Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

I

4 de junio de 2018. Hace doce años, el señor que va al mismo café a donde voy yo me decía que Andrés Manuel López Obrador era como Hugo Chávez. Con imaginación desbordante y detalles precisos, me describía la forma en cómo AMLO nos iba a llevar a la debacle nacional. Muy convencido, me indicaba que él no quería que le quitaran ni negocio ni su casa ni sus pertenencias. No lo sé de cierto, pero estoy seguro que votó por Felipe Calderón.

Hace seis años el señor que va al mismo café a donde voy yo me decía que Enrique Peña Nieto le parecía un joven preparado. Que en el Estado de México había hecho muchas cosas. Nunca había ido ahí, pero estaba seguro que lo que le decía la tele era verdad. Me comentaba que Andrés Manuel llevaba muchos años haciendo campaña, y que de qué vivía. No veía con malos ojos el regreso del PRI, porque “lo que México necesita es” mano dura, fuerza, un presidente capaz, preparado: con experiencia.

Hoy, el señor que va al mismo café a donde voy yo me dice que se equivocó en 2006 y en 2012; que Felipe Calderón nos llenó de sangre y que Enrique Peña Nieto es un corrupto. Que el PRI y el PAN nos han hecho mucho daño, y que ya es hora de darle la oportunidad a Andrés Manuel. Le pregunto si todavía cree en seremos como Venezuela si gana AMLO: “Son puras mentiras”, me responde mientras toca con su dedo el celular para adelantarle a la pantalla que muestra su taim-lain de Facebook. No estoy seguro, pero apostaría diez mil a uno a que votará por AMLO.

II

Los resultados de las encuestas son brutales: Andrés Manual está entre 20 y 30 puntos arriba del segundo lugar. Si uno suma lo que saca Ricardo Anaya con lo que tiene José Antonio Meade, las cifras resultantes en casi todas las encuestas es menor a lo que López Obrador tiene.

Cualquier análisis serio de una persona seria en una universidad seria diría: el triunfo de Andrés Manuel es inminente. Un hecho.

Pero estamos en México.

Todavía no ha habido ninguna votación, y el PRI y el PAN son muy corruptos y esos dos partidos y sus liderazgos harán todo en el día de la jornada electoral para evitar el triunfo no de AMLO, sino de la democracia mexicana. Por eso no hay que confiarse.

Andrés Manuel López Obrador ante un zócalo lleno.

III

Se asumieron como gente del PRI: expertos en operar elecciones. Platicamos un ratito y me pidieron no decir nombre suyo, ni de donde operaban ni con quién: “mira, yo la verdad es que lo veo complicado. La ventaja del señor está cabrona. Por más que hagamos, nos van a chingar”.

Ellos mencionan que la estructura del PRI está aceitadita, que funciona y lo hace bien. Pero esa estructura, muchas veces, también tiene su “corazoncito”, y “pues a veces no sacan los resultados…”

El fraude es caro: hay que operar, hay que gastar dinero, hay que preparar los programas sociales, hay que movilizar a mucha gente. Ufanos me dicen: “mira en el Estado, nos chingamos a los de Morena, pero nos costó un dineral”.

-¿Y podrán en el Estado y en Veracruz y en Chiapas y en Jalisco y en todo el país?

-Está cabrón. Es mucho dinero. Mucha estructura. Y la ventaja del viejito, pues está cabrona.

Ellos son operadores del PRI. Y ya están pensando en qué van a hacer después de que pierdan el 1 de julio.

IV

La elección no está ganada. Si este país fuera verdaderamente democrático, si tuviéramos instituciones electorales confiables, si quienes dirigen el Instituto Nacional Electoral hubieran hecho un trabajo probo desde un principio, el triunfo de AMLO estaría asegurados. Pero no.

Falta el día de la elección: falta ir a votar, a cuidar casillas, a vigilar, a observar, a decirles a ésos que se sienten dueños del país y que ganan elecciones usando la pobreza de la gente, que esta vez no, que este triunfo no nos lo van a quitar. Que ya basta.

Ya nada más es un poquito: el último estirón. Ya pronto estamos ganando.

Después de esto viene lo complejo: arreglar el país.