Fifí es un junior de nuestros tiempos, conservador que no quiere un cambio, está a favor de un régimen autoritario y que finge ser un liberal.

Andrés Manuel López Obrador

Las peculiares protestas a bordo de automóviles convocadas el sábado 30 de mayo en contra del gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) hubieran pasado desapercibidas para la mayor parte de la población de no ser por un hombre que desde la ventana del transporte público gritó con voz de plomo a los inconformes: “Esta es la fuerza que mueve a México [mostrando su fuerte brazo]. Los obreros movemos a México. Pinches ridículos… Ustedes dividen”.

La escena revela la crisis que atraviesa la lógica neoliberal, que en el marco de esta pandemia ha entrado en una fase de descomposición aguda, mostrando la necesidad de construir nuevos arreglos sociales que reconozcan la importancia central de los trabajadores, no sólo de las empresas, en el proceso económico.

La estabilidad social del país y el bienestar de la ciudadanía sólo se podrán alcanzar a medida que comprendamos las profundas implicaciones de aquel reclamo y trabajemos en pro de ello. A continuación, se hace énfasis en dos aspectos del mensaje y su contexto:

a) las disparidades sociales que la pandemia ha hecho cada vez más evidentes; y b) el fin de la lógica neoliberal.

Pandemia y trabajadores

La escena del sábado retrata las disparidades sociales exacerbadas en medio de esta pandemia. Por un lado, un puñado de inconformes ocupaban los carriles centrales a bordo de automóviles, en su mayoría de lujo, a salvo y con la posibilidad de guardar sana distancia, mientras que, en el otro lado, en la orilla de la avenida las personas tienen que amontonarse para subir al transporte público, donde la sana distancia es una broma cruel.

El grito de ese hombre se ha convertido en la bandera de millones de trabajadores y trabajadoras que en medio de la pandemia arriesgan su vida diariamente para llegar a su centro de trabajo, mientras que sus patrones pueden darse el lujo de quedarse en casa.

Esta disparidad es parte de la nueva realidad. Si ya de por sí, para los trabajadores era terrible viajar en el transporte público, exponiéndose diariamente a la inseguridad, la violencia de género, las inundaciones… ahora hay que sumar otra amenaza más: el riesgo de contagio.

De ahí que, efectivamente, cobre sentido la frase de “pinches ridículos”, pues no son ustedes ‒pareciera decir el hombre de la voz de trueno‒ los que tienen auto de lujo, quienes realmente están sufriendo esta situación, sino nosotros, los que todos los días tenemos que viajar hacinados en una travesía que para muchos y muchas puede ser mortal.

No olvidemos que en varios lugares del mundo los picos de contagio han sido muy altos con relación al promedio nacional debido a las malas condiciones laborales y la exposición de los trabajadores al riesgo, como en Bérgamo, Italia (donde ocurrió una auténtica masacre) y en las franjas maquiladoras del norte de México.

Empero, más allá de esta escena y las reacciones que ha generado, el reclamo de este ciudadano representa un profundo cuestionamiento que hace añicos la lógica que sustenta el sistema neoliberal.

El fin de la lógica neoliberal

El neoliberalismo no es una simple ideología que promueve la naturalidad del mercado, es decir, una concepción del mercado como ente más eficiente que el Estado para organizar la vida social. Este enfoque sólo acentúa la faceta destructiva del neoliberalismo, conocida por los estragos sociales de las privatizaciones, la desregulación económica, la contracción del gasto público y la reducción de derechos laborales (por poner algunos ejemplos).

Quedarnos en esta concepción nos llevaría a pensar que el neoliberalismo se trata de un enfoque anti-Estado y que bastaría con un cambio de signo en las políticas públicas y de un Estado interventor para superarlo.

En realidad, la esencia del neoliberalismo, como lo sostienen varios autores, consiste en generalizar la competencia como norma de conducta social y hacer de la empresa privada el único modelo de subjetivación, al grado de promover entre los individuos “una relación consigo mismos como si fueran capital humano” (Laval y Dardot, 2014).

A partir de esta lógica, se justifican las desigualdades en términos individuales y de competencia: “el que es pobre es porque no le echa ganas” y “el que más tiene es porque se esfuerza”; trastocando así la mentalidad del individuo, quien es llamado a conducirse como si fuera una empresa. De esta forma, la creciente desigualdad social y la pobreza, que son los verdaderos fenómenos que mantienen dividido al país entre una minoría de ricos y una masa empobrecida, pasan a ser responsabilidad individual y no del modelo económico.

Desde esta lógica, por tanto, la empresa y el empresario se convierten en los elementos centrales para el avance la sociedad, ante los cuales el trabajador debe mostrar una actitud de agradecimiento por el empleo que le “conceden” y por la oportunidad que le brindan para “realizarse” como persona de “bien”.

La lógica que organiza el sistema neoliberal es que el empresario le hace un gran favor al trabajador al contratarlo. Y muchos trabajadores aceptan este maltrato por el temor al desempleo, fenómeno que propicia una gran cantidad de abusos hacia los trabajadores.

Esta terrible realidad se sustenta en una concepción tergiversada de las relaciones laborales y económicas, donde las empresas adoptan un papel casi redentor y a los trabajadores se les ve como un mero costo de operación. Tal enfoque ignora (o esconde) el hecho de que una empresa no es más que una actividad orientada a la maximización de ganancias individuales, la cual está muy lejos de perseguir objetivos sociales.

En realidad, los empresarios necesitan de sus trabajadores tanto o más de lo que éstos dependen de aquellos, porque si bien los primeros tienen el capital económico para invertir, son los trabajadores quienes realmente producen la riqueza al ser dueños de la fuerza de trabajo que transforma las cosas.

La ventaja que tiene el empresariado es la creciente masa de desempleados que están dispuestos a ocupar de inmediato el lugar que deja vacante un compañero, lo que permite al capitalista imponer sus condiciones al trabajador. Pero sin trabajadores, una empresa no sería más que un cascarón vacío (salvo el caso de aquellas pocas plantas plenamente robotizadas).

Esta lógica neoliberal, que ha venido soslayado sistemáticamente la importancia del trabajador para aumentar la explotación del mismo, ha llegado a una fase de declive, pues son cada vez más los millones de personas que están conscientes de que la “fuerza que mueve a México” no son únicamente las empresas, sino también los trabajadores.

Se trata de todos aquellos que sufren día a día la precariedad del mundo laboral, que reciben miserables salarios a pesar de largas jornadas de trabajo y que son despedidos al menor incidente mientras observan cómo se acumulan sin cesar las riquezas en la parte alta de la sociedad. Totalmente convencidas de que “echarle ganas” no es suficiente, estos millones de personas sospechan, cada vez con más fuerza, que su pobreza es, en realidad, la fuente que alimenta la riqueza de unos pocos.

Es más que evidente que la mayoría de la población exige un nuevo pacto social que reconozca las necesidades de los trabajadores y no sólo las de los empresarios. Un pacto que demanda, entre otras cosas, una nueva relación entre la ciudadanía y las empresas. Una relación que reconozca ampliamente la importancia central del trabajo en el proceso económico y que priorice el bienestar de los trabajadores por encima de la acumulación de ganancias individuales.

Insistir en que los ricos y los empresarios son las únicas personas que se esfuerzan por el bien del país y que, por tanto, la sociedad debería recompensarlos no sólo resulta cada vez más ofensivo para el resto de la población, sino que, efectivamente, es “ridículo” y “divide” al país.