Desde que recuerdo, Andrés Manuel López Obrador ha dicho que uno de los más graves problemas de México es la corrupción.

Durante muchos años ha luchado contra este mal. Lo hizo en Tabasco, lo hizo cuando dirigió al Partido de la Revolución Democrática (PRD), lo hizo en la Ciudad de México y lo ha hecho desde la oposición, señalando los nefastos efectos que tiene la corrupción en México.

Evidenciar robos como el Fobaproa o la venta de los recursos naturales mexicanos, señalar el tráfico de influencias y combatir los fraudes electorales, la compra de votos, y un largo etcétera, han sido las formas en cómo AMLO ha luchado desde la oposición contra la corrupción.

AMLO cuando fue candidato en el 2000 por el PRD a la jefatura del Gobierno de la Ciudad de México. Foto: Especial

En su último libro, 2018. La salida. Decadencia y renacimiento de México, AMLO dedica más de la mitad del texto a explicar los efectos nocivos de la corrupción y a plantear estrategias para eliminarla.

Que AMLO haya nombrado a Irma Eréndira Sandoval Ballesteros en la Secretaría de la Función Pública es una señal positiva y evidencia la importancia que para el actual presidente electo tiene el combate a la corrupción. Y es que colocó en dicho puesto estratégico a una mujer académica especialistas en la temática.

Por eso resultan absurdas las críticas en contra de AMLO por una declaración sobre Rosario Robles, una declaración a la cual, muchos reporteros, sacaron de contexto.

Rosario Robles. Foto: Especial

Andrés Manuel mencionó que él no apuesta a los golpes espectaculares como camino para combatir la corrupción, pues como se han usado, no han servido de nada. La apuesta de AMLO es una política anticorrupción integral.

La explicación que dio AMLO en una charla con reporteros el sábado pasado (de donde salió la “polémica” declaración sobre Robles), fue sobre la corrupción, la mafia del poder, los arreglos que hay en esa mafia y el gran entramado que hay que ir deshabilitando para que se acabe.

En ningún momento AMLO dijo que Rosario no era culpable, y lo dejó claro: si hay un proceso en contra de la ex perredista (hoy peñista) será cosa del poder judicial, como corresponde. AMLO no es juez, será presidente.

 

En la política mexicana siempre ha habido chivos expiatorios (culpables o no) que supuestamente purifican a una administración cada inicio de sexenio, pero que en realidad lo único que han hecho es tapar el sol con un dedo. Es decir, esos “grandes golpes” no han servido de nada: son notas de unos días y ya. No modifican estructuralmente el problema de la corrupción en el país, que al contrario ha tendido a aumentar.

Y por eso Andrés Manuel explicó que él iba por una política seria, que atacara a la corrupción desde la raíz y no con chivos expiatorios que estuvieran en la cárcel unos años.

La política anticorrupción de “golpe espectacular” no ha implicado en el país un cambio y los gobiernos anteriores tienen ejemplos de ello (desde “La Quina” hasta “La maestra”).

Sorprende, pues, que muchos “analistas” serios estén ahora hablando de “los perdones” de AMLO a los corruptos, y de la falta de “claridad” en cuanto a la política para detener este mal en el país.

O son muy ignorantes esos analistas de lo que es y ha sido AMLO, o simplemente su odio les gana.

El chiste es acabar con la corrupción en el país. Y hacerlo, evidentemente, implica más que declarar que Rosario Robles es corrupta y estará en la cárcel. Esa política de chivos expiatorios (culpables o no) vía declaraciones petulantes no sirve ni ha servido. Y Andrés Manuel lo tiene claro.