Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

19 de diciembre de 2017.- Quieren bañarlos de pueblo. Fotos con la señora que hace chilaquiles en una fondita de un lugar olvidado del PAN y del PRI; foto con los pobladores de un pueblito al cual solamente visitan porque tiene la característica de ser pobre. Fotos con indígenas, fotos con los habitantes de una colonia donde abundan las carencias y nunca sobra nada; fotos junto a la desdicha, a la carencia, fotos junto al país que ellos han ayudado a construir. Fotos, fotos y más fotos, siempre y cuando salgan sonriendo. Haciéndose populacho.

El que viaja en aviones “comerciales”

A José Antonio Meade lo mandaron en “línea comercial” a Chiapas, para que allá inaugurara su precampaña electoral. Fueron tan burdos que pagaron varias notas en casi todos los periódicos de circulación nacional: “Meade se transporta en avión comercial a Chiapas”. Y en la foto que acompañaba a la “información” se ve a Meade sonriendo, junto a su esposa, ambos caminando por el aeropuerto de la ciudad de México, como si fueran iguales a los demás pasajeros. Miren, miren, miren: su candidato del PRI es uno más.

En Chiapas, al señor que ha estado disfrutando de la buena vida en gobiernos del PAN y del PRI, que suele viajar en aviones privados, que ha comido en los restaurantes más lujosos del orbe, que se ha hospedado en los hoteles más costosos del mundo, a ese señor lo vistieron con las ropas tradicionales y lo pusieron a caminar en las calles llenas de pobreza.

Todo sea por acercarlo un poquitín al pueblo.

Que sea vea que José Antonio Meade, el candidato del PRI a la presidencia la República, es uno más del populacho. Nada de un señor distinguido que va a lugares distinguidos en transportes distinguidos con personas distinguidas. No, nada de eso. Hay que hacer de Meade a una gente “cercana al pueblo”.

Estrategia de campaña. Sólo eso.

Fotos, fotos y más fotos. Meade sonríe, Meade aprieta las manos. Está actuando, y a veces, de repente, se le nota en su rostro la incomodidad, el “fuchi”, lo que siente con tanto contacto con la plebe. Pero lo tiene que hacer. Si para ganar la presidencia tiene que soportar esa cercanía con la gente, lo hará. Los pinos bien valen esos momentos incómodos.

El roquero de Neza

A Ricardo Anaya, los que lo quieren, le dicen que es “el chico maravilla”. Un joven preparado, con dinero, de buena familia. Un muchacho que supo cortarle la cabeza a todos sus rancios enemigos políticos del PAN. Que puso a ese partido en sus pies y que fue tan sagaz que lo unió con las “izquierdas”. Dicen de él que mejor opción para gobernar a México no hay. Lo alaban. Lo idolatran. Lo admiran.

Pero, argumentan sus asesores de imagen, tiene un problemita: su carisma no lo acerca a la gente, al “populacho”. Por eso, los que piensan su campaña política, han decidido ponerlo juntito al pueblo y repetir que harán una campaña “austera” aunque ya lleven muchos millones de pesos gastados en ella.

Por eso lo pusieron en una plaza de un pueblo de Querétaro a hablar de la austeridad, de la justicia, de la igualdad, de la gente que trabaja, de la gente que con sus manos hace muñecas. Lo pusieron a hablar de eso aunque él, jamás, en sus viajes al extranjero, haya pensado en ello.

Por eso, también, lo pusieron junto a Juan Zepeda paseando en Nezahualcóyotl y cantando en un pequeño localito (muy austero, claro está) una “rola” del TRI (como si el TRI fuera sinónimo de “populacho”).

Sí, juntarlo a Juan Zepeda, el pasado candidato del PRD al gobierno del Estado de México que se negó a apoyar a Morena y que gracias a ese no apoyo, le permitió al PRI mantenerse en el poder en dicha entidad. Sí, el mismísimo Juan Zepeda que fue el único candidato perdedor en la elección del Estado de México que asistió a la toma de posesión de Alfredo Del Mazo, y que con sonrisa enorme, lo felicitó y lo abrazó y casi lloró.

Junto a ese Juan Zepeda, con guitarra y logotipo del Che Guevara, pusieron a Ricardo Anaya para que dijera la frase “para cambiar al régimen, somos [Juan Zepda y yo] de la misma banda”.

Sí, a Ricardo Anaya lo quieren hacer del pueblo: una persona cercana a la gente. Y él, claro está, sigue las instrucciones. Aunque a veces (como a José Antonio Meade) en el rostro se le note incomodidad con tanto contacto con la gente, con tanto acercamiento con la plebe, esa plebe que no habla ni inglés ni francés…

Primero el baño de pueblo, después la elección

José Antonio Meade y Ricardo Anaya están a prueba. Quien logre colocarse mejor en estos meses, será el candidato de todos los que quieren que Andrés Manuel López Obrador no sea presidente de México. Por eso, la prensa, un día le cala con Meade y al otro con Anaya. Quieren medirlos, analizar quién tiene mejores posibilidades. También lo hacen en redes sociales: ¿Quién sube más? ¿Quién tiene mejores comentarios? ¿A quién le podemos meter más dinero?

Ellos están a prueba. De aquí a cuatro meses, los que dominan el país, decidirán con cuál van. A quién apoyan y a quién dejan de apoyar.

Pero, como ambos candidatos son tan distantes del pueblo, les están dando en estos momentos su baño de “populacho”. Aunque ellos, a Meade y a Anaya, claro está, eso de acercarse a la gente les moleste. Les resulte incómodo.

Pero lo hacen, y lo hacen porque quieren ser presidentes del país. Nada más por eso. Son pirrurris queriendo ser pueblo (un ratito y nada más).