A la ola morenista que arrasó las elecciones pasadas en 2018, hoy se le suman dos enclaves más: las gubernaturas de Baja California y Puebla, cuestión que no sólo confirma la aprobación popular al mandato de López Obrador, sino también que el PAN, partido cabeza visible de la oposición disminuida, ha perdido dos bastiones.

Hoy, la preeminencia de Morena en los espacios de toma de decisión en México es incuestionable. El país se ha pintado de guinda, lo cual sin duda pone en evidencia dos elementos más independientes entre sí de lo que aparentan: por un lado el voto por Morena implica un grito de hartazgo ante los emisarios del viejo régimen (PRI-PAN y partidos lastre); pero también conlleva la aprobación al gobierno federal que apenas repunta con seis meses.

Hoy, el partido debutante en 2015 domina la escena nacional: tiene la Presidencia, mayoría en las Cámaras legislativas, en diversas cámaras locales y en varias gubernaturas, sin olvidar la segunda plataforma de poder más importante en el país: la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.

Esta cuestión ha llevado a que se hable, con mucho más mala fe que pereza mental, de que hoy Morena es “partido de Estado” o que se trata de una organización émula del PRI autoritario que dominó la vida pública mexicana la mayor parte del Siglo XX, no sólo al ostentar casi la totalidad de los cargos públicos, sino asimismo difuminando la línea existente entre el Partido y el Gobierno, espacios ambos subsumidos a un sólo liderazgo: el del Presidente de la república. Todo lo cual fue logrado a través del autoritarismo.

Y es ahí donde radica la imposibilidad de que Morena pueda ser definido como “continuación del PRI”. A diferencia de los partidos tradicionales, el PRI no nació de la sociedad con el fin de alcanzar el poder, sino que nació desde la cúspide del poder para que el grupo gobernante lo mantuviera. En ello radica el ser “partido de Estado”.

Morena, por el contrario, nació de un movimiento político-social que en los últimos tres lustros ha fungido de voz impugnadora -a veces la única- que se ha opuesto a los bretes más lacerantes ocasionados precisamente por el poder público: desde protestas a favor de la equidad electoral hasta alzamientos pacíficos en pos de los derechos humanos o la defensa del patrimonio nacional.

Militantes de Morena. Foto: Especial

Morena, está, entonces, en las antípodas de un partido de Estado: nació desde una integración plural de la sociedad en un movimiento político, con miras a alcanzar el poder por la vía legal. En esa construcción pacífica y a ras de suelo, Morena logró su cometido apenas cuatro aňos después de su registro formal, con creces impensados.

Dicho de otro modo, el PRI a lo largo del siglo XX obtuvo sus mayorías gracias al dominio logístico del aparato estatal y a la simulación. Morena, en cambio, ha logrado hoy su mayoría gracias al juego de las urnas. La holgura de Morena hoy en el panorama político es resultado de un camino democrático que incluso, en muchos episodios, ha tenido que recorrer cuesta arriba. Morena ha ganado los espacios que tiene gracias al voto ciudadano y a través de las reglas del juego, enfrentando además el hecho de que sus adversarios no las han sabido jugar con limpieza; desde el desafuero de AMLO en 2005 hasta las campaňas sucias de 2018. Algo inédito en la historia del país.

De ahí que llamar a ese movimiento político “partido de Estado” o compararlo con el PRI no sólo es una muestra de espectacular ignorancia conceptual e histórica; es también un gesto antidemocrático, un desprecio al elector, al cual parece que se le quiere conculcar su derecho a decidir votar en más de un espacio por tal o cual partido, so pena de acusarlo por ese hecho de ser causante de una restauración autoritaria.

Esas voces, en su profundo elitismo, son incapaces de hacer una lectura adecuada de la preeminencia de Morena: no se trata sólo de un hartazgo ciego del electorado, sino una confirmación a favor de la única voz impugnadora que desde hace más de una década viene adviertiendo que las cosas no van tan bien como las élites creen.

Morena ha logrado esa holgura a base de trabajo a ras de piso y al mismo tiempo entablando una estrategia de integración, a guisa de una coalición electoral, abriendo las puertas del movimiento a militantes de otras fuerzas políticas en la coyuntura de 2018.

Es ahí donde radica la verdadera problemática de Morena. En las recientes elecciones de Puebla, ganó con claridad la batalla electoral. Sin embargo, en el caso poblano, lo hizo abanderando a un tránsfuga que no representa del todo los valores de base del partido. La estancia de Miguel Barbosa -un ex partícipe del Pacto Por México- en Morena es parte del riesgo que el partido corrió con tal de confeccionar un bloque electoral que arrasara y pudiese revertir -mediante una votación copiosísima- cualquier intento de fraude el aňo pasado. Lo lograron. Ahora, la vigilancia interna del partido deberá lidiar con la diversidad de la coalición social hecha, que ya empieza a ver consecuencias (como la presencia de diputados misóginos, contrarios a los principios del partido, como Héctor Alonso o Carlos Leal).

Así pues, Morena no es ni puede ser una equiparación del viejo partido de Estado. Su verdadero riesgo no está en su priización sino más bien en su perredización: es decir, que en esa coalición social conformada el aňo pasado, los oportunistas o los carentes de ideario desplacen poco a poco a las bases del partido y terminen, como Jesús Ortega y sus secuaces en el PRD, destruyéndolo.

¿Estará a la altura la organización interna de Morena para afrontar esa tarea hercúlea? La última palabra la tendrán dos instancias del partido, su Comisión de Honor y Justicia y su Instituto de Formación Política, de cuyo influjo de principios y contrapesos dependerá que el hoy partido preeminente revitalice del país sus estructuras viejas mediante prácticas nuevas.