De un momento a otro el mundo entero se paralizó, pero para nosotras no hay paz. Con la llegada del coronavirus, se perdió la “normalidad” en la que vivíamos y nuestras denuncias de la realidad y consignas por las que luchábamos, casi se hicieron humo.

Al día de hoy, en plena Fase 3, han muerto mil 069 personas por COVID19, según las últimas cifras oficiales. Pero existe una realidad que no podemos ni debemos negar, y es que aun con la pandemia, la violencia contra las mujeres no se ha tomado ninguna distancia.

Desde el 19 de marzo que murió el primer paciente por coronavirus hasta hoy, hubo aproximadamente más de 200 feminicidios, sin contar los que no se han verificado o faltan de contabilizar.

Pero no somos sólo una cifra o una estadística más, esta es una triste y cruda realidad. El feminicidio y las violencias no están en cuarentena. Se sigue violentando a miles de mujeres dentro de sus hogares, en sus trabajos, con sus familias y hasta en las calles.

No han parado ni un solo día el abuso sexual, la violencia psicológica, la violencia doméstica, el feminicidio, el acoso, la impunidad, la explotación o la discriminación. Estamos viviendo un doble confinamiento y la violencia no se toma descansos, va cobrando poco a poco más víctimas que cualquier otro virus.

Se han abierto canales y vías específicas, así como programas para combatir la llamada “violencia de género”, pero tenemos que pensar también en quienes no tienen acceso a estos medios y pugnar por otras alternativas.

Es necesario empezar a tomar nuevas medidas y replantearnos las formas en las que vivimos y en las que nos relacionamos con las y los demás. Es urgente implementar programas respecto a la contingencia por COVID19 que se ejecuten siempre con perspectiva de género por y para las mujeres, y a su vez, que atiendan a la desigualdad preexistente que ha prevalecido entre hombres y mujeres.

Tenemos que pensar en disposiciones que tomen en cuenta las diferentes categorías de desigualdad y discriminación que recaen sobre las mujeres, tales como su condición socioeconómica, su condición de migrantes o indígenas, su raza o etnia. Todos y todas tenemos que poner de nuestra parte y colaborar juntos. Sin olvidarnos de los lugares más alejados o con difícil acceso al apoyo que debe ser para todas las mujeres.

Hay muchas colectivas y organizaciones de mujeres que ahora mismo están llevando acciones desde la solidaridad y el amor, para combatir las violencias y para enunciar estos crímenes atroces, y sin embargo, necesitamos urgentemente que se vuelva una prioridad: la violencia contra las mujeres también es una emergencia nacional.

No podemos seguir romantizando la resistencia y las fortalezas de quienes tienen que sobrevivir a estos cautiverios, o seguir despertando cada día y ver una nueva nota roja de las desaparecidas, de más vidas apagadas, de los sueños que nos arrebatan.

Tendremos que seguir alzando nuestras voces, que sepan que nuestras ausencias pesan, que vamos a seguir luchando cada una de nosotras desde nuestras trincheras. Que sepan las mujeres que no están solas, que nos tenemos a todas. Y que sepan todos que queremos ser libres, no valientes.