En México no hay muerto malo: quizá en el resto del mundo —como en todo lo demás— sea igual. Guy Hocquenhem, líder del mayo francés, teórico del movimiento gay, días antes de morir de sida en agosto de1988, se convirtió al catolicismo para que su cuerpo fuera velado en una rumbosa iglesia de París.

Con su delicado suicidio, Luis González de Alba, líder estudiantil del 68, promotor del orgullo gay, enfermo hace mil años de sida, ocupó los últimos dos meses en poner en orden sus asuntos (los derechos de autor de sus libros pasados, presentes y futuros) y cuando su hermana Guillermina salió de su casa, en Guadalajara, el domingo 2 de octubre a las siete a eme, publicó en Twitter la foto que más le gustaba de sí mismo y se pegó un tiro “en el abdomen”.

 

 

Fue un suicidio y al mismo tiempo un homenaje sartorial. Hecho a la medida. No murió por causas naturales un 2 de octubre, como Raúl Álvarez Garín, que nunca dejó de luchar del lado izquierdo. Tampoco sufrió un infarto, otro 2 de octubre y para colmo en Los Pinos, trabajando para Carlos Salinas de Gortari, como Gilberto Guevara Niebla, que ya en los tiempos del Consejo Nacional de Huelga en la UNAM del 68, suscitaba a sus espaldas murmuraciones que alguna vez le oí a Paloma Villegas: “Gilberto tiene poco de Guevara y mucho de Niebla”.

González de Alba no permitió que la vida escogiera la fecha de su muerte. ¿Cuántos meses le quedaban? No los suficientes para llegar al 2 de octubre de 2018, día en que se cumplirán 50 años de la matanza de Tlatelolco, y el país estará celebrando la derrota electoral de la dictadura. Suicidarse en tal coyuntura le habría parecido una claudicación, una debilidad, tanto al suicida como a las audiencias.

Luis González de Alba. Foto: Especial

Luis González de Alba. Foto: Especial

Matarse de un tiro en la boca, en presencia de familiares y amigos, es un acto de exhibicionismo rencoroso (algunos han salido en las noticias). Pedirle el departamento prestado a una amiga el fin de semana y colgarse dentro de su clóset, para que a su regreso la amiga (que le quitó al novio) la encuentre tiesa entre sus vestidos, es un acto de venganza. Ocurrió en París. El novio era yo.

Lanzarse por un balcón al patio, desde un tercer piso, a las tres de la mañana y en plena tormenta, como lo hizo Gregorio Selser, para que su esposa no lo viera sino después de que se lo hubiera llevado la ambulancia, es un acto de discreción. Y de amor. A la esposa y a las hijas.

El “pistoletazo” que “se sorrajó” González de Alba, según la indigente prosa de Carlos Marín, fue ante todo una señal de respeto a su hermana, la primera persona que lo encontraría, aún tibio pero ya lejos. Dispararse al abdomen —¿por qué no al pecho?— le ahorró a Guillermina una imagen truculenta: ver la cara maltrecha de un vencido. Por eso digo que fue un suicidio “delicado”. Luis quizá se metió bajo las sábanas para que no se le notaran las piyamas empapadas en sangre. Como cuando era niño y se hacía pipí. Y le daba vergüenza.

Luis González de Alba. Foto: Especial

Luis González de Alba. Foto: Especial

Entonces fue un acto de narcisismo. El 2 de octubre de 1968, en Tlatelolco, donde el ejército lo detuvo en el curso de la matanza, tenía 22 años. En Lecumberri compartió celda con Pablo Gómez, el futuro secretario general del Partido Socialista Unificado de México (PSUM), hoy ex parlamentario de altos vuelos (y hondas caídas). Al salir de la cárcel fue deportado a Chile: Echeverría se lo mandó a Allende, junto con otros revoltosos, como Rolando Cordera.

Cordera, líder del MAP (Movimiento de Acción Popular), lo llevó al PSUM, después al Partido Mexicano Socialista (PMS), y después del fraude electoral de 1988, lo acarreó al salinismo. También lo llevó, pero en 1977, junto con Carlos Pereira, José Woldemberg, Pablo Pascual Moncayo, Luis Ángeles y Ángeles Mastretta, al unomásuno de Manuel Becerra Acosta, donde coincidió con Carlos Monsiváis y José Joaquín Blanco. Desde ese periódico, y el suplemento del semanario Siempre!, teorizó, polemizó y promovió el orgullo de ser gay.

Luis González de Alba en la cárcel de Lecumberri. Foto: Especial

Luis González de Alba en la cárcel de Lecumberri. Foto: Especial

El amor de su vida se llamaba Ernesto. Una cosa era la promiscuidad que había ejercido (en la medida de lo posible como cualquiera) desde siempre, y muy otra era Ernesto. Juntos abrieron dos antros exclusivos para hombres muy hombres: El Taller y Vaquero. No se permitía la entrada a las mujeres, no se admitía a quien llegara con olor a perfume o a desodorante: los clientes debían vestir pantalones vaqueros y apestar a sudor de macho.

También montó un restaurante griego —Agapi Mu— y por un tiempo se hizo cargo del bar de la Casa Lamm (en una columna de El Tonto del Pueblo me burlé a rabiar de sus manías: “¿El hielo está adecuadamente frío? ¿Los agitadores (palitos para revolver los tragos) le parecen profesionales?”. Y mientras tanto Luis escribía, estudiaba y publicaba. No hablaré de sus libros porque no los conozco, excepto Los días y los años, sobre el 68, Tlatelolco y Lecumberri.

Tras romper con la “izquierda” (la máscara socialdemócrata de Rolando Cordera, el eurocomunismo mexicano de Arnoldo Martínez Verdugo que se extinguió con Gorbachov y el nacionalismo revolucionario de Cuauhtémoc Cárdenas), Luis González de Alba se fugó al desencanto por la vía del cinismo. Y por la vía del narcisismo y la esquizofrenia, emigró a la Hélade. Desde ahí se dedicó a insultarnos. Por ignorantes, por pendejos y por estúpidos. Popó, pipí, caca. La desesperación empañó el vidrio de sus microscopios.

Luis González de Alba. Foto: Especial

Luis González de Alba. Foto: Especial

Ernesto se le murió de sida pero las pruebas de Elisa demostraron que él no estaba infecto. El síndrome de la epidemia globalizada se le declararía después: Ten Years After. Para ignorar el dolor se hizo adicto al odio. Escribió con sinceridad sobre los usos y costumbres de los empresarios y navieros griegos que pagaban a los filósofos de la caverna de Platón para que educaran a sus hijos y evitaran que se fueran con las putas.

Esta justificación de la pederastia en la Grecia de antes me la explicó, muchas veces, el poeta José Ramón Enríquez, quien junto con Roger Bartra y Luis González de Alba, pasó de la “izquierda” al salinismo, valga decir, al panismo, al neoporfirismo de Tehuantepec, y desató las iras más rotundas de quienes no saben, no imaginan y no tienen disposición de aceptar (dentro de la izquierda) que, según Álvaro Enrigue en su novela Muerte súbita, todavía a finales del siglo XVI en Europa los seres humanos se acostaban como personas con otras personas, como animales vertebrados, bípedos, de sangre caliente, que intercambiaban flujos lúbricos con animales de idénticas etiquetas taxonómicas, por el puro gusto de hacerlo cuando se podía, y la gente no lo veía con malos ojos. Quienes lo veían con catalejos eran los obispos, los abogados, los teólogos, los banqueros que se masturbaban con el ábaco ansiosos por cobrar las multas…

Mañana: González de Alba o las piyamas húmedas