La Cuarta Transformación se caracteriza por dos elementos: el simbólico y el práctico. Por un lado, se han emprendido acciones con fuerte contenido simbólico y al mismo tiempo se cuenta con un sólido programa de gobierno que busca cambios radicales (de raíz) en el escenario político, económico y social del país. En esta ocasión me enfocaré en los actos simbólicos y las reacciones que han generado.

Para los críticos del obradorismo, los cambios simbólicos que impulsó el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), a saber: la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la venta del avión presidencial, la reducción de los sueldos de altos funcionarios y la austeridad republicana, la apertura de Los Pinos al público, entre otros, carecen de fondo aunque excedan de forma.

Se argumenta que muchas de estas acciones no tienen un efecto sustantivo y que sirven como mera propaganda. Al parecer estos críticos no recuerdan la célebre máxima de Jesús Reyes Heroles: “en política, la forma es fondo”. Si bien es cierto que las medidas simbólicas del Gobierno entrante no serán suficientes para transformar al país, también lo es que sin éstas no sería posible emprender los cambios de fondo que se aspiran a alcanzar.

Ceremonia de entrega del bastón de mando por parte de los pueblos indígenas a AMLO. Foto: Especial

El país se encuentra profundamente agraviado por la violencia que se vive y la corrupción de los gobernantes. Para tener la legitimidad de llamar al pueblo a apoyar a la administración entrante en la dantesca tarea de regenerar al país, se impone empezar por la básico, que es eliminar lo superfluo, erradicar lo que tenga tufo a corrupción y quitar las fronteras simbólicas entre el Estado y el soberano. Así se deben entender las primeras acciones de gobierno, con miras a transformar el país de la mano de todos.

Es cierto que vender el avión presidencial no acabará con la pobreza ni cancelar el aeropuerto de Texcoco erradicará la corrupción; tampoco reducir los salarios de la alta burocracia sanará las finanzas públicas o abrir Los Pinos resarcirá el agravio en la población; pero sin ninguno de estos cambios sería posible el cambio verdadero.

No se puede realizar un cambio estructural, ni una renovación moral que incluya tanto a la clase política como a la sociedad en su conjunto, sin el cambio simbólico. No se puede luchar contra la pobreza, sin antes eliminar el despilfarro gubernamental. Tampoco se puede emprender el combate contra la corrupción sin cancelar el monumento a la corrupción que el aeropuerto de Texcoco estaba destinado a ser. Tampoco se puede conciliar al pueblo con la clase gobernante sin un acto de quiebre con el viejo régimen como es hacer público el mayor símbolo del poder: la otrora Residencia Oficial de Los Pinos, hoy Complejo Cultural de Los Pinos.

La nación está ofendida y lo emblemático desempeñará una suerte de impulso hacia lo práctico. La Cuarta Transformación, en gran medida, representa el fin de los fueros y privilegios y el renacimiento de la República; donde el Gobierno se encuentra a ras de piso. Así pues, para que se logren los cambios estructurales y programáticos, se necesitan los cambios emblemáticos. No se puede llamar a la reconciliación nacional sin antes concertar un pacto social que adopte el grueso de la población.

Finalmente, quienes se muestran escépticos y críticos ante estas medidas simbólicas, no se sienten cómodos con el nuevo régimen. Quienes gastan tinta y energías en explicar por qué estos actos del nuevo Gobierno Federal no representan un cambio sustantivo, no han entendido de dónde viene el gran apoyo que tiene este proyecto, y que precisamente ese apoyo será el que haga posible lograr una Cuarta Transformación de primera.