.

Si es no, es NO.
Si es no, y lo vuelves sí a pesar de ello,
violentas la decisión de la persona.

1

El origen de la palabra decidir deriva del verbo latino decidere que significa ‘cortar’, ‘separar’, ‘acabar’. Por ello, la decisión que tome una persona respecto de cualquier situación que se le presente, está condicionada por el previo ‘corte’ que realizó ante el abanico de opciones.

Y ninguna persona debe persuadir, o peor aún, obligar a otra a que deseche su decisión y elija otra. 

2

El acoso es un acto transgresor porque violenta la integridad moral, emocional y física de una persona. Violenta la decisión que tomó una persona respecto de sí misma, de sus intereses, de su ideología, de su espacio personal, etcétera.

Es importante recalcar que no porque una persona desconozca el término “acoso”, o no se dé cuenta que la situación que vive pueda ser considerada como un acto violento, no esté siendo acosada.

No se sabe observada. No se sabe deseada. Y mucho menos por su hermano mayor que está sentado en el sillón mientras ella modela su nuevo vestido en la sala. Irá a su primera fiesta “de muchachos”, como dice su madre a todos los que están presentes en la pasarela improvisada de una sola modelo.

-El azul me va bien, ¿no? –pregunta.

Su madre, sentada también en uno de los sillones, le responde:

-¿Y si mejor usas uno rojo, para que luzcas más? Con uno rojo, los traerías a todos aquí –mientras gira su mano para mostrar la palma.

-Tú te ves bien con cualquier color –le dice su hermano mayor, quien se acerca a ella para abrazarla con fuerza.

-¡Suéltame, gordo! No me gusta que me abraces.

Él sigue presionando.

-Pero si es con cariño. ¿Por qué no me quieres como yo te quiero?

-¡Ma, me está molestando! –exclama con enfado la muchacha de 15 años.

Déjala en paz –dice distraídamente la madre, pues está comparando los distintos vestidos apilados en la mesa–. Hija, ¿y si te mides este morado?

Cuando por fin, a punta de pataleos, la muchacha logra zafarse del abrazo “de oso” de su hermano, corre hacia su madre para, desde ese lugar seguro, decirle con cierto desprecio: Por eso no tienes novia; por enfadoso.

·

Son las 12:30 p.m. y Mónica está afuera de la primaria, esperando a que su hermano mayor pase por ella, quien tiene la mala costumbre de aparecerse por ahí hasta las 12:50.

¿Qué no entiende que a ella le angustia que la hagan esperar porque su mente infantil comienza a imaginar los peores accidentes al no aparecer nadie de su familia? ¿Lo que le ha dicho su madre le entra por un oído y le sale por el otro?

“Vete ya por tu hermana, ¿no ves que es muy preocupona?”. Mientras se come las uñas, viendo cómo la entrada de la escuela comienza a vaciarse de niños y padres, observa primero con cierta vacilación, pero luego con mucha atención, cómo el hermano mayor de Sathya, mientras ésta y sus amigas juegan a las muñecas en el suelo, pellizca las mejillas de su hermana constantemente. Después de unos minutos, Sathya se molesta y le dice:

-¡Déjame jugar en paz!

Mónica no entiende por qué su compañera se molesta ante las muestras de afecto de su hermano; si Sathya tuviera un hermano como el de ella… ¡pobrecita! Él sí no dejaba jugar en paz a nadie, porque siempre que tenía oportunidad le reclamaba a Mónica por qué era la favorita de sus padres, si era tan tonta y fea.

-“Qué pinche fea estás, yo no sé cómo es que te quieren” le dijo una vez, mientras ella se lavaba los dientes, y se sonreía en el espejo creyendo que nadie la veía.

Era de todas las noches que antes de dormir su hermano se asomara a su cuarto y le dijera con desprecio “Duérmete, monstruo horrible”. No era de extrañar entonces que Mónica amaneciera al día siguiente con los ojos hinchados de tanto llorar.

·

Es el primer día de secundaria para Sathya. Está un poco nerviosa porque no sabe gran cosa de sus compañeros, solo que no parecen muy agradables por lo poco que pudo detectar en el curso de inducción, hacía una semana.

Se mira en el espejo con el uniforme puesto. No es feo, pero le queda un poco grande. Y la falda ni se diga. Enrolla dos veces la pretina para que quede más corta. Baja a desayunar. En la cocina están sus hermanos, también listos ya para irse a la escuela.

-¿Y esa faldita? –pregunta su hermano mayor con cierto desparpajo, al verla bajar por la escalera.

-¿Qué tiene?

-Pues que está muy cortita, ¿no? Hasta te puedo ver los calzones.

-Mentiroso, deja ya de verme –dice Sathya incómoda.

-Todos tus compañeros te verán los calzones también, ja ja –añade el hermano mayor con socarronería.

Sathya corre al espejo más próximo para comprobar si es cierto o no que debido a la altura de la falda, alguien más puede ver sus pantaletas. “Mentira, nadie puede hacerlo, sólo yo” piensa con tranquilidad.

·

-¡Mónica! ¡Baja a la cocina! –exclama con fuerza la madre de Mónica.

-¿Qué? –responde desde arriba la aludida.

-Baja, es importante.

La niña de 11 años, malhumorada ante la petición imperativa, baja hasta donde están sus padres.

-¡Qué niña! ¿Por qué no venías? Queremos darte una noticia importante. Resulta que le acaban de dar un bono en el trabajo a tu papá y estamos planeando unas vacaciones, y como la vez pasada eligió tu hermano, ahora te toca a ti elegir a dónde.

-¿De veras? Pues a Guanajuato –respondió contenta Mónica.

-¿¡Guanajuato!? ¿Es neta? ¡Qué teta eres! Pudiendo elegir la playa, eliges eso.

Pinche teta –le increpó su hermano mayor mientras cenaban los dos solos.

-No soy una teta, deja de decirme así o le digo a mi papá –palabras que consiguieron encolerizar a su hermano y hacer que se levantara de su asiento para presionar la boca de Mónica.

-Mira, pinche tetita, tú dices algo y ya verás cómo te va.

Mónica se quedó en silencio, y miró con resentimiento a su hermano. 

·

Nueva foto de perfil en Facebook. Expectativa: 30 likes o más. La fotografía recién subida presenta la imagen de una jovencita sonriente sentada en lo alto de un mirador de playa. Lleva un sombrero, una blusa tipo campirana y un short blanco de mezclilla.

Horas más tarde, Sathya está sentada en las escaleras. Lleva el mismo atuendo que el de la fotografía. Se escucha el motor de un carro: su familia ha llegado de hacer el súper. Todos bajan con las bolsas. Su hermano se apresura al verla sentada y le dice:

-Traes un mosco– mientras le da una palmada en el muslo descubierto.

Sathya está entretenida en su celular, no levanta la mirada.

-¡Otro mosco, mira!- Segunda palmada en el muslo. Es otoño, y no hay mosquitos en el ambiente.

-Déjame –dice distraída.

-Tu piel es muy suavecita –dice él–. Y extiende la mano en su muslo.

-¿Y qué? Quítate –le retira la mano. Sin embargo, él vuelve a colocarla rápidamente en el mismo sitio.

-No, hasta que me des un abrazo.

-No quiero.

No obstante la negativa, su hermano la aprisiona en sus brazos.        

·

Salida a un balneario local. Catorce años de existencia, uno de menstruaciones. Familia expectante por ver a la “señorita de la casa” en traje de baño. Mónica parece nerviosa al ingresar al vestidor para ponerse el bikini. Tarda más de 10 minutos en salir. Se mira en el espejo, y descubre horrorizada que el tip para contener la menstruación, leído de una revista, es falso.

-Ya te tardaste, Mónica –desde afuera le amonesta amablemente su padre.

-Si de todos modos estás bien gorda, ¿para qué te tardas? –añade el hermano mayor.

-Cállate, la vas a traumar –dice la madre al muchacho, mientras acomoda botellas de refresco en una valija.

Mónica se asoma con una toalla envuelta en el cuerpo, y le dice con voz baja a su madre:

-Ven, algo pasó.

Pero antes de que su madre deje la valija en el piso para entrar al vestidor, el hermano mayor aprovecha la oportunidad, y a pesar del rostro desencajado de su hermana, tira de la toalla para dejarla al descubierto.

-Y con ustedes, las lonjas playeras –vocifera con crueldad.

La mordaz travesura es reprendida con un golpe ligero en la coronilla por parte del padre. ¿Y Mónica…? Mónica se contiene en llanto y vuelve al vestidor a pasarla mal, aún cuando los ruegos de su madre para que salga y “siga disfrutando” son constantes.

·

Es el último día de secundaria para Sathya. Ella, como sus compañeros, lleva su uniforme completo, el que se utiliza en los eventos formales de la escuela.

Su familia está esperando a se acerque para darle un abrazo de felicitación por haber concluido una etapa más de estudios, pero sus amigos la interceptan para que se tome con ellos las fotografías del recuerdo. Fin de la sesión.

Su madre, llorosa de la emoción, la abraza cariñosamente, así como su padre y su hermana menor. ¿Y su hermano mayor? Está ahí también dispuesto a mostrar su efusividad sin reparo.

-Hoy no te escapas, ni modo que a todos y menos a mí. Y luego con ese uniforme –le dice.

-Tú eres raro, me aprietas mucho –le contesta ella.

-Ni modo, me lo debes.- Y el abrazo no solicitado es dado con emoción y recibido sin voluntad.

-Suéltame ya, me quiero ir con mis amigosdice incómoda.

Corre hacia donde se siente segura y cómoda, corre hacia esos amigos que no contravienen sus decisiones.

·

Mónica ha invitado a tres amigas a pasar la tarde en su casa. Tienen la misma edad, van a la misma escuela y a todas les gusta mucho jugar con muñecas. La puerta del cuarto de Mónica está abierta, hace calor y adentro no hay ventilador. Viene alguien subiendo las escaleras. Es él.

-¿Y luego tú qué? ¿Te crees dueña de la casa para andar invitando gente? ¿Ya les dijiste a tus amigas que eres adoptada, que te recogimos de la calle? –le increpa.

-¡No es cierto! ¡Mentiroso! –grita Mónica con pánico.

Aún cuando no sea cierto, Mónica cree que debe evitar que su hermano juegue con eso delante de ellas.

-Para que vayan viendo con quién se juntan, ¿eh, morras? –alcanza a decir su hermano, antes de que Mónica le cierre la puerta en sus narices.

Sus amigas se han quedado en silencio, intentan consolarla al ver la tristeza en su rostro; sin embargo, una de ellas no puede evitar preguntarle si es verdad que ha sido adoptada.     

·

Domingo por la mañana. Casi todos siguen durmiendo en casa de Sathya. Ella está acostada bocabajo en su cama. La colcha está casi por completo en el piso, y solo cubre la mitad de su cuerpo. Sus piernas están descubiertas porque su camisón se ha enrollado.

Hay alguien en casa que está levantado: es él, quien entra sigilosamente al cuarto en donde duerme su hermana. No se contiene, y deja caer la palma de su mano en las piernas inmóviles. Se acerca al oído de su hermana y susurra:

-Dormilona, ¿me das un abrazo?

No hay respuesta.

-Despiértate, Sathya.

Ella sin abrir los ojos se recorre en la cama hasta la otra orilla.

-Oye, dame un abrazo antes de irme.

-Déjame dormir –finalmente contesta Sathya.

-No, hasta que me digas que me vas a extrañar.

El hermano mayor presiona con fuerza las costillas de ella.

-Despiértate ya, huevona. Dame el abrazo.

-No quiero, ya vete.

Sathya se despierta, levanta la colcha del piso y se cubre hasta la cabeza con ella.

-Vas a ver –advierte el hermano mayor para luego arrojar por la ventana el suéter

favorito de Sathya.

·

Toda la familia está reunida en casa de la abuela materna. Primos, tíos y sobrinos. Mónica no suele frecuentarlos, pero cuando lo hace, constantemente se la pasa sola pues sabe que, a la menor provocación, su hermano arremeterá contra ella delante de los parientes.

Sin embargo, es la hora de la comida y seguramente no le permitirán llevar el plato al cuarto de la tele. ¿Pero es que no entienden que ella no quiere? Que tiene miedo de que su hermano comience a atacarla cuando su tío José le pregunte:

-¿Cómo vas en la escuela, mija? ¿Ya tienes novio?

Y su hermano intervenga antes que nadie y diga:

-Uy, eso quisiera, tío. Con esas carnes y esa cara, pues cómo. Si viera a sus amigas, ellas sí son bonitas, ¿pero ésta?

-Nunca se sabe, mijo. Hay hombres como yo que las preferimos grandotas –añade su tío, quien luego de tan espontáneo comentario no puede evitar reír y hacer reír a los demás. Todos comienzan a comer, y pasan de largo el cruel comentario del hermano mayor.

-Quién mejor que un hermano para decirnos nuestras verdades, ¿no? –. Y su tío hace un guiño a Mónica, pero ella sólo piensa en que lo mejor sería morirse.    

·

Sathya mira a su alrededor y descubre, en la esquina de la calle, al señor que vende tejuino con nieve de limón. Es día de tianguis en la colonia, con puestos rebosantes de frutas y verduras, pero debido al calor sofocante de agosto ella quiere comprar algo más refrescante.

-Voy por un tejuino, ahorita vengo –avisa a su madre y a sus hermanos.

-Yo te acompaño –dice su hermano mayor, quien coloca su brazo en los hombros de ella.

-¿Qué va a ser? –pregunta el vendedor.

-Dos tejuinos –respondió el hermano mayor.

Mientras ambos esperan las bebidas, él le dice a ella:

-Como yo te acompañé, acompáñame hoy en la tarde al centro.

Ella lo mira fijamente. -Tengo mucha tarea, y yo no te pedí que vinieras –concluye Sathya.

-¿Y qué? Tienes que acompañarme porque soy tu hermano –dice en un tono que no admite réplica.

El vendedor les entrega lo pedido, y éstos caminan hacia su madre que los espera en uno de los puestos.

-¿Y el cambio? –pregunta la madre.

-Aquí está. Oye, dile a tu hija que me acompañe al centro. Yo siempre le hago favores.

-Pero yo no quiero, entiende –interviene Sathya.

-Déjala, no quiere –dice distraídamente su madre.

-Si no me acompañas, le digo a tus amigos por qué no fuiste aquel día a la escuela.

Sathya se detiene. Nadie debe saberlo, sería muy vergonzoso. Y sabe también que en la ocasión más propicia él se lo dirá a ellos.

-Agh, ¡¿por qué lo haces?! –dice ella al borde del llanto.

-Así es la vida, unos ganan y otros acompañan a sus hermanos al centro –sonríe él con picardía.

Del coraje, Sathya no puede seguir tomando el tejuino, así que se lo da a su madre y regresa a casa sin ganas de ver a nadie.

·

10:35 p.m. Mónica y sus padres ven la televisión en la sala. Es el programa “El precio de la historia” que tanto les gusta a los tres. Su hermano está arriba. Cuando están solos es mejor. Nadie ataca, nadie se burla, nadie…hasta que él aparece con la laptop en sus manos, caminando hacia ellos para que lo escuchen leer “¿Por qué estoy gorda? ¿Qué les gusta a los hombres? ¿Por qué no soy bonita?”.

-¿Qué dices? –pregunta su padre ante el rostro aterrorizado de Mónica.

Olvidó borrar el historial de la computadora que, por desfortuna, utilizan todos los miembros de la familia.

-¡NO! ¡Por favor, no! –se levanta Mónica y trata de quitarle la computadora a su hermano.

Pero éste es más alto y la levanta más allá de su cabeza para que su hermana, avergonzada por haber expuesto sus más íntimos secretos, no la alcance. Forcejean. Ella le da un puntapié en la pantorrilla.

-¡Basta ya! ¡Van a romper la computadora, chingado! –increpó furioso su padre.

Pero antes de que ambos hijos dejen de manotear, los padres se hacen un ovillo internamente al saber que su hija pregunta a internet, y no a ellos, por qué no es lo que ella quiere ser.

-¡Dámela!

Pero él sigue leyendo. Se detiene finalmente cuando su padre lo sujeta fuertemente del brazo y le arrebata la computadora. Esa noche terminó siendo una de las peores en casa, pues el padre abofeteó al hijo, la madre entró en una especie de crisis nerviosa ante el incidente, el hijo amedentró a su hermana mientras ésta intentaba conciliar el sueño luego de lo sucedido.

-¿Ves lo que provocas, teta? Pero ésta me la pagas, porque a mí nadie me pega.

Y Mónica lloró amargamente por qué nadie le pidió perdón de haber expuesto una parte de sí.

·

La madre de Sathya prepara un guisado en la cocina. Silba mientras lo hace. Vendrá de visita su hermano Jorge; ese hermano que lleva viviendo cerca de 20 años en Estados Unidos.

-Sathya, vete a la tienda.

Sathya hace la tarea en el comedor. Tiene el celular al lado.

-¿Para qué? –pregunta.

Para que compres medio kilo de frijol peruano, ya ves que ése es el que le gusta a tu tío.

-¿A poco va a venir?

-Ay, mija, pero si te dije, ¿no te acuerdas?

-Pues no creí que tan pronto. Mi tío es medio raro, ¿no? No me gusta cómo ve.

-¿Cómo dices? Pues mira, ya no lo saludes de abrazo; ya ves cómo son los hombres.

02:30 p.m. Hora de servir la comida en los platos que se usan para recibir visitas. El tío Jorge está viendo la televisión mientras desempaca su maleta. Sathya llega de la tienda con el medio kilo de frijol y una botella de refresco que decidió comprarse y tomarse antes de llegar a su casa.

-Ma, ya llegué. Ah, hola, tío.

-¿Solo así? Salúdame bien, ¿después de tanto tiempo y así nomás? Oye, ya estás bien crecidita – dice el tío Jorge, quien no desaprovecha la oportunidad para levantarse del sillón y hacer que Sathya gire “mostrándole su cuerpo” aun cuando la incomodidad y el recelo están pintados en el rostro de ella.

–¿No me das un abrazo?–.

-Estoy sudada, mejor así –responde Sathya, dispuesta a evitar el contacto y retirarse lo más pronto posible.

Su tío no le cae bien, le da mala espina.

-Eso no importa, yo te quiero igual.

-Así mejor. Dígale a mi mamá que ahorita bajo– dijo Sathya se aleja a paso veloz de aquel tío que, como su hermano, siempre insiste ante una primera negativa.

·

Mónica no es buena en matemáticas. Prefiere Historia porque no es necesario resolver ecuaciones o quebrados para poder comprender los hechos.

No obstante, su único hermano, mayor que ella, sí es muy bueno. Pero ella sabe que si antes de pedirle ayuda con la tarea, se acerca a pronunciar palabra, él la mirará desdeñosamente y la humillará aduciendo que hacerla sentir mal es su labor como hermano mayor. Sin embargo, ese día ella necesita su ayuda si es que no quiere reprobar.

-Dile a tu hermano, ahorita que no está de malas –le sugiere su madre, concentrada en leer las instrucciones de la nueva tele.

-Pero es que él siempre está de malas, ma.

-Bueno, sí, pero qué le vamos a hacer. Salió igualito a tu padre. Ofrécele algo a cambio, y verás que sí te ayuda.

Mónica no está del todo convencida. Su madre no entiende que así no funcionan las cosas con él. Quizá con ella sí porque es su madre, pero con Mónica no. ¿Qué le puede ofrecer? ¿Dinero? No tiene. ¿Hacerle la tarea? A lo mejor.

Está en su habitación; tiene la puerta cerrada. Luego de mucho pensar, se anima a tocar.

-¿Qué? –grita su hermano mayor desde adentro.

Mónica vuelve a tocar. Si le dice que es ella, impensable que le abra. Pero al menos así se levantará para saber quién toca. Abre.

-Chingado, eres tú, monstruo –dice él.

-Este, este…, necesito que me ayudes…con mi tarea de matemáticas. Es para mañana.

-Órale, ¿y piensas que yo te voy ayudar, teta? ¿Así nomás?

-No tengo dinero –dice Mónica con la cabeza baja.

-Bueno, tendrás que hacer algo para mí, aunque no te guste –advierte con malicia.

Mónica se asusta, sabe por dónde va la cosa. Si es algo que no le gusta, seguro está prohibido o es peligroso. Él le susurra al oído lo que quiere. Ella dice un no rotundo.

-Si no lo haces, aparte de que no te ayudo con la tarea, le digo a Luis que eres del otro bando, que por eso no le hablas.

Mónica no sabe qué pensar. Su hermano miente, ella no le habla a Luis porque es muy tímida. Su hermano es malo, ella solo quiere ayuda con la tarea, no hacer lo que él dice. No puede evitar llorar de la pena. Él la sujeta con fuerza de una de las coletas.

-Solo tenías que decir que sí, chillona. Ni que te fueras a morir. Ya lárgate.

Mónica traga saliva. Si no hace la tarea, reprobará y ya no podrá participar en el concurso. Sus compañeros se reirán de ella, y sus padres se decepcionarán. Después de reflexionar, toca de nuevo a la puerta para decirle a su hermano que sí hará lo que él dice.

·

Sathya saldrá de viaje a la playa con unas amigas. Le tomó más de dos días preparar su equipaje; sin embargo aún no decide qué traje de baño será mejor llevar. Tiene 10, pero sólo quiere llevar tres.

Acaba de cumplir 17, por ello es que su padre le dio permiso de salir sola. Se siente feliz porque viajará por primera vez sin compañía familiar, eso significa también sin hermanos fastidiosos. Porque de verdad son un fastidio; sus amigas no lo ven así porque o no tienen hermanos o porque éstos ni siquiera las pelan, pero su hermano…es imposible.

-Yo te ayudo a elegir el bikini.

Se mete al cuarto de Sathya sin haber tocado a la puerta que estaba emparejada.

-Oye, ¿por qué no tocas? ¿Qué tal si me estoy cambiando?

-¿Te vuelas porque te vas a ir sola a la playa? –dice su hermano para no contestar a la pregunta.

Se sienta en la orilla de la cama y comienza a sacar la ropa de la maleta para darle su visto bueno.

-¿Qué haces? Estás desacomodando mi ropa. Vete –regaña a su hermano mayor.

-No te enojes, flaquita; ven, dame un abrazo a mí, el que tanto te quiere.

-Ya veteee, por favor. Debo acabar esto para poder irme –dice Sathya.

-No me voy. Además, ¿quién te dio permiso para salir? –pregunta él en tono acusativo.

-Tú no eres mi papá, yo puedo salir cuando quiera.

-Bueno, con una condición –dice su hermano en tono que finge ser lastimero.

-No, no quiero. Adiós –dice ella mientras trata de empujarlo hacia afuera de la habitación.

Él ríe porque la tarea de sacarlo no es nada sencillo. Él pesa más del doble que ella. Y su determinación también.

-No puedes conmigo, soy más grande que tú. ¿Por qué te complicas la vida y no me das un abrazo?

-No quiero, veteeee.

Pero él no atiende lo que su hermana menor dice. La sujeta de la cintura y la sube a su hombro.

-Bájameeee – grita Sathya.

-¿Te gustan las vueltas? –ríe él mientras gira en su propio eje con la joven en sus hombros.

-¡BÁJAME, BÁJAME! –grita con todas sus fuerzas.

-Hasta que me des un abrazo, y me digas que me quieres.

Sathya patalea y golpea con sus manos la espalda de él. Sin embargo, el “juego” continúa por minutos, hasta que él se cansa de recibir golpes en el estómago y en la espalda. Luego de que baja a su hermana, es presa de una suerte de manotazos en el pecho.

-¿Por qué nunca entiendes que no, que no quiero? –llora Sathya con coraje. Cierra la puerta de un tirón y ella misma termina por desacomodar la ropa que ya estaba en la maleta.

-Cómo lo odio –se dice a sí misma al verse en el espejo con los ojos colorados.

·

A Mónica ya no le gusta ir a la escuela. ¿O es que en realidad nunca le gustó? Sus compañeras se burlan de ella porque se sabe vulnerable, presa fácil de ataques verbales. No tiene idea de cómo defenderse.

¿Y si le presionan la boca, como su hermano lo hace, para que las palabras se detengan entre sus dientes, y no salgan? No sabría qué hacer, piensa ella. Seguro lloraría, o se sentiría muy triste.

¿Contárselo a sus padres? Ni de chiste: primero les costaría creerlo, y cuando lo hicieran castigarían a su hermano mayor, para que luego éste, con videojuego castigado por ellos, se desquite con Mónica.

Es que nadie lo conoce bien. La gente cree que siempre está de mal humor, pero no que es malo. Como aquella vez que, saliendo de la escuela, éste y su bola de amigos fueron a molestarla. Trataron de quitarle su mochila, trataron de despeinarla, de arrebatarle su lonchera. Parecían una jauría de perros hambrientos de poder sobre el otro que ellos creían más débil.

-Déjate querer, y danos todo lo que traes en tu monedero.

-No tengo dinero –imploraba Mónica.

-Eso es cierto: como no la quieren, no le dan dinero –sentenció su hermano.

-No es cierto. Tú me lo quitas.

-Pobretona y además mentirosa –se jactaba él delante de sus cómplices.

Los padres de familia pasaban cerca de ellos, pero al ir siempre de prisa, ni siquiera se detenían en pensar qué hacía una niña de segundo de primaria en medio del círculo que formaban cuatro muchachos mayores de 13 años.

-Oye, güey, ni siquiera porque es tu hermana dejas de fregar a la gente –dijo un muchacho que, de su edad, iba pasando de la mano de su hermano menor.

-Tú te callas, ¿eh, baboso?

-De veras que eres cabrón –se alejó diciendo el muchacho.

-Ya déjame ir a la casa, por favor –pidió Mónica.

-¿Así como así? Pinche chilletas, lárgate pues –dijo su hermano mayor, pero no

conforme con haberla intimidado fuera de la escuela, le dio un fuerte puntapié en las nalgas.

Humillada, Mónica se alejó de allí lo más rápido que pudo para sobarse y descubrir que, en el forcejeo armado para quitarle la mochila, una de las bolsas había sido rota. “Ojalá él no fuera mi hermano” pensaba Mónica mientras pensaba una respuesta a las preguntas de su madre de por qué estaba tan despeinada y con la mochila rota.     

·

– ¡Sathya! ¡Sathya, basta! ¡Deja de gritar como loca! –dice su madre.

Sathya está encolerizada. Su cuarto está hecho un caos. Fue él, y nadie más que él.

– ¿Por qué no lo ves, ma? ¿Por qué no te das cuenta de que todo esto lo hace a propósito?

 – Cálmate. Ya sabes que cuando él se enoja, lo hace de veras.

– ¿Y eso a mí que me importa? – Sathya se pellizca los brazos. –Si él no fuera nada mío, ya lo habría matado.

 – ¡Hocicona! Sea como sea, él es tu hermano, y nadie va a poder cambiar eso –su madre la sujeta del brazo, pero al verla a los ojos no puede seguir hablando. Siente vergüenza de enfrentar a Sathya.

Sabe que no miente, que no merece lo que él hace, pero es su hijo también. Y aún así debe quererlo por igual. Es ella ahora la que se pellizca los brazos porque no sabe qué hacer.

·

– ¡Mónica! ¡Mónica! –intenta gritar. Siente mucho calor, siente que se asfixia. Su hija necesita ayuda. Necesita encontrar a Mónica. Aunque ha sido una pesadilla, debe cerciorarse de que ella duerme tranquilamente en su cuarto. Corre desesperada, pero Mónica no está en su cama durmiendo. Está en un rincón, hecha un ovillo.

– ¡¿Qué tienes?! –exclama aterrorizada.

  Él… es malo. Él no me quiere, me hace daño –susurra Mónica mientras lo apunta; a él y a su sonrisa maliciosa en la fotografía familiar puesta sobre su buró.

– ¡Qué cosas dices! Claro que no… él es tu hermano –dice mientras pasa saliva y comienza a llorar abrazada a Mónica.

      

*Ni a las madres ni a los padres la vida les proporciona un manual de cómo identificar en sus hijos, las fallas que perjudicarán a otros; no obstante, al mismo tiempo que dan con el corazón lo mejor de ellos, deben también observar más allá de la sonrisa de ese niño o niña que en el camino puede ir transformándose en un ser aterrador sin siquiera darse cuenta.