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La España que hoy fue a las urnas

Por: Pilar Velasco (@Pevelasco)*

25 de mayo de 2015. Dirán que expongo las opiniones que me interesan, pero vayamos de nuevo a los datos. Francia, Alemania e Italia se han parado. Qué decir de España, donde, aun creciendo al 1,2% y con tres trimestres de incremento acumulado, cinco regiones sufren la mayor tasa de paro de toda Europa[1], uno de cada siete contratos dura menos de siete días y la tasa de paro es de 6 millones.

El mismo día de las pasadas elecciones europeas del 25 de mayo [de 2014], el Instituto Nacional de Estadística publicaba los datos de pobreza; la tasa ha llegado al 27,3% en 2013 y un 12% de los que tienen trabajo también viven por debajo de ese umbral. La miseria afecta a un 32% de los menores y 4 de cada 10 familias no pueden afrontar gastos imprevistos, es decir, un médico, un dentista, unas gafas, un extra en los deberes del niño en el colegio[2].

La austeridad ha traído más austeridad. Léase, sufrimiento, desigualdad, inestabilidad, brecha social. Una política que muchos economistas califican de estúpida e irracional. No se trata de un apunte tendencioso el hecho de que los 200 españoles más adinerados en 2012 fueran un 8,4% más ricos que en 2011. Y no es demagogia que las cien mayores fortunas de la Bolsa sumen 78.518 millones, un 24% más.

Los años de la austeridad han demostrado ser un modelo que fomenta la desigualdad, donde unos han acumulado riqueza y los Gobiernos no han sido capaces de redistribuir el peso de la fiscalidad. El resultado es que los indicadores de gasto claves de una sociedad que miden el estado de bienestar han vuelto a niveles de hace 30 años.

Sigamos hablando de economía, es decir, de política. Hay una perspectiva a medio plazo que deberíamos de tener en cuenta. Según las previsiones oficiales, es probable que la economía no despegue al ritmo que quisiéramos. Si las cifras no mejoran –con una traducción en la economía real–, si las tasas de desempleo y desigualdad no se reducen drásticamente en los próximos dos años –que no lo harán–, la confianza de los ciudadanos continuará deteriorándose con las repercusiones que esto tiene para la democracia.

Manifestaciones en Grecia, en 2012.

Manifestaciones en Grecia, en 2012.

A diferencia de Japón, con un crecimiento estancado durante una década, Europa no es un país cohesionado. Si el euro no trae más que malas noticias –estancamiento, paro, recesión– habrá quien quiera marcharse. El verdadero elemento que puede cohesionar una Europa de horizontes inciertos, de ángeles y demonios, es la coherencia en el seno de sus instituciones, la sensación de pertenencia a un territorio común. Porque una sociedad tiene más resistencia a un desgaste económico que político. El descrédito político, la sensación de creerse engañado, o presenciar cómo la corriente política que durante años construyó el estado del bienestar ahora lo desmantela, conduce a una ruptura de la paz social de consecuencias bastante más impredecibles de las que se producen con motivo de las demandas económicas. En el fondo, es un principio financiero. Es más, es el origen mismo del desplome bancario en EE.UU.

Invertir en la confianza de los ciudadanos

El Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, en un reciente artículo titulado «In no one we trust»[3], analiza la confianza como el factor más productivo de la industria bancaria. Nos movemos entre contratos y negocios basados en la confianza, el grado de transparencia y el sentido de responsabilidad entre las partes.

Tras la venta de productos tóxicos y derivados –preferentes, hipotecas basura, cuotas participativas, swaps–, la destrucción de la confianza fue implacable. Una de las razones del estallido de la burbuja en 2007, recuerda el Nobel, fue precisamente que ningún banco podía fiarse de otro. Los créditos interbancarios se congelaron y el sistema financiero casi colapsó: sólo lo salvó el rescate público basado en la confianza de los ciudadanos. Sin confianza la vida sería carísima. Sin ella, no hay democracia posible.

Los bancos volvieron a prestarse dinero cuando recuperaron la confianza gracias a la inyección de capital público que recibieron a través de los rescates nacionales. Tanto en la economía como en la sociedad, quienes participan de ambas deben creer que el sistema es razonablemente justo. Y a medida que disminuye la confianza, avanza la podredumbre del tejido democrático. Si nadie merece confianza, confiar es de idiotas, y el concepto de equidad se erosiona, reflexiona Stiglitz.

Por tanto, si no se investigan ni depuran responsabilidades, si se vuelca la carga en el estado de bienestar y se abandona a su suerte a los afectados, entonces el juego está amañado. Y en política, como en la vida, reaccionamos ante lo que percibimos como real.

La necesidad de invertir en la confianza de los ciudadanos es proporcional a la necesidad de reestructurar la deuda de los países. Pura cuestión de beneficios. Una economía es más productiva cuando sus ciudadanos confían en las reglas del juego; y una democracia parlamentaria también es más eficaz si la confianza entre representantes y representados es recíproca, lo que en economía se llama “teoría de los juegos repetidos”[4]: si no me fallas, trataré de cumplir; si me engañas, trataré de engañarte.

Cuando todo esto empezó, la gente puso la pelota en el tejado de las instituciones europeas. Salvad a Europa. Rescatadla sin ahogarla. Buscaron en sus países explicaciones y responsabilidades sobre las que nadie respondía. Y pidieron cuentas en las calles a través de las movilizaciones de indignados y otras protestas públicas –peticiones de referéndum, como en Irlanda–. Ese momento ha pasado. La gente sabe qué ha ocurrido, por qué y quién les ha llevado a esto. Ahora piden a sus dirigentes que se pongan manos a la obra.

Pondré un ejemplo, también desde España. Cuando José Manuel Durão Barroso dejó la presidencia de la Comisión Europea lanzó un mensaje de despedida: Bruselas no tiene ninguna responsabilidad derivada en la burbuja inmobiliaria de España. El responsable era, para Durão Barroso, el Banco de España por la mala supervisión. En parte puede tener razón. Y lo que estaba haciendo Barroso era una defensa enconada de las políticas europeas.

¿Qué es lo pertinente a estas alturas? Como se planteó en el programa nocturno líder de audiencia en España, «Hora 25»[5]: “Escuchar ahora lecciones de economía de aquellos que durante años y desde los despachos han diseñado los peores ajustes que hemos vivido en este país es sangrante. Hacer análisis a toro pasado despojándose de cualquier responsabilidad es todavía peor. Porque ya sabemos que fallaron los mecanismos de control en la banca y en otros sectores estratégicos de la economía. Pero si se intuía, si se sabía, o simplemente si preocupaba a las altas instancias europeas, ¿por qué no se frenó antes el cataclismo?”. A esto me refería con las respuestas honestas.

Hay quien percibe que la factura de la crisis la han pagado, únicamente, los ciudadanos. Se ha hablado mucho de cómo la gente tiene que reflexionar sobre su parte de culpa en la burbuja y el sobreendeudamiento. Pero no se ha explicado, al menos desde las instituciones, cómo hemos podido acumular altísimos niveles de corrupción institucional.

Los políticos que se acostumbraron a ganar elecciones con inflados sueldos públicos siguen en sus cargos, como mucho van y vienen del gobierno a la oposición; los empresarios acostumbrados a recibir millones de euros en adjudicaciones han dejado de recibirlos pero no han respondido por la gestión de las concesiones millonarias anteriores.

Los ciudadanos que echaron mano del crédito fácil han sido desahuciados, despedidos, o ambas cosas. En definitiva, cuando todo se vino abajo, sobre unos cayeron los muros de ladrillo y sobre otros el polvo. Por tanto, si la austeridad ha permitido — por falta de regulación y políticas fiscales — el enriquecimiento de unos sobre otros, es normal que para muchos comience a percibirse como una nueva burbuja. Y si lo es: ¿alguien se atreverá a pincharla?

Las recientes elecciones al Parlamento Europeo tienen mucho de este debate en la composición del voto por países. El valor de esos comicios es incalculable, el reconocimiento democrático como espacio único también. Al tiempo, mientras se está redibujando el mapa político europeo, las elecciones han sido un reflejo fiel de la desconfianza general y de las alarmas que asoman en Europa. Neonazis alemanes en el Parlamento, la fuerza arrolladora de la extrema derecha francesa y el triunfo de los euroescépticos británicos son ejemplo de ello. Cada país ha reaccionado en las urnas a la crisis. No podía ser de otra manera.

Mensaje de las urnas: se acabó la paciencia

Las elecciones europeas solían ser tranquilas, donde ningún candidato hacía demasiado daño al contrario en la campaña y servían de termómetro para medir el desgaste o consolidación del partido de gobierno en cada país miembro. Solían. Porque los primeros comicios para votar al Presidente de la Comisión al Parlamento han supuesto un terremoto de tal dimensión que la onda expansiva ha alcanzado con fuerza a los resultados electorales de Francia, España, Alemania y Gran Bretaña. Los países tal vez más simbólicos en la crisis de Europa.

Muchos de los que llevan años en política no entendieron en su momento a los indignados en Europa o las protestas populares en cada país. Rajoy, en España, pidió paciencia a los desencantados, cuando, precisamente, ese era el mensaje de las urnas: Se acabó la paciencia.

No han entendido que los ciudadanos rechazan un modelo que está caducado, sus formas de hacer y entender la política son de otra época y sobre todo, de otro momento. El voto del terremoto europeo es el de un ciudadano que conoce sus posibilidades y ha experimentado los efectos de su participación en democracia.

"MARCHA POR EL CAMBIO"

Aire fresco, reto al establishment político, otra manera de hacer más allá de los comités ejecutivos. Es paradójico que los grandes derrotados sean los que ganaron las elecciones. Pero mientras sigan analizando su triunfo, o su derrota, con las mismas claves y ensimismamiento habitual, no habrán avanzado ni un milímetro en la comprensión de Europa y sus países. El radar de ese votante es infalible, pues hasta castiga a quien pretende convertirse en aire fresco utilizando las mismas claves de los caducados.

En la radiografía particular del 25-M [de 2014], el candidato conservador Jean Claude Juncker se ha hecho con las riendas de Europa para los próximos cinco años. Los socialistas, con Martin Schultz a la cabeza, no se lo pusieron fácil. Algunos rechazaron públicamente su apoyo no por convicción, sino porque la percepción ciudadana de que socialistas y conservadores son “la misma cosa” tiene un coste palpable en la política nacional, con elecciones a la vista, por ejemplo, en España.

La socialdemocracia, desdibujada a la sombra de Juncker, no consiguió desmarcarse. La eurofobia, con la entrada de cien parlamentarios antieuropeístas, se ha hecho fuerte en algunos países, con una dimensión desconocida en Reino Unido, donde el partido UKIP, que ha sido la primera fuerza pide romper con la Unión Europea ondeando la bandera contra la inmigración.

El caso de Francia es más estremecedor. La extrema derecha de Marine Le Pen se convierte en el partido más votado por primera vez en la historia. Xenófobo, antieuropeísta, heredero de Le Pen padre, fundador del Frente Nacional, quien en plena campaña aseguró que el ébola solucionaría en tres meses el problema de la inmigración. Un terremoto político, así lo definía el ministro de interior francés Manuel Valls, el mismo al que hemos visto echar a los niños gitanos de las clases.

El voto de castigo de la crisis ha vuelto con fuerza en las elecciones europeas y, a diferencia de 2008, afecta a la descomposición de los partidos socialdemócratas –los más castigados también cuando están en el gobierno–. Y aunque los conservadores ganen en Europa y Alemania, la réplica de las consecuencias de sus políticas asoma también en la extrema derecha. Justo lo que Europa intentó combatir en la posguerra entra por la puerta grande de las instituciones europeas a través precisamente de Francia y Alemania.

 Podemos, la eléctrica esperanza. El caso español

Hagamos una parada especial en España, donde no existe la amenaza real de una extrema derecha xenófoba en las instituciones –algo bueno tenía que haber– y donde, por el contrario, el resultado de las elecciones europeas puede que represente un núcleo importante de las demandas del ciudadano europeo.

Por primera vez en la historia de nuestra democracia, la suma de votos del PP y del PSOE (conservadores y socialdemócratas) no llegó al 50%. El bipartidismo, las dos fuerzas que han dirigido el país desde 1978, se hundió hasta el 49%. El Partido Popular, la formación de Jean-Claude Juncker, ganó. Bien. Pero se dejó ocho escaños y más de dos millones de votos respecto de las últimas europeas. Los socialistas, que deberían haber sido punto de inflexión según la dinámica turnista de los últimos treinta años, obtuvieron el peor resultado de su historia.

De seis millones de votos en las últimas europeas, se desplomó hasta los tres millones y medio, es decir, nueve parlamentarios menos. No son números arriba o abajo, son mensajes meridianos dirigidos al corazón de ambos partidos. PODEMOS, la nueva fuerza política que irrumpió en las elecciones con sólo cuatro meses de existencia, invisibilizada por los medios de comunicación convencionales a pesar de las apariciones de su líder Pablo Iglesias en tertulias televisivas, obtuvo 1,2 millones de votos, cinco escaños, sólo uno menos que la tercera fuerza política del país, Izquierda Unida.

Es cierto que la crisis, a diferencia de Francia, ha escorado el voto del país hacia la izquierda, como ha ocurrido en Grecia. Alexis Syriza ganó las europeas con un 26,5% frente al 23,2% de los conservadores, seis veces por encima de lo que obtuvo en 2009 con un 4,7% y convirtiéndose en el primer partido que gana unas elecciones en Grecia a la izquierda de los socialdemócratas.

El voto a PODEMOS no es de ultraizquierda o radical, un 30% de sus votantes proceden del partido socialista (PSOE), según la encuesta oficial del CIS[6]. Se trata de una mayoría de jóvenes con estudios y puestos de trabajo menos cualificados (lo que no quita que estén titulados), un voto enfadado con la gestión de Europa, euroescépticos con los dirigentes y las políticas de la UE, pero no con Europa.

Si el desplome del sistema financiero en EE.UU. destapó los dirty products colocados por los bancos a las familias, lo que ha hecho PODEMOS ha sido señalar los productos basura instalados, a su entender, ya no en los rincones sino en los salones de la democracia que habitamos. Léase, el alto nivel de corrupción institucional reconocido por la Justicia, la impunidad con los responsables de la gestión de cajas y bancos rescatados con dinero público, la falta de mecanismos de participación ciudadana, o los llamados privilegios de la clase política, en referencia al altísimo número de aforados o la opacidad de las retribuciones y complementos salariales extra de los políticos. Acusados de que sus demandas son inviables, su programa electoral para las europeas en materia de economía incluía un plan de rescate centrado en la creación de empleo, obligar a la rendición de cuentas a las multinacionales, una Agencia Pública Europea de Rating o el fin del secreto bancario.

En clave nacional, PODEMOS reivindica la defensa a ultranza del ciudadano y la soberanía. En palabras de su líder Pablo Iglesias durante un mitin. “¿Qué es eso de que la soberanía monetaria de nuestro país la vaya a decidir el Banco Central Europeo sin ningún tipo de control democrático? Cuando Rajoy o Rubalcaba dicen ‘Estamos haciendo lo que nos manda la Comisión Europea’. Entonces ¿para qué los votamos? Que venga Merkel directamente a presidir el consejo de ministros y por lo menos responderá a las preguntas en las ruedas de prensa”.

Pablo Iglesias durante un mitin de Podemos.

Pablo Iglesias durante un mitin de Podemos.

Capaz de aglutinar a los indignados que salieron a la calle en el denominado Movimiento 15M[7], PODEMOS ha hecho temblar los cimientos de la geopolítica parlamentaria española. Y su discurso –de ahí uno de los problemas del PSOE para evitar la fuga de votantes tradicionales– está en consonancia con las raíces ideológicas del socialismo y los líderes de la antiausteridad.

¿De quién dirían que es esta frase?: “Europa pertenece a los europeos, no a los banqueros alemanes. Yo no le digo al Bundesbank cómo debe supervisar a sus bancos regionales o sus cajas”. Lo dijo Matteo Renzi, el líder socialista italiano más votado en las elecciones europeas tras sus últimas reformas y la vehemencia contra las medidas de Alemania.

Con la corrupción metida en el tuétano de todas las grandes instituciones PODEMOS tenía el terreno abonado para hacer campaña. Utilicen o no la demagogia, cada institución contra la que arremeten tiene su correspondiente imagen en el inventario colectivo.

¿Monarquía? La infanta Cristina imputada por fraude y blanqueo. ¿Partidos Políticos? El ex responsable de finanzas del Partido Popular (PP) en la cárcel por financiación irregular continuada del partido de gobierno. ¿Cataluña? El escándalo Pujol destapa un fraude millonario del ex presidente catalán. ¿Bancos? Ni un solo ex presidente de entidades y cajas ha ido a la cárcel.

¿Fraude fiscal? El ejecutivo aprobó una amnistía para repatriar los capitales de los paraísos fiscales al 10% sin investigar el origen del dinero. ¿Puertas giratorias? Más de una veintena de ex ministros en los consejos de administración de las grandes empresas nacionales privatizadas. ¿El FMI? Sus tres últimos directores están imputados, Rodrigo Rato por el caso Bankia, Strauss-Kahn por abuso y agresión sexual y Christine Lagarde por su participación en el caso Tapie tras aprobar una indemnización millonaria.

Son lo que PODEMOS denomina la Casta política, altos cargos que protegen sus supuestos privilegios, sin profesión conocida y que acumulan años y altos sueldos al calor de las instituciones.

Acusar de demagogos a los grupos situados en los extremos del espectro político es habitual, pero contrasta con la predisposición de los grandes partidos en Europa a desprestigiar la defensa de los intereses de la ciudadanía.

Pero la crisis no ha pasado. Simplemente nos hemos acostumbrado a ella. El voto radical, esos votos que van a los nuevos partidos de izquierdas y, en el extremo opuesto, al ascenso de la ultraderecha y los nacionalismos, están ambos nutridos con las demandas (y desesperaciones) de las clases medias. Incomparables, desde luego, pero aglutinan reclamos dignos de ser escuchados.

En el caso de la izquierda se trata una defensa a ultranza de los derechos sociales. La extrema derecha es más compleja. Como acostumbra a decir el propio Pablo Iglesias[8], muchos son gente corriente embaucada en la guerra del último contra el penúltimo, el preludio de ‘los españoles, los alemanes, los franceses primero’. En la confrontación del nacional frente al extranjero, en una UE de los 28 cuya raíz está en las migraciones y maltrecha por el desempleo nadie sale bien parado.

En todo caso, la izquierda ha comenzado una profunda transformación en toda Europa. Atrapada en la falta de alternativas económicas para poner freno al desmantelamiento de lo público, las nuevas formaciones hacen temblar la base electoral de los partidos tradicionales. De hecho, las claves de PODEMOS pasan también por las formas.

Frente a la jerarquía convencional, han creado los círculos, agrupaciones de simpatizantes organizados de manera horizontal en cualquier barrio, ciudad o provincia donde los participantes sustituyen a la figura del militante. Se financian mediante crowdfounding en contraposición a los créditos bancarios, y eligen a sus líderes mediante primarias abiertas donde cualquiera puede presentarse sin necesidad de avales.

¿Esto sirve de modelo para los grandes? Es posible que no, pero representa muy bien cómo los espacios de participación se han ampliado y cómo los ciudadanos quieren recuperar parte de la esencia de la política.

Cómo reaccionará el electorado en las próximas elecciones [la autora se refiere a las de este domingo 24 de mayo de 2015] está por ver. Cuáles son los límites y la capacidad de mover los márgenes de la propia política de estos movimientos de izquierdas también. Para quien se pregunta si PODEMOS desaparecerá fugazmente, parece difícil. Lo que se aprende no puede ser desaprendido. 1,2 millones de votantes que se va de un plumazo a un partido ´desconocido´ son 1,2 millones de personas pidiendo otra manera de hacer las cosas.

Puede ser un voto volátil, no lo dudo, pero no un voto a cambio de ‘cualquier cosa’. Han subido el umbral de la política, si alguien quiere ahora reconquistar estos votos sólo tiene que hacer caso al mensaje, dar ejemplo. La reconstrucción de la confianza necesariamente debe ir de la mano de una limpieza profunda de las instituciones y la forma de hacer política, una restructuración desde los pilares éticos del proyecto europeo. Una apuesta clara de los votantes que se van con los nuevos partidos.

[1] Unemployment in the EU28 regions in 2013 – 14 April 2014 http://ep00.epimg.net/descargables/2014/04/15/5616e8a599c6b7681f8e58281d70d6c5.pdf

[2]  Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística (INE) España http://www.ine.es/prensa/np844.pdf

[3] In no one we Trust. Joseph Stiglitz 21 December 2013 http://opinionator.blogs.nytimes.com/2013/12/21/in-no-one-we-trust/

[4] Trust in Society by Karen S. Cook http://books.google.es/books?hl=en&lr=&id=MyFRLhn9_BgC&oi=fnd&pg=PA332&dq=tit+for+tat+repeated+game+lying&ots=UR1BIkAR_r&sig=9jJxsBy8d6nzbGueNdJwBr049uk&redir_esc=y#v=onepage&q&f=false

[5] Cadena Ser Night Broadcast Hora 25 Ángels Barceló http://www.cadenaser.com/espana/articulo/europa-intervino-temia-sistema-bancario-espanol/csrcsrpor/20140616csrcsrnac_48/Tes

[6] CIS centro de Investigaciones Sociológicas Postelectoral Elecciones Europeas 2014 http://www.cis.es/cis/opencm/ES/1_encuestas/estudios/ver.jsp?estudio=14083

[7] Wikipedia Movimiento 15-M http://es.wikipedia.org/wiki/Movimiento_15-M. Pilar Velasco, No nos representan, Madrid, Temas de Hoy, 2011.

[8] The Objective: Pablo Iglesias ‘Pateras’: http://theobjective.com/blog/es/Pablo_Iglesias/2014/01/09/pateras

*Periodista radiofónica y escritora española. Egresada de la Universidad Complutense, donde fue alumna de Juan Carlos Monedero, ex número dos de la dirección de Podemos. Hizo estudios de posgrado en Estados Unidos y Rumania. Residió en Serbia. En 2005 publicó el libro “Jóvenes pero suficientemente cabreados” y en 2011 “No nos representan. El manifiesto de los indignados en 25 propuestas”, espléndida crónica de la rebelión juvenil del 15 de mayo de 2011 en la Plaza del Sol. Reside en Madrid

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