A Samir Flores, por la justicia

Desde hace mucho son temas de debate público en México -en la academia y la política- el ideario y referentes de Andrés Manuel López Obrador, hoy Presidente de México, cuya relevancia en la vida pública comenzó a despuntar en los años ochenta de forma regional y posteriormente de manera nacional.

A raíz de ello, se trata de un personaje muy construido por diversos autores (fundamentalmente del periodismo y las Ciencias sociales), pues sobre él y su quehacer político se ha corrido mucha tinta desde diversas aristas: su biografía, su entorno, su activismo social, su labor burocrática, su trayectoria política. No se puede desdeñar el aporte que esos autores han hecho para hacer una radiografía ideológica de AMLO, pues aunque muchos hayan partido de perspectivas partidistas a su favor o en su contra (lo cual no es necesariamente un defecto, pues la objetividad no existe, y menos en política), en algo han contribuido para desentrañar la complejidad que cualquier persona, máxime un líder social, es.

Pese a esos aportes, empero, hasta hace no mucho tiempo, poco se sabía de las influencias y adhesiones políticas del tabasqueño en diversos momentos clave de su formación y trayectoria biográfica. Desde que AMLO comenzó a destacar como líder político nacional, muchas voces, de manera reduccionista (cuando no simplona) se limitan a decir que el tabasqueño “es un político de ADN priista”.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador. Foto: Especial

A veces, con un poco más condescendencia pero igual falta de rigor, sólo se asume que es un “ex priista”. Como si el PRI de antes de los ochenta no fuera un muy complicado conglomerado donde cabían expresiones ideológicas disímiles, y donde tenían presencia personajes de muy diferente ralea: desde políticos honestos y lúcidos (como el maestro Ortiz Pinchetti, por ejemplo) hasta sátrapas desvergonzados, como el potosino Gonzalo N. Santos, sintetizador de una consigna ética que aún opera en cierto sector del tricolor: “la moral o es un árbol de moras o sirve para una chingada”.

La complejidad priista se redoblaba en Tabasco, lugar de nacimiento de AMLO y sede de su debut profesional, donde la oposición prácticamente no existía (por ejemplo, el PAN en esos lares y en ese tiempo apenas y alcanzaba un cuatro por ciento de votos en las elecciones) y toda carrera en la política o la administración pública parecía que debía hacerse en el PRI, so pena de permanecer en la pura contemplación.

No se trata este texto de reconstruir paso a paso la biografía de AMLO y resaltar a sus mentores y su formación axiológica. Solamente se pretende destacar un punto interesante. En estos días (y también en meses previos) es curioso ver cómo gente como Jorge Castaňeda, Roger Bartra, Jorge Javier Romero, Isabel Turrent, Enrique Krauze y otros (varios de ellos escritores de polendas, otros, voces estridentes en el debate público mexicano), han publicado sendos análisis donde pretenden encasillar en algún marco ideológico a AMLO, para con ello tratar de explicar su proyecto o hacer inferencias sobre el cauce de su gobierno.

Enrique Krauze. Foto: Especial

Varios de esos análisis, sin embargo, no nacen de una documentación mínima, ni de una exploración cuidadosa, matizada. Se trata de etiquetaciones prejuiciadas, empeoradas por el hecho de ser emitidas no desde la especialización, sino desde la arrogancia. Tenían ellos a la mano diversas fuentes verificadas para contrastar sus prenociones, pero ideólogos como Turrent, Bartra, Krauze o Castañeda prefirieron simplemente darles rienda suelta, o, en el peor de los casos, recurrir a la imaginación paranoica.

No es espacio para cuestionar todos los dichos vertidos en esos textos. Sólo señalo la brújula perdida que comparten: para Bartra (desde 2012 lo sostiene) AMLO y Morena representan una “quimera reaccionaria” cercana a la derecha; para Krauze es un personaje “de extrema izquierda”, para Turrent representa una especie de “neosovietismo” y para Castañeda es un “marxista de la Facultad de Ciencias Políticas” (de la UNAM).

Preeminente es la manera en que llegaron a tales conclusiones. Bartra nos dice que AMLO añora un pasado que no necesariamente fue mejor, y como en el pasado gobernaba el PRI, pues AMLO es un priista de derechas disfrazado de la izquierda. Sorprende cómo han hecho Turrent y Krauze para ubicar ideológicamente a AMLO en el izquierdismo ultra o la Unión Soviética, y esa fantasía sería risible de no ser porque varios la toman en serio (aunque estaría interesante un debate entre Bartra y Turrent-Krauze para que por fin se decidan, como críticos del tabasqueño, en decirnos por fin si es comunista de extrema derecha o derechista soviético o todo lo contrario).

En el caso de Castañeda, la cuestión es preocupante. Atañe a AMLO un “marxismo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM de los setenta”. Su base es personal: como el ex canciller foxista dio clases ahí muchos años parece sentirse capacitado para leer la mente de todos los miembros de esa comunidad, y, además, corroboró su idea porque vio que AMLO usó una frase muy parecida a una tesis de Marx, relativa a que “la Sociedad Civil se ha dedicado a analizar la realidad sin transformarla”.

Como integrante de la comunidad académica de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, y sin credo marxista conocido (aunque le extrañe a Castañeda), llevé a cabo una investigación sobre AMLO y el origen de Morena. Para ella, tomé como punto de partida a diversos autores (Zagal-Trelles, Avilés, Blanca Gómez, Zepeda Patterson, Mandoki, Bolívar Meza, y un largo etcétera) que habían ya contribuido a la comprensión del ex Jefe de Gobierno, mismos que, más allá de sus simpatías o reticencias, se habían tomado en serio su trabajo.

La labor académica emprendida fue una investigación de casi seis años, que incluyó indagación de gabinete: bibliográfica, hemerográfica, cinematográfica, documentación física y virtual; a la par de una serie de entrevistas de profundidad en donde tuve oportunidad de dialogar con el propio AMLO, su entorno familiar, colaboradores, críticos y personajes clave en su formación, incluidas entrevistas con varios de sus mentores clave (entre ellos dos de sus notables influencias: los maestros Raúl Olmedo y González Pedrero). Mi intención no era escribir una biografía más del tabasqueño, sino hallar en ella algunos puntos nodales de su ideario en momentos clave de su formación política y personal, para saber de qué modo eso impactó en su posterior liderazgo en la conformación de todo un partido político que hoy es primera fuerza electoral del país.

Reconstruir ese proceso fue una inversión de tiempo e indagación enorme. Y a pesar de eso, al igual que muchos de los autores que han escrito sobre la biografía y trayectoria de AMLO, debe entenderse esa labor académica solamente como una aproximación, una contribución documentada y contrastada que pretende llevarnos a un acercamiento comprensivo al personaje. De ahí que extrañe el reduccionismo y tono pretencioso en que los aludidos pretendan encasillar a AMLO en alguna etiqueta. El dinamismo y carácter procesual de los personajes históricos y los hechos sociales no permite tal altanería.

Luego de revisar esa trayectoria de AMLO, y con suma cautela, puede decirse que se trata de un personaje en quien siempre ha primado la historia de México por encima de otros elementos. A Jorge Castañeda le extrañará saber que en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, cuando AMLO era estudiante, había un intenso debate marxista del cual el tabasqueño no era un partícipe preeminente, pues, como los indicios de su tema de tesis, participaciones políticas y selección de profesores durante sus años universitarios exponen, AMLO estaba más preocupado por la República restaurada, los liberales juaristas, las luchas políticas de Rafael Galván y la historia regional. Si bien tenía como buen referente a Salvador Allende, más parecía serlo en el ámbito moral que de políticas programáticas socialistas.

En ese largo trayecto biográfico, a la luz de las fuentes y datos disponibles, encontramos a un político que ante todo ha puesto atención en la historia mexicana para labrar sus ideales, y que ha seguido el ejemplo de praxis política de Carlos Pellicer, un poeta muy comprometido, que para tomar decisiones como senador, en lugar de sólo abordar libros, se iba a ras de suelo a mirar de cerca a las comunidades sobre las que iba a legislar, y a preguntarle a organizaciones de esos lugares qué carencias había, en tiempos donde el complejo PRI casi siempre emitía directrices incuestionables desde arriba.

AMLO en Tabasco, en 1995.

La concentración en la soberanía y la denuncia pública contra el enriquecimiento desde el poder que AMLO enarbola, poco tiene que ver con la Liga de los Justos o con la literatura comunista. Parece enmarcarse más en el “nacionalismo constructivo” (referente fundamental de las izquierdas en el Siglo XXI en toda América Latina) y en las investigaciones periodísticas sobre la corrupción en Pemex desde los años ochenta (aunque con un acento especial en el año 2008, cuando la Reforma energética de Calderón).

A pesar de todo, el investigador que trabaja un tema, por mucha profundidad que ello conlleve, no puede erigirse como un etiquetador infalible en la materia. Con humildad, debemos reconocer que nuestro trabajo apenas genera aportes y elementos comprensivos.

Por eso sorprende cómo diversos analistas haciendo gala de pedantería cuando no de nítida paranoia, les basta una sola frase de AMLO, o un hecho aislado, para, a partir de ahí, encasillarlo en alguna ideología y a continuación crear fantasmas de humo en donde se quejan de dicho ideario. En el colmo de la ensoñación febril, hace unos días, Raymundo Riva Palacio comparó indirectamente a AMLO con el genocida Pol Pot porque según él, ambos hablaron de una “regeneración de la vida pública”. Si este sujeto tuviera un mínimo decoro y seriedad al escribir, sabría que desde hace quince años está publicado que la inspiración de AMLO para esa frase viene no de la selva camboyana de los setenta… sino de un lúcido ensayo del intelectual mexicano Daniel Cosío Villegas publicado hace más de medio siglo (“La Crisis de México”, de 1948).

El Presidente Andrés Manuel López Obrador. Foto: Especial

Que Turrent le diga “soviético” o Castaňeda “marxista” a AMLO en un tono delator; (una especie de Macartismo tropical), o que Riva Palacio diga semejante atrocidad, serían anécdotas chistosas de no ser porque tienen adeptos de cuya ignorancia abusan y porque la febrícula heredada de la Guerra fría (que ha llevado a diversos golpes de estado, duros y suaves, en los siglos XX y XXI en América Latina, como demostró Marcos Roitman) aún persiste.

Como los hombres que critica Sor Juana, esos comentaristas actúan en su denuedo y proceder loco, cual hombre que pone el Coco… y luego le tiene miedo. Había muchas fuentes a la mano. Había muchos trabajos que consultar antes de espetar especulaciones sobre el pasado ideológico y futuro desastroso de AMLO. Así las cosas en el debate público mexicano, donde varios analistas hacen comentarios carentes de todo sustento cual si fueran aportes intelectuales, cuando sólo son etiquetas fóbicas que hablan más de ellos que del personaje que presuntamente analizan.