Los viajes al extranjero de los altos funcionarios han causado durante muchos años indignación entre la gente. Fotos de políticos que, aprovechando “su vuelta a lugares muy lejanos al país”, se daban la gran vida con cargo al erario público: asientos en aviones de primera clase. Habitaciones en hoteles de lujo. Comilonas carísimas en restaurantes muy exclusivos.

Todo eso causaba una enorme molestia. La causa.

Hace unos días, el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, firmó un memorándum donde los funcionarios en su gobierno necesitan el visto bueno de la presidencia para realizar un viaje al extranjero.

Dijo el mandatario hoy en su rueda de prensa:

Di a conocer recientemente un memorándum para que los viajes al extranjero contaran con la autorización del presidente. ¿Saben qué ese memorándum se dio a conocer hace quince días? Ya en este gobierno nuevo, de mujeres y hombres honestos, conscientes. ¿Saben cuántas solicitudes me han enviado para viajar al extranjero? Alrededor de 100, en 10 días, 15 días. ¿Cuántos autoricé? Creo que 20.

El mandatario informó que los viajes que le pidieron eran a muchos lugares del mundo, “desde París hasta Japón”. E hizo una reflexión acerca de esta cuestión:

Yo entiendo: es importante viajar, y tener comunicación, pero ¿y el internet pues?, ¿y el trabajo aquí? ¿Cómo vamos a hacer candil de la calle y oscuridad de la casa? Pero son inercias, son procesos. Tienen que ir cambiando las cosas. Es lo que les decía de la enfermedad de la corrupción. El corrupto no acepta que está enfermo, y lo primero que tiene que hacer es reconocer que padece de esa enfermedad y curarse. Que haya terapia para eso. Y debemos de estigmatizar la corrupción.