Pero detrás de Margarita Zavala (títere de su esposo genocida) y la cabeza hueca de Ricardo Anaya, se está levantando la sombra perniciosa de un maligno casi, casi dibujado por Walt Disney, una especie de Cruela de Vil sin melena pero con las mismas garras: Rafael Moreno Valle.

Los candidatos del bipartidismo mexicano.

Los candidatos del bipartidismo mexicano.

Y parémosle de contar. Hasta ahí llegan los “recursos humanos” del bipartidismo. Para dispersar el voto de la inmensa mayoría de la población damnificada por los estragos políticos, económicos, sociales y humanitarios de este sexenio que apenas duró cuatro años, la dictadura apuesta a los candidatos independientes: Jorge G. Castañeda, Denise Dresser, Marta Lamas, el Bronco, Pedro Ferriz de Con, Miguel Ángel Mancera, Gerardo Fernández Noroña, Isabel Miranda de Wallace y el subcomandante Marcos tras la máscara de una eventual indígena zapatista.

Ninguno de estos personajes posee atractivos físicos, químicos o retóricos para que la gente voltee a verlos como una “esperanza”. Aunque son sostenes de un gobierno populista de derecha —Peña compró cinco millones de votos con dinero del narco, regaló once millones de televisores, prometió abundancia y prosperidad a cambio de “reformas estructurales” que multiplicaron la miseria, el desempleo, la violencia y la inseguridad pública, pero trasladaron los recursos estratégicos del petróleo y del gas a las manos de unos cuantos— tanto los candidatos del bipartidismo como los independientes condenarán el “populismo” de López Obrador.

Los "independientes" al 2018

Los “independientes” al 2018

Con una predecible excepción, unos y otras insistirán en que “vamos por el camino correcto”, en que las reformas “deben ser profundizadas y aplicadas con más eficacia”; no faltarán quienes “descubran” que “no dieron los resultados que se esperaba de ellas debido a la corrupción” y la nota discrepante correrá a cargo de quienes señalen —con dedicatoria especial a los jóvenes y con argumentos inobjetables— que la culpa de todo es del capitalismo y que, para culminar su largamente aplazada destrucción histórica, no deben perseguir metas de corto plazo, sino aprovechar la coyuntura electoral para educar al pueblo en la doctrina de la “izquierda anticapitalista”, que alcanzará sus objetivos dentro de 300 años.

Nuestra “normalidad democrática” —eufemismo acuñado por Pepe Woldemberg, creador del IFE— no está preparada para que tengamos en 2018 “elecciones cada vez más competidas” —también es de Woldemberg este concepto— porque el modelo que en 1982 nos impusieron el FMI y el Banco Mundial se ha quedado, por lo menos en México, sin cuadros capaces de mantenerlo vigente: hay que ver la indigencia intelectual y la incapacidad operativa del equipo que forma el primer círculo de Peña Nieto: no sólo sus hombres y mujeres de mayor confianza no sirven para nada bueno, tampoco tienen discurso ni proyecto.

Peña Nieto con algunos de los integrantes de su gabinete. Foto: Especial

Peña Nieto con algunos de los integrantes de su gabinete. Foto: Especial

Poco a poco, durante los últimos 34 años, los neoliberales han llevado a cabo todos los cambios profundos que según ellos eran indispensables para dejar atrás paternalismo de “papá gobierno”, que frustraba las potencialidades creativas de los empresarios privados y nos obligaba a endeudarnos para subsidiar el bienestar de millones de pobres inútiles. ¿Y qué pasó? Con todas las reformas “estructurales” puestas en marcha, en estas tres décadas la de México ha sido la economía que menos creció en América Latina y la deuda externa aumentó 100 por ciento, sólo entre 2012 y 2016.

Propongo, si no les molesta, que demos unos cuantos pasos hacia atrás para observar a nuestro país frente a las elecciones presidenciales de Estados Unidos, donde los polos que tradicionalmente han dado vida al bipartidismo del imperio son, para los demócratas, la industria de las armas y, para los republicanos, la industria del petróleo. Ambas, desde luego, se complementan.

Donald Trump y Hillary Clinton

Donald Trump y Hillary Clinton

No es casual que tras ocho años de gobierno de Bush, que se adueñó del petróleo de Irak, y ocho años de gobierno de Obama, que provocó guerras por doquier para generar un auge en las ventas de las máquinas que matan, Estados Unidos hoy tenga las mayores reservas de petróleo de la historia, lo que explica la prolongada baja de los precios.

Para los republicanos, esto ya no es negocio. Tampoco lo es para los rusos, cuyas reservas, sobre todo de gas, son las más importantes del otro hemisferio. Peor aún para ellos, la política belicista de Obama ha desatado una nueva carrera armamentista en Rusia (y otra en China), que tiene un costo económico insoportable. La guerra civil en Siria, que se ha extendido a Turquía e Irak, se intensificará si gana Killary y el petróleo seguirá a la baja.

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Una victoria de Trump —hipótesis menos alejada de la realidad conforme se acerca el 8 de noviembre— no sólo mejoraría las relaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin, ni se limitaría a liquidar al Estado Islámico —apoyado por Obama e Israel— en Siria, sino que reanimaría la industria petrolera e impulsaría la subida de los precios, algo que sería muy beneficioso, no para México sino para la oligarquía mexicana que nos robó el más importante de nuestros recursos estratégicos.

Si gana Killary, continuará entre nosotros la “normalidad democrática”, valga decir, la guerra y el genocidio, bajo la conducción de una mujer que también sería la “primera presidenta de la república en nuestra historia”. Si gana Trump, se desmadraría la política interna de Estados Unidos y aunque sin duda se tragaría sus palabras en cuanto al muro y la deportación de cinco millones de mexicanos, la sustitución de políticas públicas y las reacciones de los sectores populares que esto vendría a suscitar, exigirían por parte de México la llegada al poder de un gobierno capaz de conjurar el caos de acá mediante la aplicación de programas sociales en beneficio de la población más vulnerable, el rescate del Estado, la promoción de la justicia, el mercado interno, el empleo, la educación y la investigación científica.

Defensa-del-Petróleo

¿Cómo se financiarían esos programas? Entre muchas otras medidas, con la abolición de la reforma energética —a través de un plebiscito— y una nueva nacionalización de los hidrocarburos (un “escándalo” que ayudaría a subir los precios en el mercado internacional). Pero gane quien gane en Estados Unidos, debemos saber que en México la dictadura salinista apelará con todos sus mecanismos criminales al fraude electoral en 2018. Es por eso que todas las fuerzas sociales —desde las que luchan por el rescate del campo y la reivindicación de los pueblos indios hasta los movimientos urbanos— y todas las fuerzas productivas —excluidas por el oligopolio que concentra los monopolios del salinismo— deberían empezar discutir, entretejer y formar un frente amplio que primero tome el poder —como lo hizo la gente en Bolivia, en 2003 y 2004— y después gane las elecciones.

Hasta ahora hemos hecho las cosas al revés —vamos a las elecciones con el propósito de tomar el poder para suprimir la dictadura— y nos paran en seco, “haiga sido como haiga sido”. Si hay voluntad política, la candidata del Congreso Nacional Indígena, por ejemplo, muy bien podría ocupar un cargo en el primer gobierno antisalinista después de 36 años, con la bendición o a pesar de Marcos, que a estas alturas no es ni mucho menos un “enemigo” o un “adversario”, sino, después de 22 años de haber entrado en escena, es tan sólo un cartucho quemado, otro de los múltiples cartuchos quemados del neoliberalismo.