La Cuarta Transformación significa mucho más que un slogan de gobierno, que una pretensión voluntarista de cambio o que un tradicional relevo de funcionarios. Por el contrario, esta masa de 30 millones de voluntades que decidieron dar su apoyo a Andrés Manuel López Obrador, expresaron de forma contundente su cansancio a la forma en la cual se había venido desarrollando la economía nacional. La Cuarta Transformación es, desde esta perspectiva, un mandato popular: no más neoliberalismo.

La renuncia de Carlos Urzúa, por tanto, significa la posibilidad de analizar cuáles son las fronteras entre una economía neoliberal y una economía -digamos por lo pronto- alternativa. ¿bajo qué referentes podremos medir el éxito o no de la Cuarta Transformación?

Mi impresión de Urzúa en su entrevista a Proceso sobre los motivos de su renuncia es la de ser un tecnócrata, un especialista con alta calificación técnica pero sin una lectura sólida del movimiento político histórico en el que se desenvuelven los problemas económicos que se enfrentan. El mandato popular respaldó el principio Por el bien de todos, primero los pobres, aunque parece que Urzúa leyó: Por el bien de la estabilidad macroeconómica, primero los mercados. Es necesario recordar que la estabilidad macroeconómica es una condición necesaria, pero no suficiente para modificar la estructura productiva del país. De esto depende el éxito de la transformación.

Carlos Urzúa, ex secretario de Hacienda. Foto: Especial

La Cuarta Transformación es una guerra de posiciones –a lo Antonio Gramsci– donde se encuentran en disputa los espacios determinantes para fijar el rumbo de la economía y la clase beneficiada. La refinería de Dos Bocas, por tanto, representa no sólo un tema de costos, sino de alcanzar un mayor grado de libertad frente a la dependencia energética en la que nos metieron los neoliberales. Se trata de impulsar la actividad en el olvidado sur mexicano.

Desde esta óptica me parece que Urzúa alcanza sólo a plantear soluciones de corto plazo para no asustar a los mercados, cree en los grandes proyectos, pero no en los que necesiten tanto tiempo para evolucionar, recomienda en su lugar: carreteras y continuar con la exploración de petróleo para su exportación como materia prima y no como derivado con alto contenido de valor agregado. Es decir, la visión del ex Secretario de Hacienda prefiere la seguridad y estabilidad aunque esto signifique mantener la misma estructura productiva. Por lo tanto, en esencia, es conservador.

Urzúa, en cuanto economista se autodenomina como post-keynesiano, lo que significa que tiene una visión crítica de la rigidez de los principios de la escuela neoclásica, pero no rebasa la concepción atomística, individualista basada en maximización de ganancias, de ahí que su diferendo con los grandes proyectos como la refinería de Dos Bocas o el Nuevo Aeropuerto Internacional de México se reduzca a motivos de costos. Es inmune a temas como el de soberanía que se consigue con una refinería o el desmantelamiento de grandes negocios que, a nombre del Estado, enriquecen a unos cuantos, como es el caso del aeropuerto de Texcoco.

El ex secretario de Hacienda Carlos Urzúa y el Presidente López Obrador. Foto: Especial

Es necesario recordar que las economías son una dualidad conformada por la esfera de la producción y la distribución. Urzúa piensa que se puede arreglar el problema que se ha planteado la Cuarta Transformación mediante una reforma fiscal, es decir, por la vía exclusivamente distribucionista, sin percatarse de los cambios necesarios que se tienen que dar en la producción misma: no sólo tiene que cambiar la forma en la que nos repartimos lo producido, sino la forma en la que se produce.

La desigualdad no viene de una mala distribución fiscal sino de la estructura productiva histórica en la que nos ha dejado el neoliberalismo: un país de maquiladoras, dependientes de las remesas, con un sector agropecuario destruido y un muy difícil acceso al crédito productivo. Una maquinaria completa de desigualdad.

La economía nacional es grande cuantitativamente hablando, pero su integración cualitativa es débil, el cambio en la forma de producción es la raíz para poder transitar del marasmo neoliberal a una economía alternativa con un entramado social distinto. La Cuarta Transformación se medirá en el grado que pueda alcanzar de independencia económica estratégica nacional.

El ex secretario de Hacienda Carlos Urzúa y el Presidente López Obrador. Foto: Especial

Todo lo demás, parece un pretexto. Urzúa acusa al jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, de conflicto de intereses, pero dice que no le consta. Asegura que Romo intentó controlar Hacienda y Economía pero que el Presidente no lo permitió, que incluso él mismo hubiese preferido estar en Instituto Nacional de Estadística y Geografía o en el Banco de México, es decir, no se sintió cómodo con la nueva política económica en ciernes.

Por ello, no me queda duda, Urzúa es el último tecnócrata, un neoliberal de transición. Un personaje que ha abierto, por su oposición, la caja de pandora de lo que significa en el fondo esta Cuarta Transformación. No olvidemos que este suceso provoca que López Obrador fije con mayor precisión el principio humanístico de la nueva economía por construir.

Ahora el balón lo tiene Arturo Herrera, quien deberá privilegiar el talento para poder ver más allá de los principios dominantes. Será un nuevo e interesante capítulo para conocer los alcances de esta transformación en curso.