Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

2 de mayo de 2015. Un día sales de tu casa, enciendes el auto y decides ir a algún lugar. Quizá un reunión con amigos. O un desayuno de trabajo (sí, aunque sea primero de mayo), o quizá vayas a jugar a una unidad deportiva. Las calles, digamos, están medio vacías, medio desiertas. De repente, una camioneta se pone enfrente de tu auto. Dos sujetos. O quizá cuatro. O pude ser que siete, se bajan y te dicen que te bajes, que lo hagas rápido, “hijo de tu puta madre”, porque si no te matan. Obedeces. Quizás, digamos, tiemblas. O piensas que tiemblas. Cuando el miedo llena toda tu cabeza y tus movimientos lo primero que se pierde son los recuerdos.

Los sujetos, no todos, quizá uno, o quizá dos, te dicen que corras, que te vayas a la chingada, que desaparezcas. Haces caso. Corres lo más que puedes. Rápido. Lo más rápido que tus piernas alcanzan. Das la vuelta en la esquina, en cualquier esquina. Sigues corriendo. Te detienes para tomar aire (el cigarro quizá hace que seas menos rápido, o la vida sedentaria, o quizá corres rápido porque corres todos los días en el parque, o en la caminadora del gimnasio, o donde sea que desees correr).

Cinco cuadras después te detienes. Miras a todos lados. Te aseguras que nadie te sigue. Te tocas el cuerpo: no tienes orificio alguno. No te sale sangre. No sientes dolor. Quizá lloras. O quizá tienes tanto miedo que se te olvida llorar. Miras al cielo y divisas humo. Un humo negro. Piensas: “es mi auto”. Tienes miedo, pero regresas a cerciorarte si es o no certera tu impresión.

La camioneta de donde se bajaron los sujetos que te obligaron a abandonar tu auto ya se ha ido. Ahora hay silencio, o quizá eso es lo que piensas que hay. Ningún auto pasa. Los que iban detrás de ti se han ido: quizás en sentido contrario. Quizá brincaron el camellón. Quizá apresuraron el paso. Hay llamas en tu auto. Lo que había dentro, tu celular, tu cartera, tu computadora, tu ropa de deporte, tu termo para el café, tu bufanda que no usas desde que llegó el calor a la ciudad, tus revistas, algunos libros, papeles de la oficina. Todo lo que había en tu auto ahora se está consumiendo con ese fuego que ves, con ese fuego que tienes enfrente.

Minutos después, quizá muchos minutos después, escuchas sirenas. ¿Policías? ¿Bomberos? ¿Judiciales? El miedo todavía te sigue, todavía está dentro de ti. Personas pasan y con sus teléfonos celulares captan imágenes de tu auto, o de las llamas que están haciendo cenizas tu auto. Nadie te toma fotos a ti. Nadie se da cuenta que eres tú el dueño del auto, y que tiemblas, o quizá es que se te ha olvidado temblar.

Cierras los ojos. Esto no te había pasado. Y no quisieras que te vuelva a pasar. Después, piensas, vendrá el papeleo, el ir de un lugar a otro para que la aseguradora te paguen el automóvil que ya es ceniza.

No sabes realmente qué es lo que pasa. Y seguramente, los cientos de personas que se comienzan a acercar poco a poco a donde están las cenizas de tu auto tampoco. Vives en un país en paz, en un país donde no hay guerra. En un país donde siempre los de arriba dicen que va viento en popa. Lloras. O quizá imaginas que lloras. El miedo continúa, y no sabes cuándo se te va a ir. Si algún día se te vaya.