No se necesita rigurosamente escribir en verso para ser un poeta. La poesía siempre ha trascendido la barrera ficticia de los géneros literarios. Latinoamérica está llena de poetas que nunca escribieron “poesía”. Un claro ejemplo de ello puede ser el caso de Víctor Jara, Chico Buarque y Silvio Rodríguez en la música, como puede ser en la narrativa Rulfo, Onetti o Sábato.

El lirismo, la metáfora social y la construcción política, crítica, histórica, periodística y literaria de Eduardo Galeano lo afianzaron como un escritor poético y simbolista, a pesar de escribir en géneros supuestamente “alejados” de la poesía.

Su estilo creativo está amalgamado a su reflexión y crítica social, convirtiéndolo en uno de los últimos creadores latinoamericanos, preocupados y esperanzados aún por la unidad de los pueblos de América Latina. A través de sus diversos libros de narrativa periodística, documental, ensayo y ficción, incluyendo relato, el autor desenvolvió mecanismos metafóricos, imaginativos y críticos.

El escritor Eduardo Galeano. Foto: Especial

A través de sus libros como Los hijos de los días, El libro de los abrazos, Espejos, Patas arriba: la escuela del mundo al revés, Las palabras andantes, Bocas del tiempo y Ventanas sobre el tiempo, (por el simple trámite de mencionar algunas de sus obras con mayor carga lírica), Galeano legó a los latinoamericanos y al mundo entero una prosa llena de esperanza, de rabia, de valentía, libertad e impulso social, dirigido hacia las minorías y los movimientos de resistencia.

Una antología formidable de los textos poéticos de Galeano está disponible gratuitamente en pdf, realizada por la editorial Biblioteca Virtual Omegalfa.

A continuación se muestran extractos de poemas, algunos incluidos en la antología mencionada, que el escritor uruguayo redactó.

También se inserta un breve escrito futbolero sustraído del libro El futbol a sol y a sombra (una de las grandes pasiones de Galeano), único en su estilo, donde el maestro describe con prodigio y con un imaginario majestuoso de narraciones en prosa que son construidas como auténticos poemas.

El escritor Eduardo Galeano. Foto: Especial

Versos llenos de simpleza y profundidad, de reflexión, de dureza, sentimiento y nostalgia rioplatense, con ese temple sencillo de un gran escritor que no pretende figurar como poeta porque no es necesario; un gran escritor fuera de los estilos rebuscados y tendenciosos que podrían llegar a adquirir algunos de los considerados “poetas”, generando una poesía inservible.

La poesía de Galeano es una poesía útil, valiosa. Sus textos y su poesía contienen la sutileza de la acción social, el coraje de quienes luchan y la voz de un luchador más que los representa y los seguirá representando como un legado y una guía artística humanitaria necesaria para todos aquellos que continúan esperanzados en otra América Latina.

El Bosco

Un condenado caga monedas de oro.
Otro cuelga de una llave inmensa.
El cuchillo tiene orejas.
El arpa ejecuta al músico.
El fuego hiela.
El cerdo viste toca de monja.
En el huevo, habita la muerte.
Las máquinas manejan a la gente.
Cada cual en lo suyo.
Cada loco con su tema.
Nadie se encuentra con nadie.
Todos corren hacia ninguna parte.
No tienen nada en común, salvo el miedo mutuo.
—Hace cinco siglos, Hieronymus Bosch pintó
la globalización— comenta John Berger.

 

Día de los desaparecidos (Agosto, 30)

Desaparecidos:
los muertos sin tumba,
las tumbas sin nombre,
las mujeres y los hombres que el terror tragó,
los bebés que son o han sido botín de guerra.
Y también:
los bosques nativos,
las estrellas en la noche de las ciudades,
el aroma de las flores,
el sabor de las frutas,
las cartas escritas a mano,
los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo,
el fútbol de la calle,
el derecho a caminar,
el derecho a respirar,
los empleos seguros,
las jubilaciones seguras,
las casas sin rejas,
las puertas sin cerradura,
el sentido comunitario
y el sentido común.

LA NOCHE / 1
No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

LA NOCHE / 2
Arránqueme, Señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.

LA NOCHE / 3
Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

LA NOCHE / 4
Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.

Utopía

La utopía está en el horizonte.
Camino dos pasos,
ella se aleja dos pasos
y el horizonte se corre diez pasos más allá.
¿Entonces para qué sirve la utopía?
Para eso, sirve para caminar.

Ventana sobre el miedo

El hambre desayuna miedo.
El miedo al silencio aturde las calles. El miedo amenaza.
Si usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cáncer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad.

Los Nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

El hincha

Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.

Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.

Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.

Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.